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Espartaco, la épica y ética de la rebeldía

Pedro Antonio Curto
Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.
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Un hombre rebelde es un hombre que dice no, señaló Albert Camus. Y algo tan en apariencia sencillo, es complejo, difícil y hasta desafiante. Porque es decir “no” a los paradigmas establecidos y el poder posmoderno, bestia magnifica, ocupa mucho más espacio del que creemos. Por eso, en una época tardomodernista como la que vivimos, el mito rebelde de Espartaco está vigente y hasta puede decirse, en el mejor sentido del término, que es vanguardista. Sólo la famosa escena del “yo soy Espartaco” que emociona en la película de Kubrick, representa al líder como sujeto colectivo y simbólico, en contraposición a los hiperliderazgos de marketing, que nos invaden por todas partes. Por eso no resulta extraño que Espartaco se haya convertido en un mito para los movimientos rebeldes y emancipatorios, aunque para casi todo el mundo Espartaco sea el rostro de Kirk Douglas, en una magnifica película. Es posible sea una cinta de otra época, pero su épica, con dosis de lirismo, representa el ansia y la lucha de cualquier tiempo. Así, ese Espartaco, que primero fue literario, nació en lucha contra los poderes del momento: “Cuando me senté a iniciar la larga y dura lucha de escribir la primera versión de Espartaco, acababa de salir de prisión. Había estado trabajando en algunos aspectos de la novela mientras me hallaba en la cárcel, que fue un escenario idóneo para tal labor.” El autor de la novela Espartaco, Howard Fast fue a prisión por negarse a entregar al Comité de Actividades Antiamericanas un listado de miembros de una organización de apoyo a los refugiados españoles. Eran tiempos del macartismo y se perseguía hasta la mínima disidencia.

La novela, en la cual se basa la película, tiene sin embargo una estructura diferente, parte de la rebelión ya sofocada y radiografía a la sociedad romana sobre lo que ha significado Espartaco: “La desfachatez de Espartaco estuvo en desafiar todo cuanto era excelso. Ofrecía rapiña y asesinato y desorden; Roma es orden y, en consecuencia Roma lo repelió.” Ley y orden, el viejo dogma del poder conservador. Pero también entre los romanos surgen sus dudas y grietas: “Pero yo sé porque luchan estos esclavos. (…) Y, sin embargo, esos esclavos derrotaron a las mejores legiones de Roma.” Y fragmentariamente vamos conociendo los interiores de esa rebelión sobre los que se basará fundamentalmente la película: “Espartaco clava la vista en ellos y busca a los de su clase, a su propia raza, al género humano, a la humanidad, que es la raza y la clase de hombre cuando el hombre es un esclavo.” Frente a la lex romana se levanta otra que se destaca por su carácter socializante: “Nuestra ley es sencilla. Lo que tomemos, sea lo que fuese, lo tendremos en común y ningún hombre poseerá nada que no sean sus armas y sus ropas.” En un diálogo de Espartaco queda claro lo que el autor pretende sacar de la antigua rebelión de los esclavos: “-¿Entonces, en que sueñas? –Sueño en que haremos un mundo nuevo.” ¿Y por qué no triunfó la rebelión de Espartaco? La novela, más que la película, da la respuesta, que viene de los vencedores: “La verdad es que la mayor parte de los esclavos que hay en Italia nunca se unió a Espartaco. ¿Creéis vosotros que, si hubieran tenido su temple, nosotros estaríamos sentados aquí, en una casa de campo en que los esclavos nos superan de cien a uno?” Howard Fast, partiendo de Espartaco, se plantea algo que ocurre en todas las épocas: ¿Por qué las mayorías sociales se someten a los intereses de las minorías poderosas? Y nuevamente son los romanos quienes más certeramente analizan la cuestión: “¿Una sublevación de trabajadores?- dijo sonriendo Craso al tiempo que movía la cabeza… No, eso nunca ocurrirá. Fíjese en que no son esclavos. Son hombres libres. Pueden ir y venir a voluntad. ¿Por qué habrían de sublevarse?”

Un personaje importante en la rebelión de los esclavos, que sin embargo tiene un papel secundario en la novela y desaparece en la película de Kubrick, fue Crixus, que según lo documentado llegó a compartir liderazgo con Espartaco y que llegarían a dividirse y enfrentarse. Por otra parte un personaje de ficción, Varinia, da un tono lírico con dosis feministas, aparece en la novela, pero adquiere carácter en la pantalla.

Si Kirk Douglas fue el rostro de Espartaco, también fue el alma mater de la película, siendo su productor. En tiempos del macartismo, tuvo que enfrentarse a los grandes estudios y a una censura sibilina que llegó a limitar algunas escenas. Y como si la película representase el relato que cuenta, se enfrentó al poder haciendo que su guionista Dalton Trumbo, firmase con su propio nombre, desafiando a la clandestinidad a que le obligaba estar perseguido por el macartismo.

Entre las obras que se han creado en torno a la revuelta de los esclavos está la novela de Arthur Koestler, que tiene un cierto rigor histórico, que mezcla con una parte de ficción en la que profundiza, partiendo de Espartaco, sobre los problemas de las revoluciones: “Hablo de aquel siglo de revoluciones truncadas, en que todas las rebeliones de las masas oprimidas habían fracasado a causa de su propia desunión.” Así aborda el enfrentamiento de Espartaco con Crixus como una de las causas de la derrota: “Poco a poco, el campamento se había dividido en dos grupos, el que apoyaba a Crixus y el que respaldaba a Espartaco, formado por la mayoría.” Así Koestler plantea la que sería hija de la rebelión, la utopía: “Luego la fraternidad de ciudades de esclavos se extendería por toda Italia hasta formar la gran nación de justicia y buena voluntad que se llamaría Estado del Sol.” Y cuenta la historia de una ciudad del sol que en base a principios y practicas socializantes, se habría desarrollado con esclavos de diferentes orígenes. Pero la ciudad utópica también tiene sus contradicciones: “Aquella apatía que se había apoderado de ellos en el aire caliente y siseante, ¿era la apatía de la saciedad y la satisfacción? ¿Ya no quedaba ninguna meta, ningún anhelo, ningún deseo?” Y tampoco el líder mítico escapa a la crítica de alguno de sus seguidores: “Mientras tanto, Espartaco se hace llamar “emperador”, tiene trato con los poderosos y firma alianza con ellos.” Pero sobre todo, Koestler coincide con Fast, la rebelión se paraliza y pierde cuando el llamado a ser sujeto revolucionario, no se rebela: “En Italia había dos veces más esclavos que ciudadanos libres, y sin embargo sólo se había erigido una ciudad del sol.”

Sobre el Espartaco real, la documentación está basada en los escritos de historiadores romanos, con lo cual se cumple aquello de que la historia la escriben los vencedores. Es la ficción, la que aún con mitificaciones, ha dado voz e hecho inmortal, una rebelión de los más desheredados, contra un poderoso imperio.

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