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España ¡paya!

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Hace ya casi un lustro que la tierra no expele lava. La zona cero sigue siendo una zona caliente de la que sigue brotando humo y vapor de agua.  El volcán dejó de ser una amenaza mucho después de que se fueran toda la panda de buitres que rodeaban la zona intentando competir por ver quién era el que la tenía más larga y se acercaba más al peligro sin acabar siendo engullido en uno de los numerosos y lentos ríos de magma incandescente, mientras buscaban a personas que se habían quedado sin nada para relatar su desgracia en diferido, pero haciendo ver que sucedía en el momento justo del telediario.

Idaira es una de esas damnificadas que lo perdió todo. Su casa, hipotecada, se la comió la lava un miércoles por la tarde, tres días después de la explosión de la primera boca del volcán. Con ella, sucumbió media hectárea de tierra ajardinada en la que también cultivaba tomates, lechugas y hortalizas para la casa. El volcán le quitó todo menos la hipoteca. Le quitó el trabajo destruyendo la fábrica en la que trabajaba. Le quitó a su anciana madre a la que tuvieron que llevar los servicios sociales a una residencia después de haber pasado diez días bajo la lona de una tienda de campaña militar.  Le quitó a su hija que acababa de cumplir cinco años cuando la casa en la que vivían fue cubierta de magma volcánico. Los servicios sociales, de nuevo, le relevaron la custodia temporalmente en tanto la vida de Idaira se normalizaba y encontraba trabajo y un nuevo techo bajo el que poder cobijarse. Cinco años después, Idaira vive en un campamento chabolista con otros tantos como ella que lo perdieron todo, con más deudas con el banco de lo que jamás podrán asumir y esperando a que las administraciones les ingresen las indemnizaciones prometidas y que les corresponden según la legalidad vigente.

La vida se les jodió a mediodía de aquel domingo 19 de septiembre. En principio, no había preocupación. Su casa estaba lo suficientemente lejos de aquella primera boca. En pocas horas, todo dio un vuelco tan irremediablemente trágico que casi se les para el corazón. El martes por la mañana les avisaron de que posiblemente les evacuarían por precaución. Una hora después les hicieron coger una maleta y salir corriendo de sus viviendas. El miércoles, por la tarde, ya no había fábrica, ni casas, ni huerto, ni jardín, ni vida. Las acomodaron primero en un polideportivo y más tarde en una tienda en un campamento que los militares levantaron en el valle. Pero su madre estaba fastidiada de las piernas y requería un lugar en el que poder ser atendida. Y su hija, Daida, con cinco años recién cumplidos, según los servicios sociales, estaría mejor en un centro con otros niños que viendo el sufrimiento de los adultos que no paraban de llorar bajo la lona del campamento. Sería una situación temporal. En unas semanas, la familia volvería a la normalidad.

A las cuatro semanas, la madre de Idaira, doña Ajar, murió de repente en la residencia de acogida. No aguantó la pena. Pasaron los meses y a pesar de un inmenso papeleo burocrático, lo habían perdido todo, hasta las escrituras, que Idaira presentó buscándose la vida en el banco y en otras instituciones para sacar duplicados, todo eran buenas palabras pero la indemnización no llegaba. El Consorcio de Seguros, pagó una cantidad importante, 25.000 euros que el banco se quedó como pago de parte de la hipoteca. De lo prometido por las administraciones, nada se sabía. Sólo que había que esperar. El Gobierno canario se gastó tres millones de euros en un monumento a la UME. El Cabildo de La Palma, otros 250.000 euros en un monolito en agradecimiento a los bomberos y voluntarios. Y el gobierno central, más de cuatro millones en reconstruir una iglesia y unas viviendas aledañas que, en manos del obispado, acabaron ocupando personas que no eran damnificadas.

Idaira, abandonó el campamento tres semanas después de aquel domingo en el que cambió sus vidas. Le habían ofrecido un puesto de camarera de piso en uno de los escasos hoteles que tiene La Palma. Con su salario, apenas podía pagar el precio de una habitación que, desde la llegada de los buitres con sus cámaras, sus micrófonos y sus parabólicas, habían conseguido que multitud de anormales con ganas de tener un minuto de gloria, volaran hasta la isla en busca de la foto o el vídeo más arriesgado. Entre unos y otros habían ocupado todas las plazas de hospedaje disponibles y ahora los precios estaban rayando los de Neguri en Vizcaya. Pocas semanas después, los turistas intrépidos, los periodistas buitres y los políticos oportunos, habían abandonado en su totalidad la isla. Ya no hacía falta ninguna camarera extra en el hotel. Idaira, tuvo que abandonar la habitación en la que vivía. La falta de trabajo, del dinero de la subvención y de abogado para pleitear contra el banco, le obligó a instalarse bajo una especie de caverna que había dejado una lengua de la lava. Allí ya había otros, que como ella, lo habían perdido todo.

El Cabildo, en prueba de generosidad, instaló, a los pocos días, unas duchas y unos baños comunes. Y los servicios sociales una mesa para intentar buscar soluciones personales. Pero Idaira sigue sin la custodia de su hija y con un futuro oscuro como la lava recién enfriada.

*****

España ¡paya!

Una ministra convirtiendo en un atractivo turístico un desastre natural contra el que poco o nada se puede hacer para evitar la devastación humana y económica que provoca.

Un cabildo que, en lugar de utilizar los fondos públicos, de los que se nutre, para intentar paliar las historias personales de los afectados, abre una cuenta Bizum solicitando caridad para los mismos (y visto lo que hemos vivido en este país en otras ocasiones, veremos a ver si al final no dedican los recursos de la caridad a otros menesteres que los propuestos).

Un cocinero que viene desde USA a dar de comer a los damnificados no sabemos muy bien si por iniciativa propia o a instancias de algún majadero político.

Decenas de periodistas que llegan a La Palma para hacer del telediario un espectáculo morboso, buscando la imagen más arriesgada, utilizando medios públicos como coches de la policía local para saltarse los cordones de la Guardia Civil y acercarse a la lava (mientras algunos vecinos tenían que llevar sus enseres entre las manos) o interrumpiendo el tráfico en carreteras ya de por si atascadas por la evacuación.

Un rey, en un viaje sufragado con fondos públicos no pertenecientes a la Casa Real, que se podrían haber utilizado para compensar los destrozos del volcán, diciéndole a uno de sus súbditos que reza por ellos. Haber evitado el viaje con toda su cohorte de escoltas, palafreneros y moscones varios y haber donado el coste de ese dispendio para ayudar a los que lo han perdido todo, por supuesto ni se les ha pasado por la cabeza. ¿Para qué sirve la presencia del rey allí? Para sentir empatía y pena por los palmeros no hace falta estar a pie de lava. Para ayudar de verdad no se va a rezar, sino a poner recursos encima de la mesa que es lo que necesitan.

Un obispo y sus sacerdotes oficiando una misa a la patrona de La Palma para que cese la erupción. Donar una parte que les llega de los 11.000 millones que recibe la iglesia para paliar el desastre económico que ha provocado el volcán en los isleños, ni se lo han planteado ni ellos, ni sus jefes de la Conferencia Episcopal que prefieren gastar ese dinero en un esperpento exaltado, cínico, fascista y señorito que se dedica a defecar soflamas e inventar bulos desde la COPE o en pagar una televisión (13TV) que no ven ni en los conventos o una radio de meapilas que se oye hasta en el infierno pero que no escucha nadie.

Y el colmo de todos estos despropósitos, una cantamañanas de la prensa del hígado proclamando que está buscando gente que lo esté pasando mal, para sacarlos en su programa basura. Como si no hubieran tenido suficiente aquellos que ven la TV con las estrellas mediáticas que se meten entre la lava, que se quejan de las cenizas o que buscan la desgracia ajena para echar anuncios y hacer caja.

España, la cuarta economía de la Unión, se comporta como cuando era un país subdesarrollado en el que los ricos ofrecían su caridad y sus rezos como forma de exculpación de sus penas y los pobres agradecían la limosna porque, de ella, dependía poder comprar un mendrugo de pan ese día. No está mal que la gente ayude, que salga de su voluntad echar una mano cuando ve que alguien lo está pasando mal. Lo que está mal es que el estado, que aún debe muchas de las ayudas prometidas por las 400 hectáreas calcinadas en el incendio de La Palma en agosto de 2020, entre en el juego de la caridad y desista de sus obligaciones. Es curioso que no se haya escatimado ni un euro en la visita del rey a La Palma, que siempre haya presupuesto para evitar que una factoría de coches huya a un paraíso laboral, para salvar un banco cuyos arruinadores siguen cobrando millones de euros al año,  para comprar una bandera con la que tapar la corrupción o que haya miles de millones para cambiar aviones militares, pero se ahogue en papeleos inútiles, se maree al personal y se acabe siempre racaneando fondos para paliar desgracias imposibles de evitar cuando los afectados son ciudadanos normales.

Con todo, lo que más me encabrona es la cantidad de personas que nunca son palmeros si el volcán no es en su casa, que nunca se ponen enfermos, (ni van a estarlo jamás), y por eso que en Madrid o en Castilla y León, dónde vuelven la vida a la normalidad, con excepción de la atención primaria que sigue atendiendo por teléfono y a varios días vista, se la trae al pairo. Ellos jamás van a tener una hija con diecisiete años que ha cometido un desliz o ha sido violada y por ello, que no pueda acogerse al derecho de abortar porque resulta que los y las señoras facultativas se declaran “objetoras de conciencia” en la sanidad pública negándose a realizar abortos, les resulta tan lejano como un volcán en una isla española que la mayoría no sabrían ni situar en el mapa. Que, además, en algunos casos, esos reparos morales y religiosos queden solventados cuando se hace en una clínica privada, ni les extraña, ni les irrita, ni les quita el sueño. De igual manera, nunca van a tener necesidad de que sus hijos quieran estudiar un módulo de formación profesional y no puedan porque no hay plazas salvo que quieran ser toreros que para eso, tanto en Madrid como en Andalucía, siempre hay presupuesto. El recibo de la luz les preocupa sólo los diez minutos posteriores de recibir la carta y no es un problema porque hasta la fecha, han podido pagarlo. Que el 90 % de los menores de 35 años, no puedan independizarse porque no pueden pagar 800 euros de alquiler, con 950 euros de salario, les suena tan a chino, como cuando les cuentas que la falta de petróleo, gas y materias primas, llevará al colapso a este hijoputismo. Que un desgraciado insista día sí y día también en que tenemos que trabajar hasta los 75 cuando él no lo ha hecho en su puñetera vida, no tiene respuesta en las calles. De las patrullas a caballo que en la frontera de USA cazaban a látigo y lazo, como en las películas de vaqueros, a cientos de haitianos que hace una década huyeron de Haití, se instalaron en Centroamérica y con la llegada de Biden a la Casablanca, decidieron que querían ser parte del sueño americano y han acabado en la ruina y deportados de nuevo a Haití, dónde ya no tienen nada ni a nadie, ni han oído hablar porque eso no sale en Antena 3. Del ridículo de Llarena (otro más) tampoco se han enterado porque Puigdemont está de nuevo libre y no han podido hacer demasiado escarnio en las mesas camilla de cotillas de pueblo que me cuentan tienen en los matinales televisivos ni en los púlpitos de los señoritos exaltados que cobran millones de euros de la radio mientras proclaman los peligros de subir el salario mínimo 15 euros.

Al españolito que ve la tele no le preocupa nada, salvo que un emigrante se meta en su casa cuando baja a por el pan, que los comunistas quieran convertir a España en otra Venezuela y que un magnífico actor, diga en una entrevista que, si hubiera vivido en Euskal Herria en los setenta, podría haber acabado en ETA, como tantos y tantos chavales de entonces. Aunque sus palabras sean sacadas de contexto y ETA lleve disuelta más de tres años y haga diez que dejó de matar. Al españolito que ve la tele, le repudian los nacionalistas que no sean como él nacionalistas españoles. Y se cree con el derecho de decidir lo que ocurre en otras tierras aunque ni tenga intereses, bienes o jamás haya pisado ese territorio porque España sigue siendo una grande y libre. Las condiciones laborales de mierda, los salarios de miseria, el 28 % de paro juvenil, los cuatro millones de pobres de solemnidad, la jubilación cada vez más complicada y con menos pensión, la ley mordaza que lleva a la Audiencia Nacional a un político por una supuesta agresión policial de la que no hay ni parte médico, ni herida, ni siquiera recordatorio de la situación en la que supuestamente se produjo, se la refanfinfla y les pilla tan lejos como un viaje espacial de Elon Musk. El volcán de La Palma les parece una putada, pero es bonito ver como fluye la lava y que bien estuvieron los reyes acercándose al pueblo.

La envidia dicen que es el pecado nacional, pero el pecado original es la estulticia. Tanto como para que Puigdemont sea un político fugado y el rey demérito un pobre anciano que se ha ido por capricho. Tanto como para sentir pena caritativa con los palmeros pero no como para exigir que las administraciones sirvan al ciudadano y no a los oligarcas. Tanto como para hacer de los defraudadores, que ni siquiera viven en territorio nacional, héroes y de los héroes, tiro al plato como le ha sucedido a Ana Peleteiro, medallista en Tokio, a la que han dicho de todo por ser mujer y negra. Lo último, echarle en cara que se haya gastado de su dinero 50.000 euros en un coche. Porque que Froilán conduzca uno de 100.000 aunque no haya hecho nada de provecho en su puñetera vida es gracioso, pero que una chica negra se lo page, es un despropósito.

Merecemos un volcán en el Cerro de Los Ángeles.

Salud, feminismo, decrecimiento, conciencia ecológica, república y más escuelas públicas y laicas.

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