La curva de contagios sigue disparada en España y nada, ni las ansiadas vacunas, ni el hotel de pandemias de Díaz Ayuso, ni las recomendaciones del doctor Simón, parecen funcionar contra la plaga. Ya nos movemos en más de 600 casos por 100.000 habitantes, un auténtico disparate sanitario que puede colapsar nuestro debilitado sistema público de seguridad social en cualquier momento. Las urgencias empiezan a colapsarse, las UCI se saturan y en muchos hospitales se ha dado la orden de suspender todas aquellas operaciones y pruebas diagnósticas que no sean a vida o muerte. Estamos al borde del abismo, a un solo paso de que el Estado de bienestar termine desmoronándose por abandono, falta de inversión, incompetencia, desidia de unos y de otros o todo ello a la vez. ¿Qué fue de los refuerzos anunciados en las plantillas de médicos y enfermeras, un personal exhausto, desmoralizado y traumatizado tras meses de batalla en primera línea contra el coronavirus? Nunca más se supo. ¿Por qué la campaña de vacunación no termina de coger velocidad de crucero, tal como vaticinó el ministro Illa, y avanza al tran tran, o sea a la lenta velocidad del caballo del malo? A esta hora se desconoce.

Todo lo que tiene que ver con esta histórica pandemia, que deja ya más de 50.000 muertos, se ha convertido en un espectáculo desolador entre surrealista y esperpéntico, mientras lo único que parece funcionar como un reloj es la crispación que sigue instalada entre nuestros ineptos políticos (salvo honrosas excepciones). No pasa ni un solo día sin que el presidente regional de turno se enfrasque en alguna acalorada trifulca tuitera con un ministro o sin que Santiago Abascal suelte alguna “trumpada” de las suyas. En España, país cuya gran denominación de origen es la chapuza nacional, nada funciona como debiera salvo el cainismo, que brota fresco y renovado cada mañana, como una rosa, para desgracia nuestra.

Todos los expertos y epidemiólogos, los de aquí y los extranjeros, nos advirtieron claramente de que si no nos confinábamos en Navidad tendríamos una hecatombe en enero. Así ha sido. La política falla siempre en sus diagnósticos, la ciencia suele acertar. Ningún gobernante, local o nacional, tuvo los arrestos necesarios para desarrollar el estado de alarma hasta sus últimas consecuencias. Todos decidieron someterse al poder de la patronal, al influjo de las élites económicas, al Íbex 35 y al lobby hotelero de tapas y cañas. La consigna general fue que había que salvar la campaña navideña a toda costa, un asqueroso eufemismo, ya que de lo que se trataba en realidad era de salvar los beneficios empresariales, así se contagiara medio país. El cachondo paripé de nuestros gobernantes fue sonrojante y quedó en evidencia por el hecho de que se planearon 17 dispositivos sanitarios distintos, tantos como comunidades autónomas. Nadie se lo tomó en serio. Nos tuvieron entretenidos con decretos, bandos e inútiles ordenanzas municipales cuando era de dominio común que todo dios iba a celebrar las fiestas, ya fuera con seis, diez o veintisiete allegados a la mesa. Nos resignamos a pagar un alto precio en vidas humanas a cambio de unos cuantos gambones y unos copazos de sidra o cava catalán. Sin duda, ese momento quedará como una de las páginas más abochornantes de la historia reciente de este país, que decidió anteponer el placer de una buena fiesta a la vida de cientos de compatriotas. El grito medieval carpe diem, el célebre comamos y bebamos que mañana moriremos, fue asumido con entera naturalidad por la sociedad española de una forma tan fría como espeluznante. Fuimos tan permisivos, hicimos tanto la vista gorda, que los drogatas bakaladeros de las raves salvajes de Fin de Año pudieron bailar su enloquecida danza de la muerte hasta bien entrado el día 2 sin que nadie les pidiera explicación alguna.    

Es cierto que la mayoría de los ciudadanos fueron responsables y se mantuvieron a distancia de sus seres queridos respetando las recomendaciones de los expertos epidemiólogos. Es cierto que muchos, quizá la mayoría, respetaron las normas, bien por pura responsabilidad social, bien por miedo a mandar a los abuelos al otro barrio de una neumonía imprudente, o por ambas cosas. Pero esa España responsable, sensata, ilustrada y cuerda pagará ahora los excesos de la otra España, la suicida, la bárbara, la insensata. “Lo hemos pasado, quizá, mejor de lo que debíamos haberlo hecho en Navidades”, asegura con más razón que un santo el doctor Simón tras valorar el cataclismo sanitario que ahora se nos viene encima. Y todavía lo critican por echarle el muerto a los pacientes. Todavía lo tachan de incompetente, quemado y amortizado por decirnos las verdades del barquero. ¿Quién, si no nosotros, la ciudadanía, la sociedad en general, tiene la culpa del atracón vírico que nos hemos dado esta Navidad insolidaria y mortal? ¿Qué tendría que haber dicho el médico de cabecera de esta España apestada y terminal, que lo hemos hecho de maravilla, que hemos cumplido con el tratamiento a rajatabla, que nos hemos comportado como un pueblo modélico? La demagogia y la mentira son armas eficaces en manos de un político pero malas consejeras para cualquier hombre de ciencia que quiera mantener a salvo su buena reputación.     

Lo que ha ocurrido aquí estos días de villancicos sin gracia, cotillones clandestinos e hipócritas fiestas religiosas envueltas en el celofán rojo de la pagana sociedad de consumo no es ni más ni menos que el hecho de que finalmente nos liamos la manta a la cabeza y optamos por el ancha es Castilla, eso tan español de que nos quiten lo bailao, y ahora lloramos y pagamos las consecuencias. Dentro de unos días los hospitales volverán a estar rebosantes de muertos y contagiados. Probablemente tengamos que confinarnos de nuevo, como ya ocurrió en marzo por orden de Pedro Sánchez y como ya están haciendo otros países como Reino Unido o Alemania. Y todo por unas comilonas que van a resultar indigestas y letales para cientos de personas. Nunca una borrachera dejó tan mala resaca.    

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