En España consumimos actualmente, en proporción, más antidepresivos que ningún otro país del mundo. Según datos de la Agencia Española del Medicamento, el consumo de antidepresivos se triplicó en nuestro país entre los años 2000 y 2013, al pasar de 26,5 a 79,5 dosis por mil habitantes.

Aparentemente somos una sociedad infeliz. Mientras que en el Índice Mundial de Felicidad 2019 el Reino Unido ocupa el puesto 15º, Estados Unidos el 19º y España el 30º. Para hacernos una idea de lo que significan estas posiciones solo hace falta ver que Sudán del Sur ocupa la última, 156º.

La idea de que los ansiolíticos, los antidepresivos o los somníferos se recetan con demasiada alegría sin reparar en sus efectos secundarios ni en su limitada acción curativa no es nueva, pero quizá en los últimos tiempos tenga más difusión por dos motivos: uno, su imparable expansión -España es uno de los mayores consumidores de Europa- y dos, el creciente predicamento de la quimiofobia (aversión irracional a los productos químicos), las medicinas ‘alternativas’ y la teoría de la conspiración según la cual la industria farmacéutica, en realidad, no quiere curar al mundo de sus males, sino mantenerlo enfermo para ganar más.

CIS

El CIS, sin embargo, es mucho más positivo y en su última encuesta sobre la felicidad de los españoles destacó que los españoles somos felices con una media de 7,36 puntos sobre 10. ASí, le ponemos un notable medio a la felicidad.

Aunque todos los grupos de edad aprueban en cuanto a lo felices que se sienten, parece que el secreto de la felicidad está en la juventud porque son los más jóvenes, el grupo de edad comprendido entre los 18 y 25 años, quienes aseguran que se sienten más felices (7,95 de media).

En cambio, en este estudio salen perdiendo los mayores de 65, porque en función de sus respuestas son los que menos felices se sienten (6,94 de media).

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Directora Diario16.com Periodista en cuerpo y alma, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco, tras 15 años en medíos de comunicación, creó Comunica2 con su compañero de vida y también periodista, Sergio Arestizabal, para demostrar que otra forma de comunicar es posible. Tras sufrir censura y presiones de los poderes públicos en el ejercicio de su profesión, hoy es libre. Durante años ha asesorado personas y empresas en crisis o injustamente juzgados por la opinión pública y publicada. Hoy tiene el reto de que el Periodismo abra un profundo debate interno sobre cómo recuperar la honorabilidad de aquellas personas a las que por error enturbió su imagen pública. Inconformista y crítica, como debe ser una periodista.

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