A la hora de escribir este artículo, desconozco qué ha pasado en Cataluña el día 1 de Octubre. Sólo espero que haya imperado el sosiego y la cordura, y que el odio y la visceralidad que han imperado en todas partes los últimos días hayan quedado en aguas de borrajas. En cualquier caso, hoy, día dos, empieza una nueva etapa; una nueva etapa en la que debe primar el diálogo y la racionalidad. Y como no creo que ambas palabras, diálogo y racionalidad, deban ser meros conceptos refugio, meras invocaciones vacías de contenido, aquí van unas cuantas propuestas concretas.

En primer lugar, se debe proceder a una reforma constitucional que permita el derecho de autodeterminación de las distintas comunidades autónomas españolas, incluida Cataluña. Si el parlamento de una comunidad, por mayoría de dos tercios, decide convocar un referéndum, éste debe poder hacerse. Pero como no es razonable tener siempre el melón abierto, debe acordarse poder celebrar sólo uno cada veinte años o cinco legislaturas.

En segundo lugar, si la soberanía española es divisible, también la soberanía de Cataluña, o cualquier comunidad autónoma que acuda al referéndum, debe serlo. En este sentido, si hay un proceso independentista y en el mismo hay provincias o comarcas que votan no a la independencia, éstas deben poder seguir en España. Es decir, si en Barcelona (o Valencia en un hipotético caso) no gana la independencia, se deben tener todas las garantías de que podrá permanecer en España.

En tercer término, declarar la independencia y formar un nuevo Estado es un acto trascendental, más que aprobar una nueva Constitución. Parece razonable que si en una comunidad de vecinos para poner un ascensor, se necesiten dos terceras partes de los votos de los vecinos, o para aprobar la jornada continua sea necesario el consentimiento del 55 % del total de los padres, para declarar la independencia sea necesario una mayoría cualificada amplia, que vote por ejemplo a favor de la misma el 55 % total del censo, no de los votantes, del censo.

Independientemente de lo que haya pasado el domingo, además, deben dimitir Rajoy y Puigdemont, los que nos han llevado al borde del abismo. Es cierto que ambos han alimentado el conflicto, para ganar votos y tapar sus vergüenzas, y que la gente olvide muchas cosas, pero también lo es que era y es el Estado quién debía haber tomado la iniciativa. Seguramente si cosas como las que he mencionado se hubiesen hecho, no se hubiera llegado a esta situación. También es cierto que si la Monarquía no tiene la Autoritas ni sirve para solucionar estos conflictos, deberíamos preguntarnos para qué demonios sirve. Y la verdad, las palabras que deberían utilizarse constantemente a partir de ahora, por unos y otros, son compresión y empatía. Sin ellas, no hay arreglo posible.

 

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