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Esclavos

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Una tarde terrorífica. Al sueño permanente por la falta de horas de descanso, se le une un calor insoportable para un mes de mayo.

Acaba de llegar a la radio. Un gran edificio de siete plantas, culminado por una gran azotea en la que se montan saraos cuando necesitan convencer a algún político para que participe en una de esas mesas camilla de antaño, convertidas ahora en programas televisivos o de radio que producen miles de zombis adeptos y lo que es mejor, cientos de miles de euros en facturación publicitaria.

Apenas pasan diez minutos de las cuatro de la tarde. No debería entrar hasta las diez de la noche porque desde el segundo día, le dijeron que tendría que hacer las prácticas por la noche, que, según ellos, es cuando más se aprende, y que sin embargo ha podido comprobar que el turno es debido a que, salvo los dos o tres locutores segundones que quieren hacer carrera y se prestan a un turno difícil con una audiencia escasa y unos temas triviales, generalmente miserias personales contadas en primera persona desde el teléfono noctámbulo de un puesto de control de una fábrica solitaria dónde vigilan, de un salón con insomnio de quién se enchufa a la radio para apaciguar la soledad, o desde el susurro del baño del turno de noche, en uno de los descansos para el bocadillo, dónde la radio hace más llevadero insertar piezas en el martillo de un troquel, nadie quiere trabajar de noche. Es verdad que se aprende, pero no porque haya quién te enseñe, sino porque tienes que realizar trabajos de documentación para la mañana siguiente, porque tienes que hacer gestiones de realización desde la pecera, porque tienes que sustituir al productor cuando se pone malo o porque incluso tienes que tomar las riendas del programa cuando el presentador titular se ha pasado con la coca o llega perjudicado de casa.

Hoy, como se ha convertido ya casi en costumbre, le han mandado un WhatsApp a las 12:00 de la mañana y le han comunicado que debe pasarse por el trabajo a las cuatro de la tarde para asistir a una reunión de producción. Una reunión que durará como una hora y que, también como de costumbre, acabará con un, ya que estás aquí, mira a ver que encuentras sobre el tema que vamos a tratar en el informativo de la noche. Luego un sándwich de la máquina de la sala de descanso, que a las nueve de la noche se comerá acompañada de otros jóvenes que como ella, son aprendices en el sueldo y trabajadores a tiempo completo. Acompañará al pan de molde untado con una salsa indescriptible,  una lata de veneno azucarado y un café sólo. Media hora más tarde, estará sentada ya frente a su ordenador buscando información, documentando  una de las secciones de la mañana o incluso la estadística goleadora del futbolista de moda al que entrevistarán en el programa de deportes de después del noticiario.

Paola no protesta, no discrepa, no da opinión que no sea neutra. Sabe que están en juego dos plazas de aprendices para los doce becarios que como ella, cobran 350 euros al mes por trabajar duro y a tiempo completo, algunos días hasta 16 horas. Lo normal, diez. Si hay suerte y alcanza el objetivo, dos años más, esta vez con contrato de aprendiz y 700 euros de nómina, cuando acabe la becaría. Luego, si sigue con la suerte, con la invisibilidad de no llevar la contraria pero con la explotación máxima de hacer ver a los demás su capacidad para el trabajo duro, pasará a ser periodista de una empresa que tiene millones de euros en pérdidas todos los años pero que se permite el lujo de pagar un millón de euros de salario a cada una de sus estrellas mediáticas de la mañana y de la tarde y que básicamente vive de las subvenciones y chanchullos de los políticos de turno.

Paola, no protesta. Ni siquiera es consciente de que la estén explotando. Porque ella cree que es una de las privilegiadas. Conoce decenas de compañeros de carrera que están trabajando en el Burguer, poniendo copas en garitos de mala muerte o que han tenido que emigrar. Ella, sin embargo, tiene trabajo. Y aunque el sueldo de 350 euros se le va en pagarse un curso al que le ha obligado su empresa a apuntarse que le cuesta 250 euros al mes, puede decir que trabaja, aunque sea como becaria y sin derechos en una de las empresas de comunicación más importantes del país. Eso engordará su currículum. Ella, con un posgrado en seguridad de la comunicación y un doctorado en periodismo, es una afortunada por trabajar como si fuera de plantilla, dieciséis horas al día. Para ella quién gana 600 euros poniendo compas en Fany´s cinco noches a la semana es un fracasado con un trabajo de mierda porque no está relacionado con sus estudios.

Hoy, en una entrevista de autobombo en un medio del grupo, una de esas periodistas estrella que libra 60 días en verano, 15 en navidades y todos los puentes, que se lleva más de 1 millón de salario al año, ha dicho que las Paolas del mundo son unas vagas y unas flojas. Unas pusilánimes que se quejan de vicio.

Y muchas de las Paolas del mundo, han aplaudido a su ídolo.

*****

Esclavos

Vivir en el primer mundo ya no es un privilegio. La esclavitud ha cruzado el muro de alambre de espinos y ha llegado para quedarse. Cierto que hasta en ser esclavos hay formas privilegiadas. Mientras en África o en Iberoamérica la esclavitud lleva consigo revolver en la basura, vivir entre ratas y detritus y en la India, Tailandia o Bangladesh la misma servidumbre llena los pulmones de metales pesado de los tintes y/o provoca callos en las manos por coser cientos de horas a la semana en talleres de ropa, zapatillas o pelotas, en USA los esclavos son fundamentalmente negros o hispanos y acaban muertos o en la cárcel y en el primer mundo los esclavos tienen Netflix, Tick-tock o Instagram que les sirven para evadirse. Hay otra diferencia considerable. Mientras en el mal llamado tercer mundo los esclavos son conscientes de serlo y su principal misión en esta vida es dejar de serlo, en el primer mundo, nuestros jóvenes no sólo no son conscientes de serlo, sino que creen que las condiciones de semiesclavitud son un privilegio y lo han convertido en la coyuntura normal de un presente necesario para llegar a mañana, porque no tienen conciencia de que el futuro sea algo esencial que ha de llegar quieras o no. Viven al día, de y por la inmediatez y lo único que les preocupa es poder dar una putivuelta, tener posibilidad de estar con sus amigos o cinco euros en el bolsillo para pagarse las copas en el botellón. Este tipo de vida les impide luchar por un futuro que ven tan lejano que ni les preocupa. Este tipo de vida está reñido con las luchas obreras, con las luchas por los derechos sociales y con la lucha por cualquier servicio público que no les preocupa como la sanidad o la educación. Este tipo de vida es caldo de cultivo para los caraduras fascistas que proclaman libertad mientras cobran salarios de más de 70.000 euros año y legislan para que quienes les votan no tengan derechos, ni sanidad o educación pública y son los culpables de sus condiciones de esclavitud.

Como nada de lo que pasa en la vida está aislado de consecuencias y causas, este estilo de vida basado en la superficialidad que nos han ido martilleando desde hace décadas con el cine americano, ha calado en nuestra sociedad. El sueño americano es una gran estafa. Y provoca desastres sociales de consecuencias muy predecibles. Según la revista Forbes, la posibilidad de ser  pobre a partir de los 65 años en España es de un 6,8 %. En el Reino Unido, una de las cunas del hijoputismo, el 13,4 % (un 97 % más que en España). En USA, ese porcentaje se eleva hasta el 21,5 % y en Australia o Corea del Sur hasta el 35,5 % y 49,6 % respectivamente. Esto simplemente es consecuencia de que hasta ahora, España tiene un sistema de pensiones que salvaguarda a los trabajadores tras la jubilación. Decía el otro día Guillermo Fesser, un buen conocedor de la sociedad hipócrita americana (vive allí) que necesitas un mínimo de 3 millones de dólares para poder vivir retirado sin apreturas. ¿Qué pasará cuando toda esta gentuza que legisla en contra de los trabajadores acabe limitando las pensiones hasta que su cuantía no sea suficiente para comprar comida, pagar la calefacción, la luz, el agua, los impuestos y la electricidad? ¿Quién va a luchar porque eso no suceda? ¿Los que tienen más de setenta años que a pesar de que ya hacían huelga aunque estaba prohibida durante el franquismo, bastante tienen con soportar la economía de sus casas y las de sus hijos? ¿Los que sobrevivimos a la pandemia de la droga y del escape biológico que llamaron síndrome tóxico que dejamos que nos engañaran con un modelo que es el mismo que el del fascista eunuco cobarde? ¿Los nuevos esclavos de los posgrados y las licenciaturas que ven como normal que les paguen 350 euros al mes mientras trabajas en un puesto real diez horas al día?¿Los ninis a los que se la sopla todo? ¿Los cientos de idiotas que parecen estar contentos con que su vida gire en torno a un trapo de colores y un mapa? ¿Los indecentes ignorantes que se tragan que España tiene 2000 años de existencia? ¿Los que son capaces de gastarse 300 euros en petardos para celebrar la Champions del equipo con el presidente más truhán de todo el fútbol mundial, pero no mueven ni un dedo porque para ir al médico en Madrid necesitas quince días si es de atención primaria y un año si es para especialista?

El sueño americano, como decía también Guillermo Fesser en el mismo hilo de Twitter es una pesadilla. Sólo un 6 % tiene posibilidades de llegar a juntar 1 millón de dólares. El resto, el 94 %, tendrá todas las papeletas para arruinarse si pillan una apendicitis, se rompen una pierna o si tienen cáncer. Y sin embargo, parece que muchos de nuestros compatriotas es el modo de vida que prefieren, porque como decíamos la semana pasada, las cosas malas sólo les pasan a los demás. Muchos de nuestros jóvenes sólo piensan en ser millonarios y para eso no dudarían en participar en programas denigrantes. El camino más rápido es el de la fama. Pero hasta eso es una trampa. Sólo un uno por mil, tiene posibilidades de ser rico y/o famoso. Y en ese porcentaje están incluidos los del mérito y el esfuerzo consistente en que papá o el abuelo que fueron maleantes del régimen, les dejen, para empezar, un par de millones. Eso sí, luego todos salieron de la nada y comenzaron en un garaje.

Esta situación de inacción nos ha traído a la coyuntura actual, dónde una guerra por poderes es la perfecta excusa para que la inflación se esté llevando por delante la economía familiar de la mayor parte de los trabajadores. Frutas, carnes, aceites, legumbres, todo ha subido de forma estratosférica. Todo parece ser que se importaba de Ucrania porque de sus elevados precios tiene culpa la guerra. La gasolina por encima ya de los dos euros. También es culpa de la guerra. Y, por supuesto, según el pensamiento único (nazificación) de Putin. A nadie parece importarle, ni tampoco tener en cuenta que desde 2015 el hambre ha vuelto a revertir la tendencia descendente y nuevamente está en alza. 204 nuevos millones de pobres hambrientos en cinco años. Los expertos alertan de un crack alimenticio provocado por la falta de medidas, por la especulación, el cambio climático,… Sólo cuatro corporaciones controlan el comercio mundial de grano. El 60 % de las calorías de una dieta que se ha convertido en homogénea provienen del maíz, el trigo, la soja y el arroz. Y aún así seguimos preocupándonos más de las cañas que de los alimentos.

Sin conciencia de futuro, sin conciencia social, sin sentimiento de grupo, sin ideología (y ya sabemos que todo aquel que dice no tener ideología es un fascista de libro), sin formación política, con individualismo y con estrechas miras, no hay sociedad ni derechos. Y cuando eso sucede lo que queda es la barbarie, la oscura Edad Media, el retroceso en las condiciones y la duración de la vida.

Es más fácil creer que todo es negativismo y que siempre hay un rayo de sol que le llega a uno, aunque sea de refilón, que luchar porque el sol sea de todos y que nos alumbre y caliente por igual. Las endorfinas no solo se provocan artificialmente mediante sustancias químicas. La evasión de la realidad es una forma de suplantar el dolor. El dolor es síntoma de que algo va mal. Los calmantes camuflan ese dolor, pero no curan la causa que lo produce. Y esta sociedad está gritando de un dolor irresistible desde hace ya unos años.

Salud, feminismo, ecología, república y más escuelas públicas y laicas.

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