Para trabajar de cara al público, debería ser un requisito imprescindible la simpatía, mucho más importante que la belleza o el currículum. Vale que nuestro nivel de inglés no es el de Penélope o Bardem para poder dialogar con Bono, pero de ahí a pasar por completo de nuestras peticiones…

Si ya resulta complicado entender un idioma cuando te hablan a más velocidad, si encima se hace con la boca cerrada, sin vocalizar y casi sin mirar a la cara, el desastre queda garantizado. El odio va creciendo en mi interior hacia un colectivo que sonríe asintiendo mientras esconde tras sus labios un “paso de ti y de tu cara”. Entonces viajo con mi mente a 9.000 km en contra de la rotación de la tierra y llego a la Malvarrosa, a mi consulta repleta de mujeres llegadas de otros países donde hago todo lo posible por entenderme, ya sea en inglés, en francés o si es necesario, con mímica para comunicarme con chinas, pakistaníes o africanas.

He llegado a hablar, a través del móvil en altavoz encima de mi mesa, con la madre de una china que hacía de traductora porque aquella venía sin acompañante y sin ninguna intención de aprender español. Y ahora, estábamos allí, en la otra parte del mundo, intentando comunicarnos con compatriotas de esta usuaria que no nos hacían ni caso.

Tuvimos la gran suerte de toparnos con un trabajador chino del aeropuerto, que se hizo entender con la amabilidad que debería caracterizar a este tipo de personal y, al acabar la conversación, le dije que era el mejor guía del lugar y su sincera sonrisa confirmó que le llegó el mensaje perfectamente.

6 horas de escala en Shanghái te dan para cruzarte con unos cuantos y variados chinos, así que, como buena occidental, te reafirmas en que es difícil distinguirlos, más todavía, si van vestidos igual; y será una cultura muy trabajadora y sacrificada, pero lo de verlos bostezar cual Tarzán de la selva, ya sea en el avión o en la sala de espera, rompe el aire “finolis” que te habían intentado vender.

Lo mejor del aeropuerto, sin duda, los baños con chorrito de agua y secador para unas partes nobles agobiadas por las largas horas de trayecto sentado, y aconsejo desde ya, para cualquier viaje con escalas relativamente largas, alguna tarjeta de acceso a la sala vip, porque aunque no viajes en primera, te sale rentable no sólo para tumbarte en la horizontal perfecta, sino para disfrutar de un buffet que, en nuestro caso siendo 4, sería amortizada sin duda.

La escala había sido simplemente un paréntesis, nos quedaban por delante otras 13 horas en un avión lleno de sonrisas horizontales y comedidas y unas cuantas pelis a elegir entre inglés o chino, con la sorpresa de encontrarnos con una azafata argentina que pudo hablarnos en el bonito idioma de la ñ.

El viaje de vuelta tendría la misma escala y parece que Shanghái quiso darnos una despedida agridulce de una azafata, esta vez neozelandesa, que pese a mi petición para ponernos en ventanilla si era posible de 2 en 2, no haría falta especificar que iríamos cada adulto con una niña porque creo que es la forma en que te obligan simplemente por seguridad, decidió con su sonrisa malévolamente cerrada, repartirnos a los 4 por separado. Para rematar, nos tocaba a uno de nosotros junto a una familia china insoportablemente escandalosa que ya había montado el cuadro en la sala de espera con una niña demonio. Al subir al avión nuestros ojos se abren como platos cuando vemos azafato y azafata españoles, al decirle al primero que su compañera del checking, nos había puesto como “le había salido del chocho”, entre risas nos dijo que sobraban asientos y que nos podíamos poner todos juntos, casi le hago la ola.

Después de nuestras experiencias chinas durante el viaje y en ese aeropuerto, queda demostrado que la empatía no es un don que se adquiere con el uniforme y me confirma que me queda mucho mundo por recorrer antes de volver al país de los ojos rasgados.

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2 Comentarios

  1. La formación la hice en España y no me considero para nada una experta.Con la escala en aeropuerto tuve suficiente, gracias.

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