Solo unos minutos antes de que PSOE y ERC terminaran su reunión y emitieran un comunicado conjunto en el que constataban los “avances” para resolución del “conflicto político en Cataluña”, el portavoz de JxCat en el Parlament, Eduard Pujol, anunciaba que su partido retiraba la moción para debatir sobre la autodeterminación en la Cámara autonómica. Según el portavoz, el aplazamiento tenía por objetivo no interferir en la negociación de cara a la investidura del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, ya que seguir adelante con la moción “podría ser mal interpretado, utilizado por el PSOE para no tener una actitud positiva” y servir como excusa a los socialistas para romper sus delicadas conversaciones con Esquerra.

Evidentemente, algo interesante había ocurrido en ese despacho donde los equipos negociadores de Sánchez y Oriol Junqueras se veían las caras por enésima vez. Algo que hizo que los teléfonos y wasaps empezaran a echar chispas y que provocó que alguien en el mundo independentista diera la orden inmediata de parar máquinas y de frenar la moción sobre el derecho a la autodeterminación de Cataluña que se iba a debatir en el Parlament. ¿Fue Carles Puigdemont desde Waterloo? Hay muchas posibilidades de que así fuera, pero en cualquier caso lo verdaderamente importante, el secreto mejor guardado de la negociación entre socialistas y republicanos, permanece aún oculto y así va a seguir siendo hasta que la serie de contactos termine en éxito o en rotundo fracaso. O hasta que a alguien le dé por filtrar algún contenido o dato relevante sobre lo que se despacha entre esas cuatro paredes.

A primera hora de la mañana la foto de Gabriel Rufián y Adriana Lastra posando cómodamente sentados, uno frente a otro y con aspecto relajado, revelaba que PSOE y ERC acudían a la reunión con los deberes hechos y las cartas boca arriba y encima de la mesa. De ahí que pueda decirse que las casi tres horas de reunión posterior entre los equipos negociadores fue quizá una puesta en escena, un teatrillo para atraer a los focos y aumentar el interés de la opinión pública. En realidad, quizá todo el pescado esté ya vendido y todo decidido entre Sánchez y Junqueras, el gran actor en la sombra, en este caso en la cárcel.

ERC sabe que su decisión será histórica. De su “sí” o su “no” dependerá que el país vaya a unas terceras elecciones, con el consiguiente peligro de que la ultraderecha vuelva a dispararse en número de votos y escaños. Ningún partido de izquierdas puede permitirse correr semejante riesgo, el de pasar a la historia como el agente que permitió a los franquistas llegar (casi) al poder. Bajo esa premisa, y aunque los republicanos catalanes aseguran que no tienen prisa, ellos saben que negocian contrarreloj y que quizá mañana sea demasiado tarde. En la política de hoy un día puede ser un mundo, cualquier acontecimiento inesperado o declaración en Twitter lo precipita todo y eso lo sabe Gabriel Rufián. Un pacto con el PSOE quizá no sea el mejor acuerdo posible para Cataluña pero es el menos malo y el que evita lo que sería un auténtico desastre: un Gobierno de derechas con Vox imponiendo su agenda y la seria amenaza del artículo 155. Rufián (siguiendo órdenes de Junqueras) va a tratar de arañar todo lo que pueda y una “mesa de negociación bilateral” en igualdad de condiciones entre Madrid y la Generalitat, para resolver el conflicto político, es un premio más que decente y sugestivo. Que el Estado español reconozca la existencia de una crisis territorial sin precedentes en un buen primer paso en el deshielo hacia una nueva etapa. A partir de ahí, en esa mesa se negociará lo que se pueda negociar: los permisos e indultos para los políticos presos, la reforma del Estatut que avance un poco más en el federalismo y en el reconocimiento de Cataluña como nación, un sistema de financiación mucho más ventajoso… Esos serán los logros materiales y la cosecha que quede del 1-O.

Otra cosa es lo que pase en las calles. La sede de ERC amaneció ayer con pintadas de los CDR horas antes de la reunión de Esquerra con el PSOE. “La autodeterminación es un derecho, no se negocia”, rezaba el mensaje firmado por los radicales que ha aparecido a la entrada de la sede del partido de Junqueras. Mientras tanto, Tsunami Democràtic ya ha convocado una masiva manifestación para convertir el clásico Barcelona-Real Madrid en un acto independentista que “pueda verse en todo el mundo”.

ERC tendrá que demostrar si es un partido de izquierdas que hace política para la inmensa mayoría de la gente, situándose a la altura de las circunstancias históricas, o solo un instrumento al servicio del ala más radical del independentismo callejero. La renuncia al referéndum de autodeterminación −que Pedro Sánchez no puede conceder porque excede de sus atribuciones constitucionales y porque sería tanto como firmar su particular sentencia por sedición−, será el precio que tendrá que pagar ERC en esta negociación que ha entrado en su etapa final. Muerta y enterrada la vía unilateral hacia la independencia, los republicanos tendrán que conformarse con lo que toca, que es mucho, y seguir fent país, construyendo un país, como dicen los catalanes. Acumular masa social hasta alcanzar el 60 o el 70 por ciento del electorado favorable a la independencia –si es posible– será su tarea en los próximos diez, quince o veinte años. Y entonces, quién sabe, quizá haya llegado el momento de votar para decidir.

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