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Entre la nueva y la antigua normalidad

Alberto Vila
Analista político, experto en comunicación institucional y economista
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“¿Cómo le puedes pedir a un hombre que mate y que luego vuelva a la normalidad?”

Kate Morton

En un sentido general, la normalidad hace referencia a aquel o aquello que se ajusta a valores medios. En términos estrictos es una medida estadística no ética. En la década de los cincuenta del siglo pasado era “normal” fumar. Era una “vieja” normalidad que contrasta con la “nueva” normalidad de no fumar. También lo fue torturar si se discrepaba del poder dominante.

Es decir, el gran problema de la normalidad no es que alguien haya advertido un parecido entre un gran grupo de personas y le haya adjudicado un nombre. Lo agraviante, y más aún en democracia, es que se haya decidido considerar equivocados a quienes no pertenezcan a dicho conjunto. Que se acepte lo inaceptable. Eso no.

El desprecio por los individuos anormales, no consiste solamente en no darles acceso a los derechos que como ciudadanos les pertenecen. Además, dicha “normalidad excluyente” genera un profundo resentimiento que conduce a abusos de todo tipo. Tanto, que siembra el terror en aquellos que se atreven a mostrar sus diferencias amenazando su integridad física y mental. Los privilegios deben formar parte de la “antigua normalidad”. No deben tener cabida en la “nueva normalidad”.

La ultraderecha, representada por el franquismo, es un exponente. La homofobia, la misoginia, la xenofobia y las intolerancias religiosas, todas, conducen a la distópica situación que en democracia no deseamos producir. La antigua normalidad de producir pobreza para salvaguardar la riqueza no es aceptable.

El pretender ignorar en esta España que nos toca, que resulta normal que los delincuentes eludan sistemáticamente el ser penalizados por la acción judicial, es algo que lejos de resultar aceptable supone una losa al desarrollo de una vida que perfeccione al individuo. Además, se exige “normalidad” al preservar los comportamientos inmorales de la jefatura del Estado, bajo una legalidad medieval de inviolabilidad.

La sorprendente “normalidad” con la que los expresidentes del postfranquismo han justificado el protagonismo positivo de Rodolfo Martín Villa en su gestión al frente del Ministerio de la Gobernación es, ante los ojos del mundo civilizado, un agravio sin paliativos. Lo es, porque con su defensa sólo corroboran que, “aquella” normalidad, fue hija del genocidio franquista que eliminó físicamente a los disidentes. A los “anormales” para él régimen. Como antes lo fueron para el estalinismo o el nazismo.

Pasar por alto esto, es justificar que aquella matanza no debe juzgarse. Nadie puede pretender mantener el menor crédito ético, luego de tal defensa al ministro bajo cuya organización se practicaban los métodos de tortura más inhumanos y siniestros. Ignorarlo es otorgar credibilidad a las tesis que afirman que la Transición fue una parodia para salvaguardar el poder y evitar rendir cuentas por el saqueo de los vencedores y las víctimas producidas.

En cualquier caso, la España del primer gobierno de coalición puede elegir entre construir una “nueva normalidad”, pandemia incluida, o seguir sosteniendo las páginas más oscuras de la Historia que nos trajo hasta aquí. Ello supondría mantener “la antigua normalidad” del rechinar de dientes y el tiro en la nuca como delatan las exhumaciones que se llevan a cabo.

Cada persona debe elegir y construir en cuál desea vivir.

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