Europa

Al leer sobre el alboroto de algunos eurodiputados españoles por la conferencia de los Presidents Quim Torra y Carles Puigdemont prevista en el Parlamento europeo el próximo lunes 18, algunos extrabajadores de la institución en cuestión fruncimos el ceño con desconfianza. ¿Mandar detener a un ciudadano libre en Bélgica al entrar en una institución inviolable como el Parlamento europeo? ¿Prohibir un debate en el llamado templo de la democracia europea a un ciudadano que justamente lleva ya un año dando conferencias por Europa, en una decena de sus parlamentos? Tanta reacción “histérica”, en palabras del eurodiputado flamenco Mark Demesmaeker, daba ya pistas sobre el posible desenlace. Las presiones de los tres principales grupos políticos en la cámara naturalmente no pudieron sino concluir en el veto a la entrada a Carles Puigdemont por parte de uno de los presidentes más funestos que ha conocido la institución europea —sin saber mucho de su historial, partan ustedes de la base que es a la vez el vicepresidente del partido de Silvio Berlusconi.

En momentos como este, las personas que nos consideramos europeístas convencidas y que hemos trabajado activamente en el proyecto de construcción europea, no podemos sino sentirnos huérfanas de todo aquello que aprendimos en las facultades en estudios europeos, todos los valores, los nombres que hicieron nacer y crecer el proyecto de una Unión europea que sigue derrumbándose desde los últimos años. Fue bonito mientras duró, que diría el poeta. Pensar en un Jacques Delors que trabajó tenaz desde los 80 para que hoy tuviéramos todos una moneda única, en un Altiero Spinelli que estudió obstinado cómo lograr una Unión Europea federal desde sus 25 años de cárcel y destierre tal como plasmó en el manifiesto de Ventote, en el presidente de la comisión europea el holandés Mansholt quien decidió priorizar el BNB (Bonheur National Brut, “Felicidad Nacional Bruta”) por delante del PNB (Producto Nacional Bruto)…. Todos ellos, hombres que hicieron Historia con mayúsculas y que anteponieron siempre la aproximación pese a las diferencias, el diálogo y la palabra aún cuando no estuvieron de acuerdo, haciendo concesiones y todo lo que fuera necesario para no volver a los desastres pasados que habían asolado por dos veces Europa el siglo que les tocó vivir.

¿Dónde estamos hoy? En un momento en el que el Brexit se ha convertido en la gran pesadilla de Bruselas junto con un terrorismo yihadista que ya tiene un pie en Europa y una crisis migratoria sin precedentes… Lo último que necesita la Unión Europea es que una España más inestable que nunca desde su llegada a la democracia siga optando por echar gasolina en lugar de soluciones, y menos aún participar ello. Las principales instituciones de la EU no están entendiendo que más allá de lo que quieran 2 millones de ciudadanos europeos que puedan caer más o menos simpáticos, más allá de la deshonra de los valores fundacionales de la UE como la democracia, la libertad o los derechos humanos o de los objetivos de paz y bienestar de sus pueblos, lo que se está poniendo en peligro es la Unión europea per se. El euroescepticismo no sólo no deja de incrementarse sino que progresa acompañado por los efectos de la recesión económica de los últimos años y que viene alentado por el auge de movimientos populistas y de extrema derecha, algo que en el este y otras partes de Europa es ya más que manifiesto.

En España, el cierre en falso del franquismo disfrazado de algo llamado transición fue el gran error tal como se ha venido evidenciando con el tiempo. La derecha española se ha ido escindiendo primero en dos y ahora más recientemente en tres, despertando entre sí una competición encarnizada para demostrar al votante cuál es más defensor de la patria al puro estilo “una, grande y libre”. De lo latente a lo manifiesto. La extrema derecha que hasta ahora sólo susurraba desde debajo de la alfombra europea ya está paseando encima de la misma: desde el Este empezando por Polonia y Hungría, pasando por el centro en Austria, subiendo por Alemania, Dinamarca y Suecia, anclada en Francia, y ahora en el sur de Europa luego de Italia el brazo político de la extrema derecha ha cristalizado de nuevo pero en color en la política española. Y ya no en tics concretos sino de manera ya totalmente desacomplejada. No tengo la menor duda que a medio plazo Europa volverá a tener un conflicto similar a los del siglo pasado. No sé de qué alcance ni cuándo, pero ya está en marcha el caldo de cultivo y la Historia nos ha enseñado que es caprichosa y siempre tiende a repetirse. El cierre de los Estados en si mismos, el paso de la cooperación y la empatía al patriotismo y al “We, first”… Ni tan siquiera los europeos somos capaces de ver el cambio climático como el desastre más grande que ha tenido nunca el ser humano en este planeta.

Dar con la puerta en las narices a tus propios representantes como reacción a la histeria del populismo en lugar de dar la mano en busca de la solución serena no parece ser la mejor idea para un proyecto en decadencia. Pero lo hacen las mismas instituciones europeas que se llenan la boca de conceptos como libertades y derechos fundamentales y luego se niegan a intervenir ante la evidencia de tener ciudadanos también propios como presos políticos. El proyecto de la Unión Europea está muriendo. Seguirá agrietándose, quedando en la memoria como aquél viejo sueño de promesas que ya jamás se cumplirán.

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Periodista especializada en relaciones y comunicación internacional. Actualmente vive en el Bodensee, en la frontera germanosuiza. En los últimos 15 años ha trabajado de asesora de comunicación corporativa para organizaciones públicas y privadas tanto a nivel europeo como español y catalán.

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