Je suis prof en Francia. Me han insultado, amenazado y agredido en varias ocasiones, y vivo atemorizada desde mucho antes de que la barbarie llegara al nivel de la decapitación. Pero desgraciadamente, y como suele ocurrir de un tiempo a esta parte, ha sido necesario un detonante para atreverse a denunciar, a gritar la injusticia y a acusar las fallas de un sistema educativo que permite que, en el siglo XXI, maten al que enseña que no se mata al que no piensa como tú.

Todavía recuerdo aquel 1 de septiembre. Como cada año, era el primer día de la rentrée en otro instituto nuevo, y como en cada inicio de curso pedía prudentemente  consejo acerca del perfil del alumnado en ese centro. La respuesta de la Dirección fue clara: “Mire señora, de aquí a Navidad, usted haga de policía, olvídese del programa. Y en enero, ya veremos…”. En aquel momento, y todavía sin conocer muy bien el sistema educativo francés, no me atreví a responderle lo evidente: “Perdone, pero yo aquí he venido a enseñar español”. Enseguida llegaron las intimidaciones, los ataques, la falta de respecto, los insultos, las agresiones físicas, las amenazas de los padres y demás deficiencias de unos adolescentes que, a la más mínima lanzaban una silla por los aires o se permitían robarme cualquier pertenencia personal por diversión. Mi primera reacción era tan simple como la cualquier niño: acudir al despacho del Director en busca de ayuda, pero el veredicto era siempre el mismo: la culpa de todo, la tenía yo.

Al parecer, hay profesores que no saben “gestionar clases difíciles”, “tratar a los alumnos de barrios problemáticos”, o que “se toman las agresiones como algo personal” y “si usted viene a clase con miedo, sus alumnos lo van a notar y es normal que no la respeten”. En el mejor de los casos, una baja por depresión puede aparcar el problema durante algún tiempo y dejarte dormir sin pesadillas. En el peor, muchos profesores acaban aparcados en el cajón de los incapaces y acaban resignándose a callar y hacer frente a la ineptitud en la que el sistema educativo les ha colocado, a base de ansiolíticos y tranquimazines hasta la jubilación, si eres de los pocos que consigue llegar hasta la casilla final.

Pero para comprender la actual infantilización de los profesores en Francia y la pasmosa soledad en la que vivimos las agresiones diarias sin rechistar, hay que conocer las entrañas de la organización piramidal sobre la que se sostiene el sistema educativo francés. Una institución en la que, para empezar, el Director del instituto no pone un pie en el aula, sino que tiene un puesto meramente burocrático escondido detrás de un ordenador que le permite “trepar” a base de meritocracia. La importancia de la prima laboral, las ansias de promoción y la ambición individual para alcanzar la cúspide no le permiten manchar la imagen del centro educativo con expulsiones o incidentes de pacotilla, ni mucho menos cargar con los problemas de disciplina de cada profesor en apuros. Su carrera como director debe ser intachable, así que lo más conveniente para poder seguir trepando es dejar que cada profesor acabe comiéndose el marrón solo y se las arregle como pueda entre las cuatro paredes del aula. Esta situación nos deja a los profesores a la altura de soldaditos de plomo, pero sin más arma que la palabra, un arma que si bien ayudaba a reflexionar con discernimiento en el Siglo de las Luces, en el actual Oscurantismo solo sirve para hacernos responsables de cualquier conflicto y tacharnos de provocadores, cada vez que se nos ocurra utilizarla para remover las conciencias de los que, pobrecitos, ya sufren demasiadas discriminaciones. Y en esta batalla tan desigual está claro quién acaba renunciando y entregándose a un conformismo en el que llegar a casa cada tarde con todos los huesos en su sitio es ya más que un triunfo.

Ahora, tras las barbarie, mientras se busca un culpable y se debate vagamente acerca de una visión absolutista de la religión, la clase política seguirá paseando banalmente sus discursos futiles en medios de comunicación politizados al servicio de la Repúblique; se felicitarán entre ellos, se hablará de liberté, égalité, y fraternité hasta la exasperación, también se hablará de laicidad, intentarán no salirse del marco para el que han sido formateados, y no se hablará de lo que no interese. Y cuando todo esto pase y a todos se les olvide quién era Samuel Paty, los maestros, esos que luchamos cada día en primera línea por formar a futuros adultos sensatos y con juicio a fuerza de explicar y dialogar sobre los horrores de Historia, seremos de nuevo arrojados a la venganza del pueblo y nos volverán a meter en la piel de esos holgazanes que andan siempre de vacaciones o de baja por depresión. Habrá quienes, por miedo, abandonen la Educación y muchos jóvenes con vocación que a los que les sobren motivos para alejarse de la docencia. Muchos de los que se queden, se limitarán a hacer su trabajo sin “provocar”. Se practicará la autocensura y los coles se irán convirtiendo en guarderías de día.

Así las cosas, y antes de que nos demos cuenta, el mundo dominante habrá logrado lo que tanto ansiaba: acabar con la libertad de pensamiento y hacer de los actuales jóvenes, futuros adultos sin cabeza.  

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