Para Jordi Doce

El ínclito Panizo, Javier Panizo, inmortal ensayista y oscuro profesor temporalmente en paro, sale de casa una tarde de abril y para su sorpresa se encuentra a menos de un metro del portal a un vendedor de la Once. Jamás ha visto allí, en ese punto exacto y tampoco que recuerde en el resto de la calle, vendedores de la Once.

¡Y además es su cumpleaños! Debe ser una señal.

Si compra un billete le toca seguro. Se detiene ante el tenderete, feliz, los ojos muy abiertos, chispeantes. Sólo le queda escoger el número adecuado. Elige uno acabado en cero, la cifra fetiche de su tía abuela Maximina, gran jugadora que logró en su época hacer saltar la banca al menos en siete ocasiones y en diversas ruletas a lo largo y ancho de la vieja Europa.

-¡Ese!- señala con su dedo largo y ahora mágico.

Pero no se conforma con un solo boleto.

-Mejor déme también otro del mismo.

Le va a tocar seguro, es evidente, dos señales del destino son muchas señales. Guarda con cuidado de no estropearlos los cupones en su cartera; con intención de dejarlos allí, de que pasen los días: uno dos tres… antes de comprobar el resultado; así el disfrute se intensifica y hace más largo.

Por las noches por supuesto se acuerda, pero la primera le parece excesivo desvelar el misterio tan pronto; y la segunda, la tercera y la cuarta siente que no está del humor adecuado para experimentar el excesivo sobresalto de enterarse que se ha convertido en millonario.

Y lo va dejando, dejando; hasta que la tarde del quinto día se decide… ya es hora de aceptarlo. Si tiene que ser que sea. Entra en la página de la Organización Nacional de Ciegos y teclea el número: siete cinco uno cero. Quizá no consiga el gordo, pero desde luego le va a tocar algún premio; como mínimo el reintegro.

Compruebe su boleto.

No lo demora más. Apoya el dedo en el rectángulo verde y pulsa. La pantalla cambia y se ilumina con el resultado. Su premio es ninguno, su premio es cero. Le sorprende, le asombra. Pero al mismo tiempo siente una felicidad pacífica como un océano. Gracias dioses por apartar de su boca ese cáliz: no va a tener que preocuparse y quitarle horas al sueño administrando una montaña enorme de dinero. Ah maravilla. Maravilla y alivio. Inmenso.

 

(Es diferente la tensión; sin duda obligarse a entregar un relato diario al periódico era más estresante, pero al mismo tiempo el nivel de exigencia podía relajarse un poco. Al igual que en las novelas de mil páginas, o seiscientas, en las que el autor se permite momentos valle, publicar un cuento diario implica que no siempre hay que encontrar la obra maestra, ya saldrá mañana o aún dura la de ayer o la de hace tres o veinte días en la memoria de los generosos lectores. Pero si sólo se publica uno cada semana, aunque a diario el Cazador de Cuentos siga atrapando presas para sí mismo, se supone que habrá que repasar y mejorar y corregir, tender a hacer historias más largas para que nadie piense que el escritor es un vago; enfundarse, en suma, “el mono de trabajo” como dijo en la presentación de un poemario, Intramuros, en la librería Alberti, el reputado traductor, poeta y editor freelance: Jordi Doce. A León Salgado le habría gustado replicarle en aquel momento, estaba entre el público, que al creador debe “bastarle una sola flecha para enamorar el corazón de la diana”, que todo tiene que ser inspiración y nada de la tontería del noventa y nueve por ciento de transpiración. Pero ahora que está mostrando únicamente un relato a la semana en el periódico le parecería indecente, Gran Indecencia, como ha titulado un cuento que de momento no va a enseñar a nadie, no transpirar ni siquiera un poquito. Y ese transpirar como gesto de buena voluntad, es lo que inspira por una parte estas codas detrás de los relatos que sirven como cuerdas para unirlos, pero también para que todos vean que León Salgado no es Panizo, que él trabaja. Y también ha trabajado en la versión final de este cuento, como va a quedar fehacientemente demostrado dentro de unas líneas, cuando utilice el cortar y pegar para dejar como cierre el dictado original y primero que realizó en un bocadillito del guasap, ese sistema de mensajería que ha transformado el mundo entero y su manera de comunicarse y escribir. Lo narrado, en esencia, es lo mismo; pero sin una sola gota de sudor o trabajo. Sólo jugando:
Alivio
Sale de casa y se encuentra a menos de un metro del portal a un vendedor de la once. Nunca hay allí vendedores de la once. Y además es su cumpleaños. Debe ser una señal. Si compra un número le toca seguro. Elige uno acabado en cero, el número de la suerte de su tía abuela Maximina. Y no se conforma con un solo boleto, sino que pide un segundo con el mismo número. Le va a tocar sin ninguna duda, es evidente, son muchas las señales del destino. Lo guarda en su cartera y lo deja allí, que pasen los días, uno dos tres… por las noches se acuerda pero en ningún momento le apetece el excesivo sobresalto de enterarse que se ha convertido en millonario. Así que lo va dejando hasta que la tarde del quinto día se decide… bueno, es el momento de aceptarlo. Entra en la página de la Organización Nacional de Ciegos y teclea el número. Quizá no sea el gordo, pero desde luego algún premio tiene, como mínimo el reintegro. Compruebe su boleto. Apoya el dedo en el rectángulo verde y comprueba su boleto. Su premio es ninguno, su premio es cero. Le sorprende, le asombra. Pero al mismo tiempo siente un alivio inmenso, no va a tener que preocuparse de administrar esa montaña enorme de dinero.

Cuando Sonríe Un Ángel


(Javier Puebla es autor de El Año del Cazador, una suerte de novela neurológica formada por 365 cuentos escritos en 365 días. Un juego que anteriormente nunca se había hecho en la historia de la literatura. Aunque muchos de los relatos que conforman la obra han sido publicados en periódicos y revistas, han servido de soporte para guiones de películas, o han sido traducidos y hasta utilizados para enseñar español en Estados Unidos y Canadá, la novela completa, El Año del Cazador, es ahora un magma vivo y en continuo cambio que de momento sólo puede conseguirse solicitándosela directamente al autor a través de Twitter, Instagram o Facebook, o en el correo elcazadordecuentos@javierpuebla.com

                         

Esta Suite del Cazador para Diario16, es una apuesta del periódico y del autor para mantener viva esa mirada de Cazador, capaz de transformar cualquier cosa en humilde, o pretencioso y ambicioso, cuento). Pieza 44.

 

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(Mecanografía: LF)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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