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«En mi pueblo vivían unas 500 personas, ahora sólo quedan 30»

Una mujer de la región de Lugansk ha relatado a Médicos Sin Fronteras que los bombardeos la obligaban a dejar a su marido con discapacidad solo mientras ella se ponía a salvo en un refugio

José Antonio Gómez
José Antonio Gómez
Director de Diario16. Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa", "IRPH: Operación de Estado" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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análisis

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Médicos Sin Fronteras está trabajando sobre el terreno en la guerra de Ucrania y en un tren que han habilitado como unidad de evacuación médica en el que están recogiendo testimonios verdaderamente aterradores de la realidad que están viviendo los ciudadanos por culpa de los juegos de guerra de los poderosos.

Uno de esos testimonios lo dio una mujer de la región de Lugansk que contó las penurias que han vivido ella y su marido, que tiene una discapacidad que le impide moverse.  

«Mi marido y yo vivíamos en un pequeño pueblo de la región de Lugansk. Era un pueblecito encantador con calles ordenadas y agua, gas y electricidad en cada hogar. Allí vivían unas 500 personas, pero ahora solamente quedan entre 30 y 50. Murió tanta gente. Los bombardeos venían desde todos los lados. Todas las ventanas de mi casa se hicieron añicos. Mi puerta está llena de agujeros de metralla. Yo bromeaba y decía que ahora tengo una mirilla enorme. Mi jardín quedó completamente destruido por los bombardeos. Patatas, narcisos, todas las flores».

El marido tiene una discapacidad y en 2020 los servicios sociales les una cama de cuidados especiales. Ella construyó un refugio improvisado alrededor de la cama y la cubrió con mantas.

«Cuando comenzó la guerra y los bombardeos eran más lejanos, me escondía debajo de su cama. Cada vez que había una explosión, yo gritaba de miedo. Más tarde, cuando los bombardeos empezaron a acercarse, me escondí en el sótano de la casa de uno de nuestros vecinos y dejé a mi marido en su cama. No podía llevármelo conmigo. No puede moverse y pesa demasiado como para que yo pueda cargarlo. Cada vez que volvía, tenía miedo de lo que podía llegar a ver. Una vez, cuando se rompieron las ventanas de nuestra casa, un trozo de vidrio le cortó la pierna. No era una herida profunda, pero, aun así, me sentí muy mal por haberle dejado solo», afirma esta mujer.

Su vecina ofreció su sótano a la gente del barrio como refugio a la gente del barrio. El 7 de mayo, unas 11 personas se escondieron allí durante un bombardeo. Ella estaba miraba por la ventana de su casa y vio cómo caían dos bombas sobre esa casa, aplastando el techo y destrozando el suelo. Aunque ella sabía que tenía que esconderme, no pudo evitar quedarse allí, mirando. «Me quedé de pie junto a la ventana, paralizada. No podía creer que no quedara nada de este edificio de dos pisos más que algunos escombros con 11 personas debajo. Como no había ningún equipo especial, solamente consiguieron sacar a tres personas: dos de ellas estaban vivas y una joven había fallecido. Tal vez más personas sobrevivieron y quedaron atrapadas bajo la casa. Nunca lo sabremos».

Otra casa del barrio se incendió durante un bombardeo y la persona que vivía allí se quemó dentro. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Cuando se cortaron la electricidad y la red telefónica, ya no pudieron hablar con nuestros hijos. El teléfono móvil de la mujer se estropeó cuando la maleta de emergencia que había preparado quedó completamente destrozada por la metralla.

«Un día, nuestros vecinos nos sugirieron que nos dirigiéramos a los militares para ver si podían sacarnos de allí. Nos dieron cinco minutos para empacar y cargaron a mi esposo en un camión. Había otra pareja de personas ancianas que fue evacuada con nosotros. Los soldados nos llevaron al pueblo cercano y allí nos alojamos en el sótano de una vieja escuela. Era frío y húmedo, así que queríamos irnos cuanto antes. Rellenamos todo tipo de formularios para poder seguir avanzando. Finalmente, nos evacuaron de allí a Dnipro».

Una hija de esta mujer logró llegar a Polonia. Ahora está terminando un curso de polaco y quiere que el matrimonio se vaya allí porque afirma que la gente es acogedora y cuida bien a los refugiados.

Sin embargo, la mujer tiene miedo de «no podamos regresar a nuestra ciudad natal cuando salgamos del país y nos instalemos en otro lugar. Nuestra casa, nuestro coche, hasta mi carnet de conducir: todo quedó atrás».

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