Vino a verme desde muy lejos.

Le había estado aguardando toda la tarde. O tal vez, toda la vida.

Para calmar la espera, me fui al cine cerca de casa. Me metí en la primera peli que encontré. Resultó ser una de moda en el que varios amigos se reúnen en torno a una mesa dispuestos a cenar, pero uno de ellos propone al resto jugar a un juego que consiste en dejar los móviles encima de la mesa e ir públicamente contestando a los whatsaaps que vayan entrando. Lo que en principio parecía una distracción inocente se fue convirtiendo en algo francamente desagradable. Todos los amigos tenían mucho que ocultar, relaciones prohibidas, secretos inconfesables, historias que formaban parte de su intimidad y que no deseaban desvelar. Así que la amigable cena derivó en una tragedia digna de Shakespeare.

Me dio que pensar. Lo poco acostumbrados que estamos a hacer públicos nuestros secretos, nuestras segundas vidas. ¡Qué miedo nos produce que sepan lo frágiles o vulnerables que somos! Que tenemos miedo, que somos personas, que estamos enamorados…

Cuando le conocí en una fiesta, le pregunté de dónde era. Y me contestó: “De la mitad mundo”.

Yo no, le dije, soy de todos los mundos. También de la otra mitad.

No, no, no –y se rió-. Vengo de un pueblito del Ecuador que se llama Mitad del Mundo, porque está en el Norte y en el Sur a la vez, la línea divisoria ecuatorial pasa por allá. Es una ciudad preciosa y muchos visitantes vienen a conocerla. Somos un país acogedor y divertido. Pobres en dinero pero ricos en sabiduría y en ganas de pasarlo bien. Estoy aquí para conocer otras latitudes, creo que debemos de aprender los unos de los otros.

Tenía los ojos de indio, pero de un azul avioletado, fruto de una relación entre una ecuatoriana y un europeo. Lo que más tarde supe.

Alto de estatura y de hablar cadencioso. Sus manos, acostumbradas a lidiar batallas, eran fuertes y nudosas. Una cicatriz le recorría el brazo izquierdo de norte a sur, como si quisiera también dividirlo en dos mitades, al igual que en el pueblo donde vivía.

Nos hicimos amigos. Y a la semana, más que amigos. Y luego ya no sé lo que éramos. Nunca nos dijimos un te quiero, pero nos besamos y acariciamos como si fuera una primera vez en nuestras vidas.

Hablábamos mucho. Él tenía una amplia cultura adquirida en sus viajes intentando entender que sucedía en las dos mitades del planeta que su país partía. Además había estudiado periodismo y abogacía, tocaba la flauta indígena y la guitarra y chapurreaba varios idiomas. Su trabajo ahora era el de editor. Tenía una editorial en Ecuador con sucursales en otros países. A pesar de que el negocio de la literatura estaba pasando por un momento difícil, su empresa Medium Mundi, estaba apoyada por la Fundación Levi Salomon. Gracias a su talento negociador y grandes dotes de persuasión, así como de tener unas inmejorables relaciones, había conseguido unos excelentes dividendos.

Todo un personaje.

Mi vida no cambió mucho. Después de los días iniciales, tuvo que volver a su país y a sus viajes. Venía a verme cada mes, a veces pasaba más tiempo. Su trabajo era absorbente, pero todos los días nos comunicábamos por mensajitos y hablábamos los martes hacia las once u once y media de la noche.

También en dos ocasiones, fui a verlo yo. Pero el viaje era costoso.

Sin embargo, la relación fluía como el manantial por la montaña. Y yo me sentía feliz.

Yo seguía con mi trabajo, con mi familia, con mis asuntos que no cambiaron. Con mis amigos. Muy pocos sabían de la relación, de este secreto que no quería desvelar, temiendo que si lo hacía, la magia se iba a romper.

Estábamos los dos separados, no hubiera sido mayor problema. Pero la sensación de misterio acrecentaba el deseo de volver a verlo. Yo creo que a él le pasaba igual.

Llevábamos largo tiempo sin estar juntos. Nunca cesaron los whatsaaps, eso no. Pero yo había pasado mis crisis particulares, sin decir nada. Le echaba de menos. Había llegado el gran momento.

Aterrizó un viernes a la una de la madrugada, después de un vuelo transoceánico de miles de horas. Le había preparado la cena: una lubina al horno regada con una botella de Moet Chandón que me había regalado un cliente por Navidad. Era el quince de diciembre, el aire de mi casa olía a turrón y a abeto. Las luces adornaban las calles del centro de la ciudad.

¿Qué decir de esa noche? Nada que no haya sido escrito en tanta mala como buena literatura, ya sea en el hemisferio norte como en el sur.

En todas las latitudes y en todas las épocas, un hombre y una mujer se encuentran después de un tiempo y pasan la noche juntos. Parece muy normal.

Pero el encuentro hizo que la tierra se tambalease, se alzaran las montañas hacia las estrellas, explotara de nuevo el big bang, se escucharan las voces de todos los esclavos cantando al unísono a favor de la libertad y saltaran tantas chispas que todas las ciudades de la tierra y sus extrarradios se quedaron a oscuras.

Eso y mucho más, ocurrió esa noche. Y a la noche siguiente. El domingo tuvo que regresar.

Y la tierra se partió en dos mitades. Nuestros cuerpos siguen sus caminos. Pero nuestras almas, aún siguen allí: en la mitad del mundo.

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