sábado, 18septiembre, 2021
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“En la mentalidad del siglo XII lo que importaba era la voluntad de Dios, no la verdad”

Juan Francisco Ferrándiz recrea en ‘El juicio del agua’ el turbulento ambiente socioeconómico de las principales ciudades portuarias de la España del siglo XII que abrió el camino a la modernidad

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Algo tiene la Edad Media cuando los lectores la bendicen una y otra vez encumbrando las novelas históricas a las listas de libros más vendidos. El alicantino Juan Francisco Ferrándiz aborda en El juicio del agua (Grijalbo) el ambiente de excepción que se vivía en la Barcelona del siglo XII, que supuso un inusitado resurgir en España del Derecho romano y cambió radicalmente aquella sociedad repleta de oscurantismos de los más variados perfiles. Ferrándiz llena de aventuras, intrigas y conspiraciones las páginas de esta novela, donde divulgación y entretenimiento se dan la mano para conciliarse con lectores ávidos de conocimientos.

¿Es la profusa documentación previa la argamasa decisiva que sostiene una buena novela histórica o hay quizá algo del factor suerte?

La documentación es una parte esencial en la creación literaria, pero quizás sea más importante aprender a elegir lo esencial y eliminar lo superfluo para no hacer el texto pesado. Creo que el reto más complicado está en crear una trama interesante y que enganche, pero, aunque todo sea perfecto, luego está la suerte, como bien dices. Las novelas nos atraen o repelen no sólo por su contenido, también influye nuestro estado de ánimo, las circunstancias y las apetencias puntuales, y eso no es posible preverlo.

Estar en el lugar exacto en el momento justo se aplica a todo en la vida, y en este oficio también. Las novelas pueden ser buenas o malas, pero muchas veces su recorrido lo marca el interés de los lectores en ese momento, y también de las editoriales. Yo trato de no seguir las modas temáticas, pero sí pienso bien qué historia puede ser original y cómo hacerla atractiva. Nunca pierdo de vista al lector.

¿Por qué precisamente ha puesto el foco en aquel oscuro siglo XII y en el ambiente que se respiraba en ciudades portuarias como Barcelona?

Podría haber sido otra ciudad, pues lo mismo sucedió en muchas, pero escogí Barcelona porque sus baronías sufrían uno de los feudalismos más crudos y violentos de Europa, y a pesar de eso se convertirá en un puerto comercial importante. A finales del siglo XII se produce un hito histórico: las estructuras feudales ceden, las ciudades crecen y aparece gente libre, artesanos y comerciantes; comienza, tímido, el camino hacia la modernidad. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? La novela habla de un renacimiento universal: una nueva manera de hacer Justicia que limitaba la violencia de los señores, y eso trajo oportunidades a los más débiles. La novela se desplaza a Jaca, León o Bolonia, donde viviremos romances, juicios, conspiraciones y disputas…

¿Qué supuso la aplicación del resurgimiento del Derecho romano en aquellas empobrecidas sociedades?

La Justicia en la Alta Edad Media estaba impregnada de un aire ritual, hoy diríamos supersticioso. Los dilemas se sometían muchas veces a ordalías y pruebas de Dios (duelos, sostener un hierro al rojo vivo, meter el brazo en agua hirviendo, lanzar a dos recién nacidos al agua y muchas más). En aquella mentalidad lo que importaba era la voluntad de Dios, no la verdad.

“Las baronías de la Barcelona del siglo XII sufrían uno de los feudalismos más crudos y violentos de Europa, y a pesar de eso se convertirá en un puerto comercial importante” 

El antiguo Derecho romano se hallaba perdido y se encontró de una manera envuelta en leyendas. Fue como si la humanidad estuviera lista para dar un nuevo paso. De golpe regresaron principios así: “la Justicia es dar a cada uno lo suyo” o “nadie está por encima de la ley, ni el rey (emperador)”. Se cambió la manera de juzgar y eso trajo estabilidad y prosperidad. Pero no fue una gesta fácil, hubo resistencia, problemas e incomprensión, por eso se puede contar esta historia en clave de novela épica… El protagonista de El juicio del agua deberá superar pruebas y enemigos en un viaje iniciático, en el que surge el embrión de los Derechos Humanos.

El protagonista de su novela es Robert de Tramontana, un juez en busca de la justicia verdadera. ¿Qué ha pretendido condensar en su figura?

Con apenas un año, Robert es sometido a una ordalía que traerá terribles consecuencias. Su familia sólo tiene tres alternativas: la sumisión al señor, la venganza o la huida, sin embargo Robert está destinado a hallar otro camino, una oportunidad para los más necesitados de Justicia. Robert el Condenado representa a personajes reales que lograron una gesta increíble y de la que aún nos estamos beneficiando. Cuando descubrí esta historia me pareció fascinante, conectada con la actualidad y totalmente original. Creo que no se ha escrito ninguna novela sobre ese cambio fundamental y los lectores merecen conocerla.

¿Cómo darle al lector de novela histórica la dosis justa de contextualización histórica, de aventuras, de suspense y tensión argumental y de trama romántica sin que sea una suma de todas ellas para conseguir un todo que otorgue credibilidad a la historia contada?

Conseguirlo es la piedra angular que busca todo escritor. Voy a confesar un secreto: los que no somos genios de la literatura, ni de nada, pero tenemos ilusión, contamos con un “arma secreta”, la suelo emplear también en otras facetas de la vida, se llama revisión. Cada vez que algo es revisado mejora un poco, no sólo una novela, también cualquier proyecto. Revisar, revisar y revisar, y cuando no puedas más y estés harto, volver a revisar… La mejora está garantizada 100%, probadlo. Y se puede llegar lejos, muy lejos. Yo creo que cualquier novela, también la de algún lector o lectora de esta entrevista, está a X revisiones de lograr el Nobel de Literatura. Ese X puede ser inabarcable, tener tres, cuatro o cinco cifras, lo sé, pero estoy convencido de que no es infinito. Sin aspirar a tanto, se puede lograr mucho. Revisar suple la genialidad. Es la fábula de la tortuga y la liebre. Ese es mi principio para vencer el miedo. Cada lector tendrá una opinión de El juicio del agua y yo estoy seguro de que si hubiera podido seguir revisándola, esas opiniones mejorarían proporcionalmente. Yo uso esa fórmula, no sé de otra.

¿Es el lector de novela histórica diferente del de narrativa en general?

Todos los lectores de novela buscan lo esencial: vivir una historia, sumergirnos en esa especie de trance que provoca la lectura de ficción. El aficionado a la histórica, además, busca el viaje tiempo y no le teme a un buen tocho de páginas si la experiencia es intensa y la trama atrapa. También es un lector exigente, muy experimentado y a veces algo cansado de ver el mismo argumento repetido una y otra vez en diferentes épocas y contextos. Originalidad, eso es lo que muchos buscamos, por encima de la ambientación y el detalle, por eso dediqué mucho tiempo a elegir el tema que propondría en esta novela.

Cuando usted plantea sus historias, ¿piensa a quién dirige sus tramas o se deja llevar por los personajes sin tener en cuenta a sus lectores potenciales?

A los lectores siempre les tengo presente. Tengo en cuenta las opiniones que me van expresando para corregir defectos y mejorar cada novela. Por otro lado al escribir soy un poco caótico; aunque tenga el esquema de lo que ocurrirá, me dejo llevar y los personajes cobran vida propia en mi mente. No me preocupa pues luego sacaré mi “arma secreta” y las revisiones afinarán la trama.

Ejerce aún la abogacía. ¿Es la literatura sólo una válvula de escape a su rutina profesional o, todo lo contrario, va ganando terreno?

Tras la publicación de mi anterior novela La tierra maldita (Grijalbo), que fue traducida a once idiomas, he apostado mucho por este incierto oficio que es lo que más me gusta hacer, aunque sea caminar por la cuerda floja. Mi faceta de abogado ahora ocupa una posición secundaria, aunque su influencia se nota, de hecho he añadido a esta novela ciertos giros y sorpresas al estilo de la novela judicial. Espero haberlo hecho bien.

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