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“En el cuerpo enfermo se concentran siempre tres cosas: sufrimiento, miedo e inteligencia en estado de esplendor”

Raquel Taranilla aborda sin tapujos su tránsito personal por el cáncer alejada de cualquier intento moralizador y buscando “un discurso racional para entender la clínica”

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El cáncer visto desde dentro, desde la panorámica de excepción que se le otorga al enfermo, que aquí tiene como nombre propio protagonista el de la autora del la aclamada novela Noche y océano, que en Mi cuerpo también (Seix Barral) logra huir del esquema consabido del libro testimonio que va del calvario a la redención para narrar sin ataduras todo el proceso con una implacabilidad espeluznante. La escritora barcelonesa afincada en Madrid narra su experiencia con la enfermedad cuando, con 27 años, se le diagnosticó un cáncer en la sangre en 2008. Durante un tiempo, Taranilla se vio superada por la maquinaria médica y no vio necesidad de contar lo que le estaba ocurriendo, pero pasada la vorágine inicial tomó la determinación de narrarlo todo sin edulcoramientos y mucho menos sin atisbo de complacencia alguna con absolutamente nadie. Lo racional para buscar explicaciones al trato que la medicina le da al cuerpo durante la enfermedad. Una perspectiva original en este tipo de testimonios en primera persona que aleja Mi cuerpo también de cualquier encasillamiento.

Imagino que le habrá resultado casi tan difícil contar su testimonio personal con el cáncer como huir del arquetípico libro-testimonio o de autoayuda para escribir Mi cuerpo también.

Es difícil, en efecto, no caer en el esquema calvario-redención cuando se cuenta una enfermedad. En general, nos resulta doloroso que al trance de enfermar no le siga una especie de gratificación. Sin embargo, mi libro nace de la búsqueda de un discurso racional para entender la clínica, esto es, el trato que a mi cuerpo le dio la medicina. Tuve claro eso desde el primer instante, así que el discurso de la autoayuda era para mí como un universo paralelo e ilógico, que no me interesaba salvo para denunciar su sinsentido, en momentos puntuales de mi relato. No hay nada bueno que sacar del cáncer: tampoco una lección positiva.

“Los médicos no solo habían administrado mi cuerpo sino que también habían contado su historia”

Con Mi cuerpo también usted da un paso más allá y logra hacer Literatura con mayúsculas, aunando ensayo, narrativa, testimonio e incluso historia. ¿Cómo supo que iba en el camino correcto y no caía en la complacencia del libro-testimonio?

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Quise escribir un relato analítico que se convirtiera en una réplica eficaz al discurso médico. Mi cuerpo también es pensamiento en acción, que es algo que a mí me interesa en la literatura. Y, al mismo tiempo, es un texto atravesado por una idea en la que yo estaba trabajando a fondo cuando comencé a escribir: que es una cuestión de democracia que el discurso que surge en las instancias de poder (la medicina, el derecho, etc.) sea transparente y comprensible, sin que eso suponga perder profundidad. Volviendo a su pregunta, supe que estaba en el buen camino cuando noté que estaba escribiendo algo analítica y comunicativamente eficaz, asequible para diferentes tipos de lectores.

¿Por qué la enfermedad sólo la sabe y puede contar bien el que sufre y la padece?

Creo que hay que distinguir la experiencia de la enfermedad, que creo que sí es imaginable por cuerpos que no la han vivido, de la experiencia del dolor, que es algo absolutamente íntimo e inconcebible cuando no se siente. Para mí el dolor sigue siendo un misterio. Es una experiencia personalísima que tan solo podemos relatar de modo parabólico, y que pone en marcha una forma de percepción monstruosa e imposible de simular. De todo ello deriva una vivencia única, traumática, y eso es muy genuino en los relatos reales de enfermedad.

¿Es igual hacerlo desde fuera? ¿Por qué?

A diferencia del dolor, creo que la enfermedad fantaseada sí permite relatos valiosos acerca de la existencia humana, incluso es propicia a ellos, porque nos pone delante de nuestra fragilidad. Por el contrario, la vivencia de una enfermedad tan dura como un cáncer no habilita en sí misma al enfermo como narrador relevante. El cáncer no nos convierte en mejores personas, ni tampoco le da calidad a nuestra voz. Tan solo arrasa.

¿En qué lugar deja en su obra a la autoridad médica sobre la que todo enfermo se pone en sus manos?

Le debo a la medicina estar viva, así que va por delante mi reconocimiento total. Ahora bien, la autoridad de la clínica es de una especie invasiva. Escribí Mi cuerpo también cuando me di cuenta de que los médicos no solo habían administrado mi cuerpo sino que también habían contado su historia. Quise completar esa historia, no como una paciente desvalida, sino como una analista que, desde la posición horizontal de los enfermos, mira el tratamiento y lo piensa. Mi libro es eso: devolver la mirada al equipo médico que me miraba y me trató, que violentó mi cuerpo para curarlo.

“Los doctores-muerte existen. Son los médicos que no ponen ningún empeño en curar, y que tampoco cuidan”

¿Es más loable el profesional humano y cercano que intenta empatizar con el enfermo sabiéndose mortal y limitado o el endiosado seguro de sus conocimientos que los aplica cual economista el balance de resultados de un banco?

Tuve muchos médicos distintos. Los que recuerdo con más ternura no son necesariamente los que fueron más cercanos, sino los que trataban de empatizar conmigo, en algún sentido. Los que entendían que en el cuerpo enfermo se concentran siempre tres cosas: sufrimiento, miedo e inteligencia en estado de esplendor. Un enfermo necesita sentir una pizca de certidumbre y cierto reconocimiento a su comprensión del mal que sufre. En todo caso, en mi historia personal solo recuerdo con rencor a una médica en concreto: los doctores-muerte existen. Son los médicos que no ponen ningún empeño en curar, y que tampoco cuidan.

Cuando se ha caminado sobre el alambre sin red y se llega a la otra orilla, ¿se ve la vida de otro color?

Como cualquier experiencia importante, la enfermedad cambia la idea de lo que es la vida. En mi caso, la concepción de mi cuerpo ha ido cambiando a lo largo del tiempo, después de curarme. La nueva edición de Mi cuerpo también acaba con un epílogo en el que explico cuál es el trauma que arrastra mi cuerpo, y en qué pensamientos se concreta ese trauma. Desde luego, en mi libro nadie va a encontrar una historia de penitencia, superación y conquista de vida plena. Justamente es al contrario.

¿Qué soplo vital le puede inculcar la lectura de Mi cuerpo también a otros miles, millones de enfermos como lo estuvo usted?

Ningún soplo vital. Mi libro contiene los pensamientos que generó el trance que padecí. Es pura exploración intelectual en relación con mi cuerpo y el trato clínico. Su tono es buscadamente aséptico. Personalmente, encuentro una paz rara en la comprensión íntima de las circunstancias de mi vida, pero he escrito un texto que no encierra un mensaje consolador. Todo lo más, exhibe cómo la conciencia propia, mientras dura, es capaz de consolarse admirada ante sí misma.

Afirma rotunda usted en un momento de su libro: “Llevaré el estigma del cáncer para siempre”. ¿Por qué? ¿Es imposible desembarazarse de él de algún modo?

Tal vez lo es para muchos exenfermos. No lo ha sido para mí. El linfoma fue algo demasiado radical, que afectó al meollo de lo que soy. Y el hecho es que el estigma del cáncer muta con el paso del tiempo. De eso, precisamente, habla el epílogo que acabo de escribir. Hubo un día afortunado en que mi hematólogo dijo que mi cáncer era indetectable. Y, sin embargo, el cáncer pervive en mi imaginación, como un monstruo espantoso.

¿Hasta qué punto usted, como paciente-escritora y docente universitaria, ha abordado igual o mejor la enfermedad que lo haría un oncólogo enfermo de cáncer?

Un oncólogo es capaz de curar un cuerpo enfermo de cáncer, y ese poder me maravilla. Lo que yo puedo hacer es encapsular en un relato la conciencia del cuerpo enfermo (y el exenfermo) sometido a tratamiento médico. Esa verbalización tiene una potencia cultural valiosa y, sumada a otras semejantes, es esencial en la configuración de lo que vamos siendo los seres humanos. Dado que el cáncer es también una creación de nuestra cultura, todos (médicos, escritores, …) cooperamos en su evolución, sin jerarquías.

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