miércoles, 22septiembre, 2021
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Empatiza, viejo, empatiza

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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El verano pandémico del año pasado nos trajo aplicaciones móviles diseñadas por ocurrentes ayuntamientos para reservar plaza en la arena, acotar parcelas señalizadas, ordenanzas de mascarillas a pleno sol. Un año después esos mismos alcaldes, concejales de gobierno y de oposición, se afanan por atraer gente a las playas, primando la cantidad sobre la calidad.

No en vano el turismo sigue siendo un poderoso motor económico del que dependen muchos empleos de temporada playera en bares, restaurantes, pisos de alquiler, hoteles, alojamientos turísticos, supermercados, tiendas, mercadillos, empresas inmobiliarias, socorrismo, mantenimiento, limpieza. Cientos de empleos en cada ayuntamiento, miles de empleos en cada comarca costera.

En una de esas playas, desde primera hora de la mañana, alguien ha instalado un tenderete que forma parte del paquete de actividades que pretende que los visitantes domingueros entretengan a sus hijos con música chunda-chunda, saltos de colchonetas y exhibiciones de gimnastas en barra fija para todos, grandes y chicos.

Los padres se deleitan viendo saltar a sus hijos y la playa se llena de aplausos cada vez que un pequeño termina sus saltos, o cuando un gimnasta, pocas gimnastas por cierto, realiza su salto de salida de la barra. Todo un éxito de convocatoria, chunda-chunda, fuera mascarillas, fuera distancia social, hay que superar la crisis sanitaria cuanto antes y volver a la fiesta de siempre, la del turismo, la especulación del suelo, la construcción, los grandes y rápidos beneficios, mucho empleo precario y bajos salarios.

Así transitaba el día, cuando un viejo (nadie entienda este término, viejo, como algo despectivo, sino como una reivindicación de la dignidad de la edad y del privilegio de haber llegado a ella), un viejo, así pues, cargado de sombrilla, silla, toalla y bolsa de playa, emboca hacia la pasarela de madera junto a la que se arremolinan buena parte de los actores y espectadores congregados por el inclasificable evento.

Es entonces cuando un jovencito, uniformado, ataviado con bañador y camiseta grabada con el nombre del ayuntamiento en cuestión, las entidades promotoras y colaboradoras, la comarca, diputación, comunidad autónoma y si fuera necesario el gobierno de España incluido, indica al viejo que abandone la pasarela y se desplace por la arena playera.

El hombre pregunta por qué hoy no se puede pasar por esa pasarela, cuando al parecer todos los días no existe problema ninguno, momento en el que el jovencito le señala el suelo y le indica que esa es una zona de paso para minusválidos, ese es el término que usa.

El viejo, que no ve nada escrito en el suelo de la pasarela, más allá de unos borrones desgastados por el salitre, la arena, el agua, que no permiten reconocer palabra, ni señal alguna que tenga que ver con problemas con la movilidad de nadie, se lo indica al jovencito uniformado de agente playero.

Pero no toma en cuenta que ese joven tiene recursos sobrados, e inmediatamente le indica que allí no hace falta que se lea nada, porque ya lo dice claramente en un cartel a la entrada de la playa: Playa Accesible, lo cual ya quiere decir que por allí no se puede pasar.

El viejo, tal vez con menos recursos, pero con más experiencia, le dice al joven que el cartel implica que se ha adaptado la playa para el acceso de sillas de ruedas, pero no que, a falta de sillas de ruedas, nadie pueda pasar por allí. El chaval parece que comienza a flaquear y a balbucear que va a llamar al ayuntamiento, o buscar a los municipales.

Pero entonces se desencadena el momento glorioso y definitivo, cuando dos jovencitas, muy jovencitas, uniformadas también con su bañador y camiseta correspondientes, contratadas a carpo del mismo programa de empleo temporal, precario y juvenil, se acercan en auxilio de su compañero y se dirigen al viejo en un tono no exento de poderío, empoderamiento y cierta chulería,

-Empatice, hombre, empatice. Aquí estamos para informar, contratados por el ayuntamiento y usted debería dejar de protestar tanto y circular, que está entorpeciendo el paso.

Algunos espectadores comienzan a quejarse de que les distraigan de la música, chunda-chunda, los saltos, las barras, los aplausos. El viejo entiende que ya no hay nada que hacer, que lo tiene todo perdido, de forma que decide tirar arena adelante y desaparecer de escena.

Allí quedan niños saltando, gimnastas dando vueltas y componiendo figuras sobre la barra, madres, padres, abuelos, mucho turismo nacional y un poco de turismo extranjero, aplaudiendo. Y yo, claro, yo también, en silencio, tomando nota mental de lo que he visto.

Me entero de que esos chavales están contratados puntual y ocasionalmente en un programa autonómico, repartido por ayuntamientos que permite contrataciones para este tipo de eventos, de forma que los jóvenes menores de 30 cobren algo en el verano y animen el turismo con bajo coste.

La verdad es que siento algo de desconcierto y desasosiego. Acabo de asistir a una performance de la España que tenemos, en la que el dinero y el poder van de la mano en el despropósito de descuidar la seguridad de distancias y mascarillas, mientras se vuelcan todos los esfuerzos en que un viejo no transite por pasarelas destinadas a sillas de ruedas.

Esa España en la que se nombran informalmente agentes de seguridad sin necesidad de formación alguna, sin potestad legal, ni mucho menos auctoritas. Esa España en la que cualquier viejo debe acabar renunciando a la razón y lo razonable, porque tiene que empatizar con lo irracional, con el absurdo.

Esta España en la que en nombre de la fiesta, el buen rollito y nuestra capacidad de empatizar, nos comemos sin chistar las tontás  y melonás de los políticos, la avaricia de los especuladores, o las subidas abusivas de los precios del gas, la luz, o la gasolina.

Empatiza, viejo, empatiza.

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