domingo, 5diciembre, 2021
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Elogio de la tierra

Contra la Cultura (XXI)

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Cualquiera que haya tenido la desgracia, la paciencia o el privilegio de observar la tierra, sabrá que se mueve. Nada más alejado de la certeza creer que la tierra es de solidez inquebrantable y constante… sin embargo, se mueve.

Medimos la inteligencia mal, antropocéntricamente, recuerden que todos los cálculos apuntan a los insectos, a los unicelulares, a las bacterias o los virus como únicos supervivientes de la catástrofe cada vez más próxima; si aplicaremos este criterio, nuestra especie no habría de salir bien parada, por no decir muy tonta.

Creo que, como animales, somos adictos al movimiento, baremo primero de todo. Por un lado inventamos esa mentira de la vida para señalar lo móvil sin aparente causa ajena, identificada con el principio vital y por tanto crisol de todo animismo, origen de cada religión; por otro lado, marcamos como animal, grado de vida supuestamente superior, a todo semoviente dentro de los parámetros de lo que puede correr a nuestro lado, despreciando al pétreo, al microscópico o al vegetal como inertes, insensibles porque no huyen al primer hachazo.

La capacidad de supervivencia sobre la Tierra es inversamente proporcional a la velocidad de movimiento. Los animales desapareceremos, sin duda, ningún bicho podrá soportar el apocalipsis climático llegadero, esa deflagración total auspiciada por el Oscuro de Éfeso. Quienes nos desplazamos a un paso relativamente largo dejaremos bellísimos fósiles que quizá nadie estudie jamás…

Esos paramecios, esas amebas, esos seres ciliados que atraviesan como rorcuales el leve charco de la campiña, de ellos podría ser el Reino inminente, disolventes de la hierba amarilla y chupadores de soluciones.

Puede que la mosca, veloz pero pequeña en tiempo y distancias, la cucaracha de paso rápido pero pegada a límites abarcables, estos exoesqueléticos seres horadarán la tierra y la trabajarán con el sabor de sus glándulas…

Recuerden, empero, al árbol corredor, que no es un mito de las indias sino una realidad; la planta fototrópica e hidrófila inclina su ser al supervivir con una paciencia secular, como si para percibir su loco desplazamiento tuviéramos que alejar el foco y acelerar los segundos; sí, porque el árbol se mueve como usted y como yo, nosotros tal fugaces centellas consumiéndose al roce con lo atmosférico, y ellos seguros y parsimoniosos en su percepción, que no es la nuestra, aunque hayamos comprendido por fin que tienen su emotividad, su reacción ante el medio y que no son tan distintos de esos cachorrillos que nos conmueve comer.

Pero al final de los tiempos que llamamos tiempos, sólo quedará tierra, ella heredará la luz dorada de un atardecer al final del invierno, todo será suyo, porque es la que más lenta se mueve: ningún territorio permanece sino que el desplazamiento milimétrico transforma al paisaje imperceptible pero inevitablemente, con sigilo mineral, inorgánico, mil años para que una loma ya no sea el hogar que pisamos sino la cubierta de nuestro rostro, despreciando a la mirada efímera del animal con su perennidad indiscutible. Quedará la Tierra, quedará tierra porque Dios, que lo sabe todo, ya lo dijo: “Polvo eres y al polvo volverás”. Lo demás es nada.

 

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