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Elogio a Patricia, madre del “Pescaíto”

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Es verdad. No creo, sinceramente, que haya un cariño en el mundo más limpio, más sincero y más desprendido que el que siente una madre por sus hijos. Y no se enfaden mis amables lectores hombres. Yo también lo soy y en el fondo de mis sentimientos me resisto a aceptar que mi mujer quiera a mis hijos más que yo. O tal vez no se trate de eso, de querer más o menos. A lo mejor se trata de querer de una forma diferente, aunque con la misma intensidad.

Para la inmensa mayoría de los psicólogos, por no decir que para la totalidad de ellos, es un principio inmutable afirmar que no existe en el mundo alguien que nos pueda amar igual a como lo hace la mujer que nos dio la vida.Erich Seligmann Fromm (1900-1980) que para mí ha sido una de las personas más importantes en el campo de la Psicología ―y dejo de lado el hecho de que fue una de las figuras más relevantes del socialismo democrático en Alemania― sostiene con rigor lo que aquí decimos. El amor de una madre es el bien más preciado con que nos ha dotado la naturaleza y lo tenemos gratis total. Fromm lo sentencia diciendo que “el amor de la madre no hace falta conseguirlo ni merecerlo”. La acreditada psicóloga argentina Lourdes Rey, profundiza más en la búsqueda de la razón del por qué las madres quieren a sus hijos más que a nada en el mundo, diciendo que “Desde el punto de vista científico, el instinto es tomado desde la biología como una manera de prolongar la especie. La reacción de la madre de salvar a sus hijos es amor, que supera el amor narcisista y la hace reaccionar frente a cualquier desamparo en que se encuentre el hijo”.

La madre es el fundamento insustituible de la especie

Fíjense que no digo “la mujer”, digo la madre, sin que por ello pueda ponerse en duda el papel indispensable del padre. Igual que podría decir “la hembra” y no “el macho” si ampliamos la mirada a toda la naturaleza. Ahora sí que me atrevo a afirmar que la mujer, es la obra más perfecta y maravillosa de la creación. Lorena González es psicóloga y sabe mucho de estas cosas. Ella sostiene que cuando una mujer se queda embarazada no solo cambia su cuerpo, sino que también lo hace su cerebro. “Este se desarrolla para la protección y el cuidado de sus hijos como lo hace cualquier madre de la especie animal. (…) Sin importar cómo actuemos, nuestras madres siempre nos van a amar inclusive más de lo que ellas se pueden amar a sí mismas”.

Hasta aquí han sido unas elementales pinceladas de lo que desde la ciencia y la investigación dicen los expertos. Ahora déjenme ofrecerles algún argumento desde la sabiduría popular.

La madre es la garantía de la supervivencia de la cultura de los pueblos marginados

Comprenderán que para mí lo más fácil es encontrar testimonios en la sabiduría popular que se encierra en la cultura flamenca y muy en especial en las tradiciones del pueblo gitano. Los cantes por siguiriya, por soleá y muy especialmente los fandangos, están llenos de referencias a la madre. En este último género recuerdo una letra decisiva: “Cuando se muere una madre, se rompen siete columnas y cuando se muere un padre, no se rompe más que una, siendo los dos cariños iguales».

La “tragedia” es un arte literario y escénico que crearon los griegos muchos años antes de que naciera Jesucristo. Baste recordar a Esquilo, una de cuyas obras, Agamenón (458 a.C.), alcanza cotas de dramatismo insuperables. Sin olvidar en nuestro entorno a maestros de la tragedia como Calderón de la Barca y Lope de Vega. Aunque en el espacio europeo brilla por encima de todos ellos William Shakespeare autor de “Romeo y Julieta” y “Otelo” entre otros. Y digo esto porque tal vez nosotros, los gitanos, deberíamos ocupar en el ranking de las interpretaciones escénicas, un puesto muy elevado o muy próximo al de los grandes creadores de la tragedia mítica griega.

La imagen de la madre figura en el centro de nuestras vidas y casi siempre lo es en el espacio trágico en que los seres humanos somos más vulnerables porque nos sentimos débiles, enfermos o perseguidos. Así la muerte, ese espantajo que algún día a todos nos alcanzará, saca la guadaña y ataca a quien más queremos: nuestra madre. Manuel Agujeta lo expresa así: “Se me murió mi madre / se me acabó el mundo / yo voy a vestir / como he vestido a mi corazón /de un negrito luto”. Juan Talega ha sido un genio, una figura irrepetible del arte flamenco. Nació a finales del siglo XIX y murió en 1971. Yo he tenido la suerte de conocerlo, de tratarlo y de escucharlo cantar. Y el cantaor emula a la figura más representativa de la escena en la persona de un gitano que prisionero en cualquier cárcel del mundo, piensa en su madre y en sus hijos. “Sentadito estaba yo en mi petate / con la cabeza echada para atrás / yo me acordaba de mi madre / mis niños ¿dónde estarán?”. Lo cantaba por “martinete” en la modalidad de “carceleras”. La madre, siempre la madre, ella es el centro de nuestra vida íntima familiar. “Que mi madre no se me muera / todos los días le estoy pidiendo a Dios. / Mi madre se me murió / y el desgraciado más grande del mundo / ese vive más feliz que yo.” Así canta este fandango el chiclanero Rancapino cuya familia está emparentada con la de uno de mis tíos.

Patricia, viva imagen de la Virgen Dolorosa

España entera tiene grabada en la memoria la cara sonriente del niño Gabriel Cruz. ¡Qué guapo, qué tierno! Qué lástima que su incipiente vida se haya visto truncada de forma tan injusta. No obstante, a mí lo que me produce más impacto es ver el rostro surcado por las lágrimas de su madre. De la misma forma que admiro su entereza y su firme convicción de impedir que el juicio por la muerte de su hijo se convierta en un circo mediático.

Cuando me dijeron mis compañeros de Almería de quien era hijo “el Pescaíto” algo en mi interior se conmovió. Tanto que desde ese mismo momento la tragedia de esta familia pasó a ser personalmente mía también. Yo he tratado a sus abuelos maternos. Eran mis amigos y compañeros de partido durante los ocho años en que fui Diputado por Almería. A Patricia no la conozco, pero intuyo que es una gran persona cuyo carácter ha debido ser moldeado con maestría por su madre, Marisa, en el compromiso social con los más pobres.

No sé cómo poner punto y aparte a estas reflexiones. Los recuerdos se me amontonan y me agobian. Pero voy a cerrar los ojos y me voy a trasladar a la Acrópolis griega, que los helenos de hace 2.500 años la interpretaban como “la ciudad de los vivos” para leer contigo, si las lágrimas me dejan, un párrafo cualquiera de la carta con que has querido despedirte de tu “Pescaíto”, de nuestro “Pescaíto”.

Espero que cuando tengas frío o salgas mojado o te marches a dormir, no tengas reparo en pedirle a los ángeles que se nos fueron antes que te hagan un “paquetito” y te abracen como un bebé, como a ti te gustaba. Si lo haces, ya verás cómo me sientes e incluso puedes oler el cariño y la ternura que siempre me has producido. Seguro que sientes como, desde que naciste, no he dejado de enamorarme cada día más de ti y enorgullecerme sorprendida de cómo has ido creciendo. No hay madre en el mundo, “cuchifrito”, que sienta más orgullo que yo de haberte tenido y contribuir a tu grandeza”.

Gracias, Patricia, por ser como eres.

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