¿Cuántos años tiene usted? Ahora, imagínese que tiene 20 años más, 30 años más, 40 años más, imagínese que usted es Lola, Juan, María.

Lola vive en una bruma. No se acuerda muy bien de lo que ha desayunado. Un día vio llegar a Juana, la chica tan simpática que la ayuda a asearse y la lleva a desayunar,  con un trapo en la boca, una “mascarilla” le dijo Juana. Otro día vino Juana con una especie de casco, a lo extraterrestre. Ahora está encerrada en su habitación. No entiende por qué no la dejan salir. En medio de la bruma se acuerda de vez en cuanto de ese chico tan templado y de esas niñas tan monas que venían a verla, y que de vez en cuando la sacaban a comer los domingos una paella buenísima. Ahora no vienen. ¿Se habrán enfadado? ¿Por qué está encerrada? El chico tan templado, de vez en cuando en medio de la bruma, le recuerda a su hijo. ¿Será él?

Juan se jubiló hace diez años. Hace cuarenta días que no sale de su casa. Su hija mayor, que siempre tuvo bastante mal genio, se lo prohibió terminantemente. Una vez a la semana vienen ella o su yerno, ese imbécil que nunca se mereció a su niña, a dejarle la compra. No pasan del recibidor. No ve a sus nietas, ese par de gemelas a las que adora, y a las que le encanta llevarlas al Corte Inglés y que le vacíen la cartera con sus caprichos. Si ellas supieran el hambre que él pasó de niño, cuidando ovejas desde los siete años. Paco, su amigo, le puso al día en tecnología y en su móvil le puso el Whatsapp. Por él se entera, en el grupo de jubilados que creó Paco, que al parecer están muriendo muchos ancianos, que se mueren en las residencias, que no les llevan al Hospital. No se lo puede creer. Seguro que es una Fake New de esas de las que habla ese señor con gafas, acompañado de ese señor del pelo blanco, tan simpáticos que aparecen en la tele. Es absolutamente imposible que eso pase, se dice Juan. Los hijos y nietos de los que están abandonados en las residencias o no son trasladados a los hospitales ya se hubieran levantado y se hubieran echado a la calle. Eso no puede estar pasando. Está pensando en salirse, si es que se aclara cómo de ese grupo de Whatsapp de jubilados. Echa mucho de menos a sus nietas, a su malhumorada hija y hasta a su yerno, que de vez en cuando le da un cigarro a escondidas.

María vive en una residencia. En una habitación a solas. Tiene ochenta años y una memoria de hierro. Su hijo vive en otra ciudad. Hace tiempo que no le ve. María se entera de todo, pero de todo. No la pueden engañar, digan lo que digan esas cuidadoras que llevan cascos y de todo. Sabe que hay muchos enfermos de esa cosa rara en su residencia, y sabe que han muerto varios residentes. Ella no tiene miedo. Pero le da un poco de pena morir sin ver a su hijo y sin poder ir al Hospital. Pena y rabia. Ella que trabajó siempre tanto y tan duro para dar una vida mejor a su hijo.
Lola, Juan y María son tres nombres. Pero hay muchas Lolas, muchos Juanes y muchas Marías que están viviendo una situación que no queremos ver, o que queremos ocultar y verla de refilón desde las meras cifras y las meras estadísticas. Son lo mejor de nuestro país, aquellos que nos alzaron sobre los hombros de su miseria y de su esfuerzo para darnos un futuro mejor, y a los que les hemos abandonado y les hemos fallado. No lo olvidemos ni lo perdonemos. Nos va en ello la mínima dignidad si queremos conservar algo de decencia.

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