Ha sumado tres veces de memoria y por lo alto, la posible cuenta de lo que lleva. Ya es bastante duro tener que pasar por caja con el dinero justo, pagando con monedas, como para que no te llegue y tener que desechar alguna de las compras sumamente necesarias, mientras con cara de avergonzada observas como todos las demás clientes se te quedan mirando. Al parecer, no hay enfermedad más contagiosa que la pobreza. Todo el mundo huye de los pobres, impidiendo que les rocen por temor a un efecto contagio.

Al final, parece que le sobra un euro, que como ha echado la cuenta redondeando por lo alto, será más y le ha permitido a su hijo, al que arrastra de la mano de aquí para allá, porque la vida no da tregua y el niño se entretiene con las moscas, que se lleve una bolsa pequeña de Doritos. El pobre, bastante tiene con sufrir cada día una nevera vacía, como para no darle un capricho ocasional. Caprichos que muchos de sus amigos del colegio concertado al que asiste, tienen diariamente. Mientras los demás llevan bollería industrial para el recreo, él, con suerte, lleva un bocadillo de chóped con pan del día anterior que su madre recoge en el supermercado cuando cierran y lo tiran al cubo de la basura. Los empleados tienen prohibido dárselo a los pobres y tienen órdenes de envolverlo con la basura orgánica para que nadie rebusque en los contenedores. Pero su vecina, María Ángeles, que es un sol y les ayuda trayéndoles comida del súper, siempre deja una bolsa con panecillos, metida en otras tres bolsas de plástico, encima de los restos de plástico del último contenedor, para que su madre pueda coger el pan sin peligro de que les entre una diarrea o una intoxicación.

Parece que ha sumado mal. Algo se le ha pasado por alto o algún número le ha bailado porque el luminoso de la caja marca, 6, 74 €. Solo lleva 5,45. No le puede quitar los Doritos (0,50 €), porque su hijo ya los ha devorado cuando llegan a la caja. Deja uno de los litros de leche. Tras el pitido, la caja marca 6,02. Ahora deja el jabón lavaplatos de marca blanca. Nuevo pitido, 5,46 €. Se queda mirando con cara de pena a la cajera, señalando con los ojos la media docena de huevos implorando, ¡por favor, no me hagas dejar los huevos por un céntimo! La cajera, que ya conoce a Nazaria de otras ocasiones y sabe de las dificultades por su compañera Maríam, cede y le regala el céntimo.

De camino a casa, su hijo le pregunta, “¿Mamá, por qué lloras?” Nada hijo, – responde Nazaria -, se me ha metido una mota de polvo en el ojo. El niño parece quedarse tranquilo con la respuesta. El angelito aún no es consciente de la extrema necesidad que hay en casa. Su padre, harto de estar en el paro, bebía para olvidar. Con la resaca y la marihuana se iba la mayor parte del subsidio de ayuda familiar. Nazaria, hastiada de la situación, comenzó a echarle en cara que dejara sin comer a sus hijos mientras el vino de tetrabrick y las cervezas de litro, consumían los ingresos de la familia. Un día, su marido, explotó y no se le ocurrió mejor forma de salir adelante que entrar en una sucursal bancaria de la otra punta de la ciudad con una pistola de juguete. Sin plan preconcebido, sin estudiar previamente el atraco, era complicado que saliera bien. Hasta el cajero del banco le debió ver la debilidad en los ojos (o era un temerario imbécil) porque se negó a darle la guita. Dos minutos después, el de seguridad le quitaba la pistola de pistones, mientras el pobre Ciriaco lloraba desconsoladamente. Lleva en la cárcel desde entonces.

Nazaria, licenciada en Ciencias de la Información, se dedica a fregar suelos. Su tren pasó hace años cuando se despidió del periódico local para casarse con Ciriaco. Entonces, él, encofrador en la construcción, metía cuatro mil euros al mes en casa. La crisis lo dejó en el paro. Los cuatro años más difíciles de sus vidas que llevaron a Ciriaco a una existencia de adicciones y a Nazaria al sufrimiento eterno. Nadie quiere contratar a una madre con dos hijos de siete y doce años. El colegio se lo regala Cártias Diocesanas, aunque bien podría llevarles dos calles más abajo al público. Y la cesta de la compra siempre es escasa. El alquiler, la luz, el agua y el teléfono se llevan el 70% del salario. Con el otro 30% (240 €) tienen que comer. Vestir, sale del ropero de Cáritas y gran parte del arroz, los garbanzos y el aceite, del banco de alimentos. Tener que estar doce horas al día fregando suelos para poder llevarse 800 euros, es el presente de una vida truncada. Como tantas otras.


El Zurrón austriaco

Como consecuencia de esta nueva campaña electoral a la que nos ha sometido el vendehúmos de Pedro Sánchez, por su negativa a negociar con quiénes debieran ser sus socios prioritarios si el PSOE fuera una fuerza de izquierdas, se están sacando a la luz, unos planes de Reforma laboral y de pensiones que ya pactaron PSOE y Ciudadanos y que no pudieron llevar adelante por no tener mayoría, que dejarían a los trabajadores en la total indigencia en derechos laborales. Se trata de la mal llamada Mochila Austriaca. Y digo mal llamada porque lo que pretenden estos amantes del hijoputismo (para los demás) solo tiene de Mochila Austriaca el nombre.

La legislación laboral europea se ha decantado siempre por dos sistemas de despido. Uno de ellos, consistente en el despido libre por parte del empresario (salvo que vulnere los derechos fundamentales). A cambio o como contraprestación, el trabajador tiene derecho a una indemnización por despido. Este ha sido siempre el caso de España. Hasta ahora. El otro sistema es aquel en el que el despido debe de estar siempre justificado y en el que el empresario no puede librarse del trabajador con una indemnización, salvo que el propio trabajador acepte la pasta para largarse de la empresa. En este sistema debe de consultarse antes del despido al comité de empresa y en caso de conflicto, es el juez quién determina si el despido es justificado o no hay despido (no hay posibilidad de un despido injustificado). En esos procedimientos, el 75% de las veces gana el trabajador. Este es el caso de Austria.

Pues bien, lo que pretenden los trileros del PSOE con la ayuda de Ciudadanos, el PP y Vox, es hacernos el tocomocho laboral. Para ello proponen una reforma con el nombre de Mochila Austriaca pero que, en el desarrollo de la ley, contempla que el despido es libre. En esta Mochila tan suigéneris el empresario puede librarse del trabajador, sin que medie el Comité de empresa, ni el juez, mediante una indemnización que correría a cargo del estado. En Austria, no hay despido improcedente, puesto que si no procede, el empresario tiene que readmitir OBLIGATORIAMENTE al trabajador, si o si. Aquí lo que se pretende es que el empresario pueda despedir cuando le venga bien, independientemente de si el despido es o no procedente. Si es procedente adiós muy buenas, y si no lo es, el estado, paga la indemnización. (¡Qué listos son estos ruines practicantes del hijoputismo. Siempre apoyando la empresa privada pero con fondos públicos!)

Por otra parte, comparar a Austria con España es como intentar ponerle la silla de montar de un pura sangre a un poni percherón. En Austria la tasa de paro está alrededor del 5%, mientras que en España supera el 21% (a mayor demanda de empleo salarios más precarios, despidos más habituales). El Salario Mínimo en Austria está cercano a los 2.000 € (Allí se llama acuerdo para las mejoras laborales) y en España es de 900 € y porque PODEMOS presionó al PSOE para llegar ahí. (Acuérdese Ud. querido lector de que los medios de incomunicación, los empresaurios y los falangistas del hijoputismo pronosticaron el fin de la economía española con esta subida). En Austria la cesta básica no supera el 10% de la renta mensual (aquí ronda el 70% en gran parte de la población) y un alquiler viene a costar entorno a los 600 euros (aquí alquilar el ojo de un puente ya te cuesta esos 600 €).

Alguna vez ya he contado que tuve un profesor de economía que decía que en España no hay empresarios sino tratantes de ganado modernizados. Lo que quería decir es que aquí, la picaresca y los engaños de los que antiguamente se dedicaban a comprar ganado por las ferias, siguen vigente. Esto de la Mochila austriaca ya se puso en marcha en este país a principios del siglo XX. Se trataba de una cartilla en la que el empresario iba aportando un capital para el trabajador y este podía llevarse la cartilla de una empresa a otra y así, a su llegada a los 65 años, podría vivir de ese capital ahorrado durante toda su vida laboral. El resultado fue desastroso. Quienes gestionaron esos ahorros (los Sindicatos Católicos Gremiales) llevaron el sistema a la ruina. Hoy, esos capitales serían gestionados por los bancos. Si ustedes quieren saber qué pasará con ellos, tecleen en Google, “Pensiones, Chile, bancarrota” y se podrán hacer una idea.

Las campañas electorales son siempre una patraña. La mayor parte de las formaciones políticas, por no decir todas, prometen una serie de cosas que luego no solo no cumplen sino que ejercen políticas contrarias a lo prometido. Mucha culpa tienen los electores que actúan como hooligans descalificando todo lo que venga de aquellos a los que consideran enemigos sin haberse leído una sola línea de las propuestas de los partidos. Recuerdo una encuesta a pie de calle que realizaban en una TV en la que preguntaban al transeúnte por una medida del programa de PODEMOS, diciendo que era de Ciudadanos, y la gente asentía y le parecía una medida “superchachi” y cuando el entrevistador le contaba que, en realidad era una propuesta de PODEMOS, muchos se quedaban a cuadros y otros tantos renegaban de lo dicho.

Por otra parte, en este puñetero país lleno de analfabetos televisivos, cuentan más las vísceras que el raciocinio. Y eso, toda esta banda de trileros que se presentan a las elecciones, desde el PSOE a los de la COZ, lo saben. Y dedican sus mítines y las conexiones en directo con los deformativos que llaman noticiarios a hablar de Cataluña, ETA, las víctimas del terrorismo, España, y otros muchos conceptos que tienen la importancia del frío de un cubo de hielo en mitad del Sáhara a las dos de la tarde, mientras se olvidan de temas primordiales como la pobreza, los derechos laborales, los servicios públicos, la sanidad, la educación, la hucha de las pensiones, el mercado laboral precario y sin horarios, la ley mordaza, el sistema de elecciones que prima la despoblación, la reforma del Poder Judicial necesaria y urgente para la separación de poderes, etc.

Mientras escribo esto, veo que los listos en el gobierno, están dispuestos a privatizar las redes de AVE que son rentables. Miles de millones de euros públicos invertidos para que ahora los amiguetes vengan a hacer negocio con las vías pagadas por todos. Pasados unos años, dejada la red viaria de la mano de dios (como ocurrió en Gran Bretaña), cuando haya muertos por la mala conservación de las vías, entonces será el momento de que, de nuevo, el dinero público salve a lo privado.

Cuando uno va por la calle y se encuentra con un trilero que mueve la bolita, podría ser entendible que su ambición le haga jugar y perder los cuartos porque no sabe que se trata de un timo. Lo que ya no es comprensible es que insistentemente se dedique a jugar sus cuartos y los de los demás en el trile, sabiendo que todo es una trampa y que el que mueve los cubos es un tramposo. Por mucho que vaya con traje de seda y una corbata con la bandera de España, por mucho que en el puesto ondee la mayor bandera que pueda tener, el tramposo sigue actuando como lo que es, un delincuente. Creer que por su bandera es más honrado que el que vende cacahuetes para los monos, es necio, estúpido y lamentable. Sobre todo para los demás.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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