Los negacionistas, reaccionarios, ultras, chamanes y gentes con pocas luces tienen motivos para estar preocupados. En Alemania han llegado a la conclusión, basada en datos estadísticos, de que en las regiones donde los partidos ultraderechistas tienen un fuerte tirón la incidencia del coronavirus se dispara. El fenómeno sociológico, que según publica hoy El País ha despertado “la curiosidad de los epidemiólogos y medios de comunicación”, viene a confirmar que el negacionismo basado en el bulo y las fake news es el gran combustible empleado por el nuevo fascismo emergente para recuperar el poder. Por lo visto, en la tierra de Angela Merkel se ha comprobado que en las regiones del Este alemán, donde los nazis del AfD cosecharon buenos resultados electorales en las pasadas elecciones (hasta un 35 por ciento de los votos), el coronavirus prolifera como las setas. Los expertos han empezado a atar cabos y todo apunta a que allí donde menos se usa la mascarilla la tasa de contagio es superior.

Los médicos llevan meses advirtiéndonos de que a falta de un tratamiento eficaz y mientras la población no esté vacunada, la mejor herramienta para frenar la pandemia es la prevención y las medidas de distanciamiento social. Sin embargo, tal como hemos comprobado el pasado fin de semana con esa manifestación suicida de Madrid a la que asistieron cientos de negacionistas sin mascarilla, los movimientos conspiranoicos están calando hondo en la sociedad. Cuesta trabajo entender que en pleno siglo XXI, cuando la ciencia y la tecnología han dado un salto exponencial con tintes de auténtica revolución industrial, la superchería, el bulo y la gazmoñería se estén propagando a una velocidad de vértigo en los cinco continentes. Sufrimos un auténtico retroceso en las ideas y valores humanistas, un retorno a la oscuridad y a la prehistórica caverna como consecuencia de las nuevas ideologías nefastas: el nuevo trumpismo rampante, las sectas religiosas y el conspiracionismo, todo ello aderezado por influencia de las drogas (auténtica plaga global) y la crisis de la democracia liberal.

El pensamiento humano ha entrado en un momento de enmarañamiento cuántico donde la lógica ha saltado por los aires. La cultura tecnológica nos ha traído un revoltijo intelectual que lo mezcla todo, la medicina con el chamanismo, la ciencia con las historias de marcianillos verdes, la política con la historia debidamente revisada por farsantes que van de historiadores. La verdad ha perdido su valor en favor de la sacrosanta opinión del gurú o youtuber de turno; el relato mítico o fantástico se ha impuesto a la razón; el número ha sido derrotado por la retórica barata. Y la diarrea mental colectiva empieza a ser de dimensiones considerables. No hay más que escuchar cómo un negacionista escupe su verborrea atropellada para entender que algo o alguien lo ha abducido o le han echado algo en el agua. Es preciso frotarse los ojos al escuchar cómo un terraplanista niega la esfericidad de la Tierra o la ley de la gravedad. Las teorías más disparatadas arraigan, los charlatanes más cretinos triunfan en las redes sociales. Y mucha gente, que parece haber perdido el juicio tras años de degradación de los sistemas educativos y de duro maltrato y abusos de nuestros gobernantes, ya está dispuesta a tragarse cualquier gallofa. Tanta injusticia e insana desigualdad, tanta hambre producto de las sociedades ultracapitalistas ha terminado por trastornar las cabezas y ahora la confusión, la paranoia y la neurosis colectiva es de tal calibre que adquiere tintes de gran pandemia universal. O como dijo el filósofo Burke, la superstición es la religión de las mentes débiles, en este caso mentes debilitadas por sistemas socioeconómicos degradantes que han terminado por disolver el espíritu humano. Nos han reducido a la categoría de detritus, materia de desecho de la sociedad de consumo, chatarra de carne y hueso. Primero nos alienaron, después nos desclasaron y ahora, en la última fase del siniestro proceso de nazificación, nos han convertido en pirados dispuestos a ponerse un casco plateado con antenas y a creer en la llegada del gran dios del planeta Raticulín.  

Nada de todo eso ha ocurrido por casualidad. El desastre social tiene unas causas, un origen, unos antecedentes. Desde Platón sabemos que el hombre embrutecido por la superstición es el más vil de todos y ahí es donde nos ha arrastrado el fascismo, que pese a lo que pueda parecer nunca fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial. Tras la liquidación del nazismo pensábamos que esa etapa oscura de la historia de la humanidad se podía dar por superada. No fue así. El monstruo transmutó en diversas formas: en la URSS como dictadura de un comunismo corrupto; en Estados Unidos como imperialismo capitalista entregado a las desalmadas corporaciones y grandes multinacionales. Y una plaga de brutalidad, estulticia y estupidez se apoderó de la civilización humana.

Ahora empezamos a cosechar lo que se ha sembrado durante décadas. Detrás de esas estrafalarias manifestaciones de conspiranoicos donde se mezclan los disfraces de carnaval con las banderas nacionales y la gente que ya no cree en nada hay un plan muy bien concebido y tramado. Primero desfilan los confusos y extraviados por la senda de la desinformación, los perdidos, los escépticos de la realidad, los engañados, los trastornados, los desposeídos de los grandes valores y las certezas. Después, en un segundo momento de la revolución conspiranoica, a toda esa gente se le enfundará un uniforme y se le dirá que forma parte de un gran proyecto, de una gran misión: salvar a la patria de las garras del establishment culpable de todo, o sea Bill Gates y Soros. Cuando en las calles de Alemania, París o Madrid desfilan los negacionistas del virus no estamos viendo solo a una legión de descreídos e indignados con esos políticos que, según ellos, les han arrebatado la libertad, sino a los nuevos ejércitos hitlerianos que, esta vez sí, han llegado para quedarse.

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