jueves, 11agosto, 2022
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El vacío de la soledad-libertad

Marisa López Lombarte
Marisa López Lombarte
Fisioterapeuta. Master en Neuropsicología. Especialista en las áreas de geriatría, respiratorio, cadenas musculares, reeducación uroginecológica-visceral digestiva y técnicas corporales.
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análisis

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Engracia, casi centenaria, vivió la guerra con parte de su familia en la cárcel. De pequeña subsistió a esta tragedia aprendiendo refranes, unos con tonos políticos y otros con tonos picantes. Explicaba que en su juventud hacía muchas travesuras y, ahora de mayor, las relataba con orgullo y divertida. De carácter alegre, le gustaba la compañía y tener siempre gente a su alrededor.

– “Nena ponme allí, con todos, aquel es mi sitio”-. Y aunque luego se durmiera, permanecía siempre en el centro de todos los lugares.

Un día, mientras me retrasaba a llegar a la sala de rehabilitación con una demora de 2 minutos, escuché gritos desesperados “sacadme de aquí, ¡socorro!”. Cuando llegué, su cara estaba desencajada, angustiada, fuera de sí…

  • Engracia, ¿Qué pasa?
  • “Nena, no me dejes sola”. “No me dejéis sola”.
  • No te dejamos sola. Ya sabes que siempre vienes a la sala de rehabilitación a realizar el tratamiento que tan bien te sienta.
  • Sí, pero no había nadie.
  • Engracia, si sabes que siempre te atiendo, ¿Qué pensaste?
  • Pensé que te había pasado algo y que no te iba a ver más.

En este caso vemos la transferencia que Engracia hizo en mi persona. La seguridad que habitualmente le podía proporcionar, hoy con mi ausencia de unos minutos, no estaba a su alcance lo cual le hizo revivir un pasado tormentoso en el momento presente, y equiparable emocionalmente para ella a otros momentos de su vida, evocando un pasado carcelario, y haciendo resurgir un comportamiento irracional: los gritos, gritaba mucho.

Cuando ella gritaba sabía que todo el mundo a su alrededor la iba a atender, gritaba para que alguien la escuchara en sus miedos internos y su soledad. Y los demás, claro está, la atendían. Realmente, su miedo era atroz, le cambiaba la expresión de sus ojos y su mirada se abstraía a algún lugar lejano.

Se había pautado que la residente no estuviera nunca sola, que siempre estuviera acompañada. Pero era un caso realmente complicado puesto que además del mecanismo de defensa que utilizaba la paciente gritando, el hecho de satisfacer en todo momento los deseos de la paciente de no estar sola, no hacía más que nutrir los comportamientos infantiles.

Desde el departamento de rehabilitación se trabajó para vencer sus resistencias reforzando su seguridad, evitando que se convirtiese en un ser dependiente de un tercero y ayudándola a afrontar situaciones complejas para ella. Se decidió actuar en el sentido de ofrecer un entorno seguro, en el entorno del espacio de sala de fisioterapia, donde lo que imperaba era el trabajo para que no se sintiera sola a la vez que mejoraba sus capacidades físicas, y al mismo tiempo también optimizaba sus relaciones con los demás. Por eso, las sesiones transcurrieron en espacios donde la residente trabajaba sola, y podía seguir viendo a otras personas, estaba en compañía de otros residentes a los que podía ver directamente o a través de un espejo cuando se giraba al caminar por las paralelas. En una segunda tanda de ejercicios, ya no había espejo. Se avanzó con ejercicios de equilibrio, donde se requería tacto y precisión y la atención dirigida a la tarea. Aun así se garantizó el lugar donde pudiera escuchar aunque no viera a los demás residentes. El significado del equilibrio implicaba estabilidad, confiar y dar firmeza para asegurar los siguientes pasos. 

En un corto periodo de tiempo se adaptó al entorno de trabajo y a saber que no es necesario ver a personas para sentir que están, pero también a aceptar que podía esperar e incluso pudo estar sola algún rato. También tiempo más tarde, al cabo de unos meses, ganó confianza para andar sola, sin paralelas, andar con el significado que implica desplazarse, ir a buscar los objetos y también a los otros. Y finalmente, se vio capaz y trabajó que ella pudiera llevar a otros empujando su silla de ruedas.

Se sintió pletórica todo ese tiempo a pesar que, en cada inicio de sesión, temía, ahora sí más ligeramente, no poder hacerse cargo nuevamente de cualquier contratiempo sobrevenido. Cada paso fue medido meticulosamente para no retroceder en su seguridad, para acompañarla en su camino hacia su bienestar y tranquilidad.

Llegó la pandemia repentinamente y durante el confinamiento lo perdió todo, absolutamente todo. Se bloqueó de nuevo tal como le había ocurrido en su pasado. Su historia de vida, su pasado doloroso, aquel que había conseguido dejar atrás, le arrebato la vida, ganó terreno y la invadió nuevamente.

De la noche a la mañana se sintió sola porque estaba sola, ahora sí, y de manera real. Su mecanismo de defensa fue quedarse congelada, inmóvil, mirando al techo. Y así pasaron días. Perdió el sentido, sintió pánico cada vez que entraba alguien con indumentarias extrañas y a las que no reconocía.  Dejó de comer porque no reconocía quien la iba a alimentar, no se atrevía a ver, al igual como en su temida cárcel, hasta que decidió no mirar y clavar una mirada ausente al techo. Su mirada a ninguna parte no dio posibilidad de ninguna vía de entrada con el exterior, ni a pesar de las videollamadas.  Cuando se le desplazó a otra habitación ni siquiera tenía una compañera, la pusieron sola, ella no pudo gritar, decidió irse. Esta vez no luchó. Decidió la libertad, no la cárcel.

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1 COMENTARIO

  1. Maravilloso relato y a la vez desgarrador. Que lástima que todo lo que había conseguido ella con ayuda de una profesional se esfumara de esa manera tan de repente por unas medidas aprobadas por las instituciones, desgraciadamente.

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