Juanma Moreno Bonilla debe creer que la Virgen de la Macarena va a salvar a los andaluces de la pandemia por el coronavirus. Ojalá fuese cierto, pero no parece que de momento se vaya a producir el milagro divino. De ahí que el presidente autonómico ya esté tardando en dar la orden de suspender todos los actos relacionados con la Semana Santa, una medida dolorosa para miles de andaluces pero imprescindible si queremos salvar un buen puñado de vidas. Bien haría Moreno Bonilla en decretar que los pasos no salgan este año de sus cuarteles de invierno, o sea las iglesias y catedrales de las ocho provincias andaluzas, siguiendo la estela del prudente Ximo Puig, que ha suspendido las Fallas de Valencia, el valiente Luis Rubiales, que ha cancelado la Liga de Fútbol, y hasta de una sorprendentemente centrada Isabel Díaz Ayuso, que ha superado su adicción a la contaminación y ha enviado a los escolares a sus casas en una más que acertada medida de precaución.

Si debemos aprender algo de este germen mortal que nos acecha a todos por igual, sin importar si somos de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos, es que se propaga casi por inspiración divina, en un suspiro, y si no que se lo pregunten a Ortega Smith, a quien su patrioterismo español no le salvó del bicho en el abarrotado Congreso Nacional de Vox, o a la comprometidísima ministra de Igualdad, Irene Montero, a quien tampoco su bravo feminismo le ha librado de los flagelos del virus en la pasada manifestación del 8M por el Día de la Mujer, cuya celebración ahora vemos fue un inmenso error.

Pero Moreno Bonilla se resiste a dar el paso, nunca mejor dicho. “Las cofradías están muy pendientes de la crisis del coronavirus y están a la espera de que las autoridades sanitarias se pronuncien para saber si podrán sacar sus procesiones a la calle o no”, asegura La Opinión de Málaga. Solo el mero hecho de que se planteen celebrar las procesiones revela que muchos en este país aún no han tomado conciencia de a lo que nos estamos enfrentando. Pero es que además un alto responsable de la Junta de Andalucía, como su vicepresidente, Juan Marín, ha asegurado sin despeinarse que por la evolución del virus “nada hace pensar que haya que suspender la Semana Santa”. Aunque advierte, eso sí: “Si hay que hacerlo, se hará”.

Medio mundo cierra fronteras, Venecia es una ciudad brumosa y fantasmal donde no se ve ni un alma, Donald Trump prohíbe los vuelos al extranjero, Madrid está al borde del confinamiento general y a Marín no se lo ocurre otra cosa que decir, tan tranquilo y ufano, que “nada hace pensar que haya que suspender la Semana Santa”. Madre de Dios Hermoso, habría que decir, por seguir con el argot religioso-procesional.

Todo apunta a que los dirigentes del “trifachito” andaluz, una vez más, se están viendo desbordados por una crisis de salud pública. Ellos saben mucho de dinero, pero cuando se trata de proteger a la población, de que el Estado intervenga, se les apagan las neuronas. La gestión de San Telmo en este asunto del coronavirus está siendo cuanto menos confusa, vaga, como ya lo fue con la crisis de la listeriosis desencadenada el pasado verano, cuando muchos andaluces cayeron fulminados por la bacteria letal en buena medida por la falta de reflejos y la improvisación del Gobierno autonómico.

Hasta donde se sabe, la Agrupación de Cofradías de Málaga mantiene su mensaje de calma y recuerda que el Domingo de Ramos es el 5 de abril, “por lo que quedan más de 20 días para el inicio de la Semana Santa”. En ese tiempo se confía en que el pico de propagación se haya alcanzado y se empiecen a controlar los contagios. Sin duda, el lobby católico está trabajando en la sombra pese a los avisos desesperados de la OMS y de los epidemiólogos de Fernando Simón. Una vez más, como ya ocurrió en el pasado, la fe se impone a la razón; la religión a la ciencia. Y quizá también el lobby verde de Vox, inspirado por los grupos ultracatólicos, estén inculcando sus tesis en el Gobierno autonómico, de puertas para adentro.

Por lo visto, ni los hermanos cofrades ni los políticos andaluces han entendido aún que el bicho ya anda suelto por todas partes y que en mortal silencio va infectando a unos y a otros sin importarle si los santos divinos van a salir este año de paseo o no. Al coronavirus Dios no le importuna lo más mínimo. Moreno Bonilla y Marín son como aquellos reyezuelos feudales de la Edad Media que cuando llegaba la peste bubónica se ponían en manos del obispo de turno y a rezar para que la plaga pasara pronto. Con estos políticos del “trifachito”, Dios nos coja confesados.

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