El Delta del Ebro anegado, paseos marítimos reventados, playas enteras desaparecidas, muertos, pérdidas millonarias en el campo, la pesca y el turismo… Es lo que deja tras de sí el temporal Gloria (más le hubiese valido al lumbreras que pone nombre humano a estas catástrofes haberlo bautizado como Infierno) además de una terrible conmoción en toda la sociedad española, que comprueba con estupor cómo las predicciones científicas se cumplen con precisión matemática y la pesadilla se hace real.

Lo peor ya ha pasado y ahora los municipios costeros del Mediterráneo que han resultado afectados evalúan las pérdidas, que serán cuantiosas. En algunos puntos como la playa valenciana de El Perelló, olas de más de ocho metros han levantado, como frágiles naipes de cartón, las placas de cemento de su coqueto paseo marítimo, arrasándolo por completo. La imagen de la primera línea de playa borrada del mapa, servida por un dron de la cadena de televisión Cuatro, recordaba a una de esas malas películas del cine de catástrofes de los domingos por la tarde. Lamentablemente, no era una película. Como tampoco es una fantasía la imagen por satélite del Delta del Ebro totalmente sumergido bajo el mar en una especie de gran diluvio universal que amenaza con repetirse un año tras otro, ya que los científicos advierten de que deberemos acostumbrarnos a este tipo de fenómenos cada vez más frecuentes y agresivos.

Tras la brutal tormenta, unos hosteleros ven cómo sus negocios han quedado arrasados; otros ven peligrar el futuro de las hermosas playas mediterráneas y por tanto del turismo que les da de comer. Los agricultores y pescadores exigen al Gobierno que declare la zona catastrófica y haga algo para frenar la hecatombe medioambiental y económica. ¿Pero cómo se puede poner puertas al mar enloquecido que parece dispuesto a devolvernos todo el daño que le hemos causado? ¿Cómo luchar contra un Apocalipsis tan lento y aplazado como inevitable? ¿De qué servirá gastar cientos de millones de euros en reparar los puertos y paseos marítimos, en reconstruir las casas destruidas, en reponer con palas mecánicas la arena de las playas pulverizada por la fuerza del agua y el viento? Los ecologistas y científicos −los únicos que han hecho los deberes hasta ahora mientras los políticos no han tomado ni una sola medida eficaz contra el mayor desafío para la supervivencia del planeta y por ende para la humanidad−, ya han advertido de que volver a reconstruir lo que se ha venido abajo no servirá de nada. El mar, con su dentellada de espuma, volverá a llevárselo todo de nuevo el próximo año. Así será a partir de ahora.

Con todo, en medio de este paisaje devastado por el Gloria, sí que deberíamos hacer al menos una reflexión sobre esos nuevos charlatanes de la política que niegan la trágica realidad de una Tierra que agoniza moribunda por el calentamiento global. Los partidos negacionistas, Vox entre ellos, hacen aún más daño al planeta que los huracanes, incendios y temporales de proporciones bíblicas a los que tendremos que empezar a acostumbrarnos como parte del nuevo paisaje que hemos creado. De toda la basura ideológica que propaga el partido de Santiago Abascal quizá sea la negación del cambio climático el peor y más letal de los venenos. Vox, al igual que Donald Trump, su padre inspirador, ha calificado el calentamiento global como “una tomadura de pelo” y advierte de que cuando llegue al poder (Dios no lo quiera) no “malgastará más dinero en esta estafa”, tal como se recoge en su programa electoral.

El partido ultra y sus principales líderes políticos, en su ignorancia sobre este delicadísimo asunto en el que nos jugamos nada más y nada menos que la supervivencia de la especie humana, ni siquiera dedica una sola de las medidas de su grueso programa electoral a combatir el que en las próximas décadas será el mayor problema de España por encontrarse en el Mediterráneo, auténtica “zona cero” de los efectos del calentamiento global. Al contrario, la formación de Abascal no solo no se toma en serio la inmensa catástrofe que se avecina sino que sigue desacreditando con chistes y bromas del peor gusto una teoría que está unánimemente aceptada por la comunidad científica y avalada por cientos de informes de organismos oficiales del mayor prestigio internacional. Así, el pasado mes de enero, en una entrevista para ABC, Rocío Monasterio, con su habitual retórica sarcástica que ella cree muy brillante pero que no deja de ser más que un alegre castillo de fuegos artificiales vacío de contenido político, llegó a definir el cambio climático como “camelo climático”.

Lo bulos negacionistas de Vox llegan al punto de inventarse cosas como que la actividad solar es la responsable del calentamiento global, algo completamente falso y de lo que no aportan prueba alguna. Otras veces aseguran que la culpa es de la Luna, de la rotación de la tierra, de los volcanes y de los fenómenos atmosféricos imprevisibles. En su delirio, solo le falta abrazar la teoría terraplanista, aunque todo se andará. Lo único cierto es que ningún diagnóstico de Vox y ninguna de sus propuestas nos ayudará a paliar los efectos de la catástrofe que ya ha comenzado. Lamentablemente, tras siglos de actividad humana contaminante el mal ya está hecho y es irreversible y de aquí en adelante lo único que podemos hacer es tratar de minimizar los efectos de la enfermedad.

De Vox solo podemos esperar la estupidez como forma de hacer política, la mofa, el chiste sin ninguna gracia y el insulto fácil contra personajes como la joven activista sueca Greta Thumberg y otros famosos como Leonardo Di Caprio, Al Gore y Michael Moore, que solo tratan de aportar su grano de arena para concienciar al mundo y a quienes los líderes de Vox consideran el “establishment”, o sea parte de ese complot comunista que solo está en sus cabezas desnortadas y desprovistas de todo sentido común. A Abascal, lo que ha ocurrido estos días en el Mediterráneo español puede parecerle una invención del “consenso progre”, algo para tomárselo a risa, una brisilla marina sin importancia y magnificada por los rojos bolcheviques. Pero que tenga cuidado con sus discursos el discípulo entusiasta de Aznar, porque más tarde o más temprano, cuando la gente vea entrar el agua en sus casas y compruebe en sus propias carnes que no hay tal conspiración marxista, sino la pura y cruda realidad de un planeta que se muere, su demagogia barata para alcanzar el poder habrá perdido ya todo el mágico efecto.

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