A estas alturas no hay  dudas que la llegada del COVID 19 ha cambiado notablemente nuestras vidas en la manera de relacionarnos con los demás, con el mundo exterior; el encierro, la proliferación de video llamadas y el auge de aplicaciones como Zoom,  Tik Tok y también de “influencers” en Youtube y, en general, en redes sociales serán algunas de las huellas distintivas que dejará la pandemia cuando juntos venzamos al virus.

En pocas palabras, es inevitable que en nuestras vidas habrá un antes y un después y el mundo de las relaciones laborales no será ajeno a ello, en un contexto donde el mundo  empresarial ha tenido que improvisar a marchas forzadas para garantizar, por un lado, un mínimo nivel de actividad económica y, por otro, la continuidad de millones de empleos en riesgo por una situación inesperada, como nunca antes, en más de 100 años.   

Hasta hace tan sólo poco más de 40 días, el teletrabajo era una aspiración de trabajadores y una reivindicación de los sindicatos en las negociaciones colectivas con el claro fin de alcanzar la anhelada conciliación entre la vida laboral y profesional, pero que, chocaba con las reticencias de la mayoría de las empresas a implementarlo a tal punto que ,hasta antes de la crisis, su impacto en España era mínimo , un 4,3 %, cuando la media de la Unión Europea era de 5,2% o en Holanda , tres veces superior, 14%.

 Puede comprenderse que la baja inserción del teletrabajo en el tejido empresarial español, no tiene tanto que ver con las imposibilidades técnicas de su desarrollo sino más bien con una cultura del control, de la cantidad de horas trabajadas por sobre la calidad, la eficiencia y la eficacia que subyace desde siempre en las empresas “ A más horas trabajadas, a más control , más productividad” hecho que lleva a los trabajadores españoles a  ser de los menos productivos de Europa aún trabajando más horas.

Y en este contexto, llegó la pandemia y con ella, miles de empresas se vieron obligadas a echar el cierre temporal, trabajadores con contratos precarios fueron enviados al paro, otros con contratos fijos forzados a asumir los ERTES  con la esperanza de retomar sus empleos en unos meses, trabajadores sanitarios y empleados de tiendas de alimentación expuestos al virus en su día a día mientras otros trabajadores encontraron en el teletrabajo, ya no un medio para conciliar su vida laboral y profesional como era su pretensión hasta hace menos de un mes, sino un “refugio” para evitar el paro y un perjuicio económico adicional al confinamiento que ya es de por sí duro para todos.

En conclusión, para miles de trabajadores, lejos de su pretendida conciliación de la vida laboral y personal, el teletrabajo ha sido un “salvavidas” que les ha evitado sufrir los efectos   económicos negativos  de la pandemia que, por otra parte, ha condenado a miles de familias a recurrir a entidades como Cruz Roja o Banco de Alimentos para garantizar su subsistencia. Hoy estas organizaciones necesitan, más que nunca, nuestra ayuda al estar desbordadas, síntoma evidente de los efectos sociales devastadores de la crisis del Covid 19.         

Asimismo, desde el ámbito empresarial se ha desmitificado, forzados por la situación y no tanto por su apuesta a la conciliación, ciertos prejuicios sobre el teletrabajo y más sobre el desempeño de sus trabajadores fuera de su ámbito de control y supervisión; Han tenido que adaptar sus sistemas informáticos, sus aplicaciones y sus procedimientos de trabajo de forma improvisada para asegurar la continuidad de la actividad. Se verá en los próximos meses la lectura que hacen las empresas de esta nueva forma de trabajo y de sus resultados pero, a priori, puedo entrever que el teletrabajo, visto hasta ahora, como una concesión o un beneficio de la empresa al trabajador, ha venido para quedarse y ya será parte de la cultura de las empresas. Ha tenido que venir una pandemia para que las empresas reaccionen a un hecho que era ineludible; La irrupción de las nuevas tecnologías restringen la necesidad del trabajo presencial  y , en consecuencia , desde la óptica empresarial, arrastra un significativo ahorro de costes en instalaciones, alquileres de despachos, gastos de suministros, etc. que son asumidos directamente por sus trabajadores en sus respectivas viviendas.   

 No obstante, desde la perspectiva del empleado, aprecio un cambio significativo sobre el hecho de trabajar desde casa; De ser una aspiración idealizada a aceptar una obligación como medio de evitar el paro o un ERTE hay un trecho; el teletrabajar no ha sido una elección, sino una imposición para evitar un mal mayor.

Así, de repente, muchos trabajadores se encontraron de la noche a la mañana desarrollando sus actividades desde sus casas  y en algunos casos, enfrentándose a limitaciones espaciales, en viviendas pequeñas o poco iluminadas o con dificultades para conciliar el trabajo con las relaciones interpersonales del resto de habitantes de la misma donde sus hijos, padres, parejas o compañeros de piso, confinados también bajo el mismo, requieren atención por el solo hecho de estar ahí, en casa. Por otro lado, trabajar desde casa puede prestarse para que, muchos trabajadores alarguen su jornada laboral que normalmente cumplirían yendo a la oficina. Frente a este panorama, la conciliación de la vida personal y profesional se convierte en una quimera y da lugar a una difusa definición de ambos ámbitos, tan necesaria para la salud física y psicológica de los trabajadores.

No es un hecho menor que ,en más de un mes de confinamiento teletrabajando, hemos ganado no tener que desplazarnos hasta la oficina, hemos ahorrado los gastos de gasolina y de abono transporte, los atascos, las huelgas de trenes o metro o la preparación de la comida la noche anterior pero hemos perdido , también, la socialización, ese café a media mañana ,el trabajo en equipo, la colaboración mutua ,las amistades en el ámbito laboral, que son el lado humano de las relaciones laborales y que nos ayudan a todos a hacer mejor el trabajo.

  En conclusión, con la aparición de la pandemia, para el mundo empresarial, el teletrabajo ha pasado de ser una concesión a los trabajadores a una herramienta para garantizar la actividad económica y, para los trabajadores y organizaciones sindicales, una justa y pretendida aspiración en mejorar sus condiciones laborales, a ser un mal menor frente al aumento del parto, de ERTES o despidos.

¿Cómo evolucionara el teletrabajo en España? Es una pregunta que aún no tiene respuesta pero entiendo que encontrar un punto de equilibrio entre conciliación, obligación y  productividad será el nuevo desafío al que nos enfrentemos trabajadores, empresarios, organizaciones sindicales y gobierno cuando esto acabe….   

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