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El salvavidas de lo público

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Hace días que no duerme. Parece una leona enjaulada. De la ventana de la cocina a la ventana de su habitación no hay más de 15 pasos. Pero a este ritmo, pronto el suelo de baldosa, color teja vieja, empezará a tener una senda marcada de un marrón más blanquecino. Intenta calmar los nervios como sea y de paso cansarse a ver si así es capaz de dormir algo por la noche. Las horas son eternas cuando llevas encerrada en casa un mes. Cuando no puedes permitirte el lujo de pagar internet, ni Netflix, ni HBO ni Amazon Prime. Cuando no puedes ir ni a la compra porque no tienes con qué pagarla. Cuando ni siquiera puedes ir a pedir, porque las calles están casi todo el tiempo vacías. Cuando tienes que estar con cien ojos mientras rebuscas entre los cubos de basura del supermercado y no hay nada que llevar a casa. Porque ahora ya no caduca la comida. Ni los yogures. Desde que la gente empezó a acumular compulsivamente, como si se avecinara el ataque de los zombis, los supermercados no tienen nada que tirar a la basura. La nevera, casi vacía. En el congelador, comida para tres días, racionándola mucho. A su hijo de ocho años, le traen todos los días un trozo de pizza y un sandwich de los de Rodilla. Los reparte la Comunidad de Madrid entre los escolares que tienen beca de comedor y que, con el cierre de los colegios, no pueden alimentarse por carecer de recursos. No es comida sana, pero Ercilina aún da gracias porque al menos mitiga un poco la sensación de hambre del muchacho. Para cenar, casi todos los días, bocata de salchichas Frankfurt. Hace unos días en el super de la esquina, tres paquetes, un euro en oferta. Compró nueve. Ella, apenas si prueba bocado. Tiene el estómago cerrado. Un vaso de leche con cacao soluble de marca blanca de una bolsa de 2 kg que compró por 5,50 € hace ya un tiempo. De las galletas que cogió del cubo de la basura antes de que la situación se volviera melodramática, ya no queda ni una. Borja, su hijo, se come un currusco de pan del día anterior con el vaso de leche y el colacao. A ella no le entra. Mientras su hijo devora el trozo de pizza y el medio sandwich de pavo en la comida, ella mira al infinito. Su hijo le pregunta, “¿por qué no comes, mamá? y ella le dice que ha comido algo en la cocina mientras él esperaba jugando a que vinieran los de la Telepizza. Le miente, aunque Borja se da cuenta de la situación y sufre. Nunca ha sido una persona gruesa, pero ahora se está quedando como el espíritu de la golosina. Si la situación no mejora, pronto caerá enferma. ¿Quién cuidará de Borja entonces?

Es difícil ser madre precaria, con trabajo esporádico y de esos que llaman sumergido, sin derechos y con salario fuera de cualquier convenio y de remuneración que más bien es limosna. Su madre, única familia con vida que le queda, o eso cree porque desde que empezó el confinamiento no ha vuelto a tener noticias suyas, es la única ayuda que tiene. Con los 570 euros de pensión, aún saca unos cuantos euros para que compre comida para Borja. La vida se le complicó a Ercilina poco tiempo después de acabar sus estudios de arquitectura técnica. Todo iba como la seda. Recién acabada la carrera encontró un empleo. A los trece meses, la empresa quebró por la crisis del ladrillo y ya no volvió a encontrar nunca más un trabajo acorde a sus estudios. Ha sido cajera de supermercado, camarera en un bar de copas y hasta tuvo un pequeño papel en una película. Ahí, una noche después de un rodaje, el alcohol y el desenfreno total, le llevó a la cama de un actor de segunda fila, casado y sin ganas de compromiso. Nueve meses después nació Borja. Y le cambió la vida. Se acabaron los trabajos de noche, se acabaron los trabajos a turnos (su madre vive tan lejos, que no podía cruzar toda la ciudad para dejarle al niño). Comenzaron los problemas económicos. Solicitó una ayuda familiar como madre soltera. Y le concedieron 425 euros. No eran muchos pero, al menos pagaban el alquiler, y con los quinientos que venía sacando planchando ropa y limpiando cocinas, mientras Borja está en el colegio, pues iban tirando. Pero a perro flaco todo son pulgas. Este puñetero encierro le ha dejado sin trabajo (nadie considera ya mandar planchar a otro y las cocinas pueden esperar), y con los 25 euros sobrantes del alquiler y trescientos que tenía de remanente en la cuenta corriente, lleva sobreviviendo las tres semanas de encierro. Pero no ve futuro. Porque, aunque al principio pensó que la situación duraría solo unos pocos días, ahora no se ve el final. Y aunque no vaya a pagar el alquiler unos cuantos meses, no ve como va a salir adelante con un niño de ocho años, que come como una lima, con 425 euros y sin poder trabajar en nada porque su trabajo sumergido no cuenta con ayudas y no sabe cuándo volverá a encontrar algo. Por eso no duerme. Por eso y porque no sabe nada de su madre, a la que ha llamado varias veces y no coge el teléfono. Nunca quiso móvil. La última vez que habló con ella, tenía una tos persistente. Y eso la preocupa. Su vida se ha convertido en una profunda agonía. Un temor perverso a contagiarse, a caer enferma y que le quiten a Borja. Un temor doloroso a que su madre haya muerto en soledad y no se haya enterado. Un temor que la resquebraja por dentro ante la incertidumbre de no saber si va a poder conservar a su hijo a su lado. No hay futuro sin ingresos y nadie puede vivir con 25 euros al mes.

Mientras pasea entre la cocina y el cuarto, no deja de darle vueltas, una y otra vez, a lo mismo. ¿Qué va a ser de ellos después de este encierro?


El salvavidas de lo público

En un Informe del Banco de España de un poquito antes del confinamiento, se establece que en España, a finales del 2019, había más de 12 millones de personas en riesgo de pobreza (1 de cada 4), el 25 % de los hogares estaban al borde de la exclusión social y había alrededor de un millón de pobres más que diez años antes. El hogar tipo de pobreza es aquel en el que sus ocupantes son mayores (los más afectados por esta pandemia). Este mismo informe señala que los hogares con carencia material severa, los que no pueden hacer frente a ningún gasto extra, ni siquiera a los gastos del alquiler, de la vivienda, o de la hipoteca, ni a los suministros (agua, luz, internet, etc.), presentan una mayor incidencia cuando el cabeza de familia tiene entre 45 y 64 años. Esta precariedad por edad es el resultado de la desvergüenza y del hijoputismo de un sistema dónde lo económico prima siempre sobre las personas, en el que los empresarios, para ahorrarse costes por antigüedad y para la reducción de costes salariales, se niegan a contratar a personas en esa franja de edad. Quedarte en el paro a partir de los 45 años, significa tener que vivir de la caridad del estado hasta tu jubilación.

Ahora, que si las decisiones del gobierno de primar la economía sobre la salud de las personas, mandando de nuevo a la gente a trabajar con el peligro de volver a extender el contagio, no cambia la tendencia y parece que empezamos a vislumbrar el principio del fin, se hace necesario preguntarse en qué circunstancias vamos a salir de esta y cual será el camino que debemos emprender en el futuro. La mayoría de los “expertos” liberales, los bancos, las aseguradoras y las compañías de telefonía, hablan de volver a la normalidad, lo que sería, una vez más, una vuelta al consumo irreflexivo, a la contaminación indiscriminada y a la destrucción masiva del planeta. Es decir, una vuelta a los mismos problemas de un sistema endémico en el que ese 1 % viene viviendo por encima de las posibilidades de todos, a base de enviar a la pobreza y a la miseria a cada vez a mayor número de seres humanos y a base de destruir el ecosistema que permite al hombre vivir en el planeta Tierra.

Que sería procaz volver a ese sistema de hijoputismo despiadado lo demuestran situaciones como las que han vivido en Ezcaray hace unos días cuando una manada de ciervos se paseaba por el pueblo a plena luz del día. O como la de ver a una pata y sus retoños, circular libre y tranquilamente, también en pleno día, por una de las calles de Burgos en las que el tráfico, el ajetreo y el ruido, en situación normal, es bastante insoportable. O como lo demuestran los cientos de lugares turísticos como Venecia en los que, a falta de la plaga humana, las aguas vuelven a ser turquesas, los peces vuelven a nadar por sus canales y las plantas recuperan lo que es suyo.

El problema lo tenemos en el cambio necesario e inaplazable de modelo. Si no trocamos nuestra ansiedad por acumular bienes, por insistir en esa competencia malsana en la que el éxito se confunde con la posesión profusa de bienes, con la egoísta necesidad de mudarse continuamente a lo que la sociedad considera un barrio mejor, de tener una casa más grande y a ser posible sin vecinos, de conducir un deportivo de 100.000 euros y de pisar la cabeza del rayano porque nuestro éxito también consiste en el fracaso del vecino, es imposible cambiar la tendencia que tiene el ser humano, que se autodefine como desarrollado, a esquilmar el entorno en el que vive. Y con ello, a crear pobres a nuestro alrededor para poder seguir acumulando riquezas innecesarias. Esta situación ha demostrado que se puede vivir sin que cientos de estúpidos ejecutivos tengan que coger un avión todos los días para acudir a 700 kilómetros a reuniones improductivas. Que se puede vivir sin tener que acudir diariamente a comprar al centro comercial o sin tener que realizar caprichosas compras compulsivas a través de Amazon o Ali Exprés. Igualmente, que tampoco es necesario desplazarse todos los días un cerro de kilómetros para acudir al trabajo cuando este podría hacerse en algunas jornadas desde casa. También ha demostrado que es el mercado del barrio el que ha suministrado aquello que los grandes almacenes han sido incapaces.

Parece evidente que la salida no será indemne para ese 25 % de la población precaria que ya estaba en riesgo de exclusión social. El cierre patronal obligatorio de los últimos 15 días no provocará tantos parados como los agoreros del fascismo español pronostican. Porque al estar todo el mercado cerrado, hay menos probabilidad de que los clientes se vayan a otro sitio. Lo que si es un problema es la situación económica creada por esos salvapatrias que dejaron a España sin tejido industrial, como el bocachancla de las puertas giratorias, Felipe González o por aquellos que dinamitaron los servicios públicos porque había que aumentar las cuentas bancarias en offshore y en paraísos fiscales de aquellos amiguetes del gobierno del insufrible ególatra cuyos miembros han pasado casi al completo por la Audiencia Nacional por corrupción. Unos y otros además dejaron que el turismo ocupara en este país, directa o indirectamente, a uno de cada tres trabajadores. El sector turístico tardará mucho en recuperarse. Al igual que la restauración, los bares o los teatros. Sin industria que producir y con un sector que ocupa a la mayor parte del país en crisis, ¿de qué vamos a vivir?

Ninguna máquina puede volver a funcionar a pleno rendimiento después de un parón, sin una revisión profunda y un engrase necesario. El hijoputismo ha demostrado ser un sistema creado por unos pocos para su beneficio a costa de la vida miserable de muchos. Por eso hay que revisar su maquinaria de arriba abajo. La grasa que lubrica el capitalismo es el consumo. Nadie puede consumir sin dinero. Tras el más que probable atranco de la economía sumergida, se hace necesaria una inyección de dinero público en cantidades ingentes para evitar que esos desfavorecidos que están en la miseria, acaben siendo el ejército de los fascistas intolerantes que, como han demostrado a lo largo de la historia, saben manejar a su favor el hambre, la miseria y un sentimiento muy humano que es el de la pertenencia (nación, grupo, etc.) para poder seguir viviendo cómodamente sin pegar palo al agua (INSISTO, CERO DÍAS COTIZADOS EN 43 AÑOS), mientras vuelven de nuevo las purgas ideológicas que les hagan seguir aguantando en el poder otros ochenta años más. Lo peor de todo es que los miembros de ese posible ejército cabreado con el sistema actual, serán los primeros en sufrir las decisiones tiranas de los fascistas y acabarán siendo aún más míseros, con la diferencia de que ya no podrán protestar sin jugarse la vida.

Se hace necesaria pues, una decisión parecida a la que ha tomado el Banco de Inglaterra (que no son precisamente comunistas) que financiará sin límites al GOBIERNO del Reino Unido para paliar la situación provocada por la pandemia vírica. Se hace absolutamente imprescindible decirle a los burócratas cuadriculados de la Unión Europea, esos que ya provocaron millones de muertos por la pandemia de la estafa que llamaron crisis y que en realidad solo fue la salvación de los intereses de los bancos, es decir, de sus propios intereses, que no es posible una Europa que no cree en las personas, que favorece siempre a los plutócratas y que no podemos permitir que, de nuevo, los bancos sean los beneficiados de la miseria de los trabajadores. No podemos permitir que nuestro dinero, el que pagamos con nuestros impuestos, sea administrado en lugar de por directamente por los gobiernos, (al 0 %), por unos negocios PRIVADOS, como son las entidades bancarias, que reciben el préstamo del Banco Central Europeo sin interés y lo administran bajo criterios personales y leoninos del banquero de turno, para que los destinatarios (entre ellos el gobierno) les paguen a esas entidades, por un dinero que es del estado, un 2 % de interés.

No nos podemos permitir más privatizaciones de lo público y debemos revertir las que se hicieron al calor de la estafa del hijoputismo. No podemos confiar, en nombre del libre mercado, en aquellas instituciones que no permiten lo público con la excusa de la competencia desleal, mientras empresas multinacionales actúan como monopolios de facto condicionando la vida de las personas. No podemos seguir viendo como educan a nuestros hijos en conceptos educativos sesgados, en el borreguismo más absoluto dónde es malo enseñar filosofía pero no religión. No podemos depender de una sanidad privada que actúa como los bancos, que te cobran por el alquiler de un paraguas cuando hace sol y cuando llueve y lo necesitas, te dicen que no lo tienen.

Además, aquí en España, siempre tenemos que luchar contra dos barreras. Una el hijoputismo general y otra el propio de quiénes están acostumbrados al negocio seguro y fácil, como lo es firmar contratos con el estado en los que la financiación la pone el propio estado y que, para mayor inri, salvaguardan con cláusulas que les permiten indemnizaciones multimillonarias si, por cualquier circunstancia, el proyecto no acaba bien. Tenemos que luchar contra una asociación de tratantes de ganado que se hacen llamar empresarios que jamás dan nada motu proprio y que están acostumbrados a imponer sus intereses como palabra de dios. Ahora, después de haber llegado a un acuerdo para establecer una renta mínima vital, por motivos de sesgo ideológico, o sea, porque están en el bando de los fascistas que lo único que quieren es que caiga el gobierno sea como sea, no acuden a la reunión con el Ministerio de Trabajo para acabar de apuntalar el acuerdo que haga posible que todas esas personas que van a salir de esta pandemia en condiciones de vida infrahumanas, puedan al menos, sobrevivir. Quizá tengan miedo a que esas personas que ahora trabajan en “B” por cuatrocientos euros al mes, dejen de llenarles la cartera. Si cobran cuatrocientos euros por estar en casa, ¿para qué van a dejar que les exploten por esa miseria?

Para poder salir de esta situación lo mejor posible debemos de cambiar hábitos de consumo, debemos cambiar mentalidad, la percepción falsa de que todos son iguales y sobre todo necesitamos una fuerte inversión pública, no importa el agujero de deuda que eso provoque, porque es la única forma de salir adelante. Y quién no crea en lo que digo, que le eche un vistazo a la situación de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial y lo que supuso el Plan Marshall.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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