En 2014, tras la abdicación de Juan Carlos I, Felipe VI decidió adoptar una serie de medidas para dotar de mayor transparencia a la institución, un documento interno que se dio en llamar Código Ético de buenas prácticas de la monarquía española. Se trataba de una iniciativa necesaria para regenerar la Zarzuela después del escándalo del Caso Nóos, que salpicó de lleno a los duques de Palma, Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina. Entre los puntos acordados en el texto se recogió la prohibición expresa de aceptar cualquier tipo de regalo que no entre dentro de lo que se considera un obsequio de cortesía. La redacción resultó un tanto ambigua y relativa, ya que no se especifica qué se entiende por “regalo de cortesía” ni qué organismo oficial es el encargado de poner el baremo a tal calificación. Así, puede darse el caso de que para alguien un Rolls-Royce o un yate de un millón de dólares se consideren simples atenciones, detalles de cortesía, minucias sin importancia. De modo que el Código Ético deja la evaluación a criterio del propio regalado u obsequiado, lo cual no deja de resultar sorprendente.

Aunque es de agradecer el esfuerzo de Felipe VI por dotar de una regulación legal al asunto de los regalos, no parece que el Código Ético se esté cumpliendo con total meticulosidad en el reciente viaje que el rey emérito está llevando a cabo tras su decisión de abandonar España por el estallido del caso Corinna. A día de hoy nadie sabe dónde está el monarca, como tampoco sabe nadie quién ha pagado los 11.000 euros la noche que cuesta la habitación del hotel de lujo de Abu Dabi en el que se ha alojado, según las informaciones destapadas por el diario ABC.

Hasta donde se sabe, Juan Carlos I mantiene una relación casi familiar con los jeques que gobiernan los Emiratos Árabes y cabría esperar que la Casa Real aclarara quién ha pagado esos gastos de desplazamiento en un jet privado y la estancia en el Emirates Palace, uno de los complejos resort más lujosos del mundo. No es la primera vez que el emérito se hospeda en ese alojamiento de ensueño donde han pernoctado famosos y multimillonarios. Cada vez que el monarca español hace escala en Abu Dabi recurre a ese imperial hotel propiedad del Estado árabe, “con el que los emires agasajan a sus dignos y dignatarios invitados”, según publica la revista Vanity Fair. ¿Estamos por tanto ante un regalo prohibido por el Código Ético de buenas prácticas puesto en marcha por Felipe VI hace ahora seis años? Nada se sabe al respecto puesto que Zarzuela ha decidido optar, una vez más, por el manto de silencio con el argumento de que el rey abdicado ya no es jefe del Estado, de manera que no tiene la obligación de dar explicaciones sobre su vida privada. Esta coartada es, no obstante, demasiado endeble, ya que Juan Carlos sigue ostentando el título de rey. Honorífico, es cierto, pero rey al fin y al cabo. No solo disfruta de seguridad y escolta de la Guardia Civil con cargo a los Presupuestos Generales del Estado sino que va paseando la imagen de España allá por donde va. Es, por tanto, exigible que aclare el destino de los fondos que se ponen a su disposición para sus actividades lúdicas. Si el viaje a Abu Dabi ha sido costeado por el bolsillo del emérito, el contribuyente tiene derecho a saberlo, como también tiene derecho a saber si las vacaciones son sufragadas con dinero público.

Parece evidente que algo está fallando en el intento por dar transparencia a la Casa Real y el Código Ético con el que Felipe pretendía inaugurar una nueva etapa de la institución va camino de quedar en papel mojado. El código no tenía otra misión que mejorar y renovar el funcionamiento de Zarzuela, pero la conducta de Juan Carlos no está ayudando a conseguir el propósito. Los códigos éticos no solo están para ser cumplidos sino para que se informe puntualmente a los ciudadanos. En ese sentido, el rey emérito está dando muestras de ir a su aire, al margen de los pasos que ha ido dando su sucesor para regenerar la imagen de la monarquía.

Además del control de los regalos y obsequios externos, Felipe VI lanzó su código ético para someter sus cuentas a una auditoría externa. Una medida que no servirá de mucho si su padre sigue disfrutando de viajes, hoteles y hospedajes en casas y mansiones de supuestos amigos en República Dominicana, Portugal o Sanxenxo. Todos esos dones caídos del cielo son también regalos, obsequios, prebendas que como tal están prohibidos desde que el nuevo jefe del Estado se hizo con el mando de palacio. En su discurso de proclamación, el actual rey habló de “renovación” y de “clarificar” las actividades de la Familia Real. “La Casa va a ser más permeable, va a estar más abierta a la sociedad, va a pedir opiniones a instituciones, expertos…”, se dijo en su día. Por lo visto, el nuevo protocolo pronto quedó tan viejo como un escudo heráldico. Y aquí sigue planteándose la misma pregunta trascendental que todos los españoles se hacen a esta hora: ¿Quién manda en realidad en Zarzuela?

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