El orden geopolítico posterior a la Guerra Fría es un mundo cada vez más atomizado, líquido e inestable, lo que en palabras del autor italiano Umberto Eco, está provocando una transición hacia un «nuevo medievalismo». Esta metáfora no es nada casual, ya que al igual que el final del esplendor del mundo clásico nos llevó a la oscuridad y a las tinieblas de la Edad Media, el final de la modernidad, heredera de la Ilustración, está ahora dando lugar al advenimiento de una nueva era llena de interrogantes, en la que los actores estatales van perdiendo paulatinamente su supremacía en beneficio de nuevos actores transnacionales no sujetos al control democrático, desde empresas multinacionales a movimientos religiosos fundamentalistas, al tiempo que el paradigma filosófico de la Ilustración entra en crisis y se ve amenazado por la nebulosa del pensamiento postmoderno y su relativismo cultural. En resumen, un nuevo mundo heterogéneo, multipolar y carente de seguridades en el que cada vez parece más difícil saber quién manda, y sobre todo, comprender hacia dónde nos dirigimos como sociedad global.

I Series medievales, política y «Vikings»

Debido a esta circunstancia, las nuevas series de televisión ambientadas en la Edad Media están alcanzando un gran éxito entre el público contemporáneo. Pero las historias que narran no son meras copias de los clásicos del género, sino que se ven discursivamente redefinidas y remasterizadas al pasar por el filtro de la postmodernidad, evolucionando de los maniqueos cantares épico-legendarios hacia maquiavélicas historias de autentica «realpolitik», repletas de ambiguos personajes, sutiles tramas en clave de poder, y sobre todo, cargadas de lecciones filosóficas y políticas para comprender, no sólo el pasado que teóricamente reflejan en la ficción, sino el presente de nuestra sociedad del siglo XXI.

En recientes artículos nos hemos ocupado de analizar en clave política la popular serie «Juego de Tronos» (sin duda el fenómeno literario y cinematográfico de la década), pero en esta ocasión, dedicaremos estas líneas a hablar sobre otra serie del momento y también ambientada en una época medieval: «Vikings» (en castellano, Vikingos). La ficción narra, de una forma más o menos novelada y repleta de licencias históricas, las aventuras del mítico líder vikingo Ragnar Lothbrok y sus familiares en el periodo de la Alta Edad Media europea. A través de personajes como Lagertha, Rollo, Björn, Floki, el rey Harald y, obviamente, el propio Ragnar, la historia nos presenta la época dorada del expansionismo marítimo nórdico y el inicio de sus contactos con las sociedades medievales europeas (la Inglaterra feudal, la Francia carolingia, la España de Al-Ándalus). En el contexto de dichos contactos florecerán los interesantes intercambios y choques culturales entre cristianos, musulmanes y vikingos, momentos claves de la serie en los que aparecerán personajes como el emperador carolingio Charles, el comandante bizantino Euphemius, el emir agabí Zidayat Allah o al rey sajón Ecgbert de Wessex. Y es precisamente este último personaje, el rey Ecgbert, el que vamos a utilizar como figura política central a lo largo de este artículo, ya que a nuestro juicio, constituye el mejor representante del maquiavelismo político en la serie «Vikings».

II El enfoque oscuro del poder o «maquiavelismo político»

El maquiavelismo político es lo que el profesor austriaco Rainer Baubök denomina también el «enfoque oscuro del poder». Se trata de una concepción política que tiene referentes teóricos ya en la Antigüedad, tales como Sun Tzu, Kautylia o Tucídides, pero sin duda, se considera a Nicolás Maquiavelo su autor más representativo, ya que es el primero que disocia el poder de la virtud, planteando un manual de estrategia política titulado «El Príncipe», destinado a alcanzar y conservar el poder, al margen de criterios morales, éticos o religiosos. Posteriormente, hasta llegar a nuestros días, nuevos autores han ido implementando las teorías del astuto consejero florentino, pudiendo destacar entre ellos al cardenal Mazarino, Franz Oppenheimer, Antonio Gramsci o Michel Foucault, entre otros. «Realismo político» o «realpolitik» también son denominaciones parciales para dicha visión política oscura, aunque en ocasiones, se ven superadas por el alcance del propio fenómeno, muchísimo más transversal y poliédrico que el realismo político clásico, ya que engloba también a teorías militaristas, marxistas y postestructuralistas.

Evidentemente, en lo que concierne a la praxis, el maquiavelismo político ha venido aplicándose desde los albores de la humanidad. Desde las estratagemas en batalla de Sun Tzu hasta la geopolítica variable de Henry Kissinger, pasando por la hábil propaganda de Julio César, las intrigas políticas del califa hispano-musulmán Abd-al-Rahman III, los golpes letales del shogun Iieyasu Tokugawa, las coaliciones religiosas del cardenal Richelieu o la guerra de confusión del revolucionario Mao Tse Tung, toda clase de líderes políticos se han servido de la astucia, la imaginación, la reflexión y la laxitud moral para sobrevivir y salir exitosos (al menos durante algún tiempo) en los complejos y peligrosos juegos de poder que han definido y siguen definiendo la historia del mundo.

En resumen, y en aras de sugerir una definición lo más sintética posible, podríamos decir que las bases de dicha teoría y praxis política son: la dualidad coactiva y persuasiva del poder y la visión de la política como guerra, a modo de un tablero de ajedrez en el que los actores políticos se dividen en jugadores y piezas, con intereses enfrentados, alianzas siempre momentáneas y en el que la ética personal en ocasiones debe verse superada por la razón de Estado. Ello no quiere decir que un político «maquiavélico» carezca de ética, pero dicha ética, inspirará siempre el fin más que los medios (como veremos ahora en el caso del rey Ecgbert). Finalmente, debido a la relatividad y ambigüedad de dicho fin, el maquiavelismo políico sin duda es de las teorías y prácticas políticas que menos pueden asociarse con un determinado proyecto ideológico, ya que a lo largo de la historia ha sido utilizado por líderes y gobernantes de las más variadas tendencias (señores feudales, monarcas absolutos, líderes religiosos, o en la actualidad, políticos conservadores, liberales, progresistas, socialistas, comunistas, etc.).

III. La Europa medieval y el «Maquiavelo de Wessex»

Al margen de los datos historiográficos sobre el rey Ecgbert de Wessex real (lo cual a efectos de nuestro análisis, exclusivamente politológico, carece de sentido), el rey Ecgbert que se nos presenta en la ficción es un monarca ambicioso, escéptico, calculador y manipulador, gran estratega tanto en la política como en la guerra, diplomático cuando el momento lo requiere y despiadado cuando la ocasión lo permite. Dotado de una inteligencia analítica, una inquietud cultural y una amplitud de miras sorprendentes para la época altomedieval europea (caracterizada por la ruralidad, el analfabetismo y el fanatismo religioso), una clara visión política inspira siempre su reinado y sus decisiones: unificar toda Britania bajo su mando para ser nombrado «Bretwalda» (rey de todos los anglosajones), lo que a su juicio, permitirá a la isla recuperar su grandeza perdida, la cual según Ecgbert, los bretones poseían cuando formaban parte del poderoso, glorioso y extinto Imperio Romano.

Para comprender tanto su visión política como su acción estratégica, hay que enmarcar al rey Ecgbert de la serie en su contexto histórico-político, y en concreto, en la Europa feudal de la alta Edad Media (los llamados «siglos oscuros»). Tras la consolidación del cristianismo, la llegada de las invasiones germánicas y la desaparición del Imperio Romano de Occidente, Europa queda sumida en un caos político que provoca que el cristianizado y moribundo imperio finalmente implosione en un mosaico de pequeñas y débiles unidades políticas, dominadas por señores feudales y obispos de la Iglesia. Al mismo tiempo, el continente queda condenado a un atraso social y cultural en el que desaparecen la filosofía, las ciencias y las religiones politeístas del mundo clásico, siendo todas ellas perseguidas y destruidas por la nueva religión monoteísta que ha logrado la hegemonía: el cristianismo. De este modo, la Iglesia Católica (con sede en Roma) queda como el único poder ideológico y cultural capaz de traspasar los límites de cada pequeño feudo gracias a su compleja red de obispados, a través de la cual puede llegar a cualquier rincón del continente con un mensaje propagandístico mesiánico, maniqueo, simplista e iconográfico, que se torna capaz de persuadir al conjunto de la población (iletrada y rural en su inmensa mayoría). Un mensaje que, además, se convertirá en la justificación moral de la nueva pirámide social (en cuya cúspide estarán la nobleza y el clero) y de todas las desigualdades, abusos y calamidades que sufre el conjunto del pueblo llano, al que se insta a aceptar con resignación los «designios de Dios». En resumen, es la alianza del Trono y del Altar, y el inicio del orden político feudal de fidelidades vasalláticas. Solamente el mundo pagano vikingo, con base en la zona norte de Europa (Escandinavia), escapará, al menos durante algunos siglos, al feudalismo y al cristianismo.

La Britania feudal en la que se enmarca el reinado de Ecgbert en la serie forma parte de dicho contexto. Se trata de una tierra rural y norteña, habitada por tribus anglosajonas, recientemente cristianizadas, y en la que Wessex no es más que el más meriodional de los pequeños reinos en los que se divide la isla, lo que le llevará, por lo tanto, a estar en constante pugna con sus vecinos del norte (Mercia y Northumbria). La llegada de las primeras incursiones vikingas, lideradas por Ragnar Lothbrok, no harán sino complicar aún más el complejo puzle político bretón. No obstante, el rey Ecgbert fue enviado de joven a la corte del emperador Carlomagno (el líder franco que de alguna manera trataba de restaurar la grandeza imperial), y su estancia en dicha corte imperial de Aquisgrán, se convertirá en un aprendizaje político de suma importancia para el joven príncipe, y una vez llegado al trono, inspirará su acción política, su lógica maquiavélica y sus deseos de gloria imperial al precio que sea necesario, incluso, como veremos, a costa de su propia alma. Su ambición, inspirada por Carlomagno, de tratar de fortalecer su poder como monarca con respecto a la nobles y a la Iglesia, ya la deja muy clara en una de las primeras conversaciones que tiene frente a unos condes y obispos críticos que susurraban a sus espaldas. «Decidme ahora, si os atrevéis, que he tomado una mala política para el reino; decidme ahora, si os atrevéis, que ya no merezco ser el rey de Wessex», les insta a responder desafiante, ante los cabizbajos y aterrados consejeros.

IV El Rey Ecgbert y la fascinación por el paganismo

Si algo define al rey Ecgbert es su fascinación por el mundo pagano (la forma cristiana de denominar a las religiones politeístas, tanto a la extinta religión grecorromana como a la recién llegada religión vikinga). En este sentido, su encuentro con el monje Athelstan (el cual es indultado «in extremis» por Ecgbert cuando estaba siendo crucificado por apóstata) resulta de gran provecho para su enriquecimiento cultural y sus aspiraciones políticas, ya que la situación del monje como «hombre entre dos mundos» (sacerdote cristiano adaptado culturalmente a la vida vikinga), y que además domina el latín, le permiten a Ecgbert encontrar un nuevo consejero, analítico y reflexivo como él, abierto de mente, y con el que puede tener fecundas conversaciones escépticas sobre religión y poder (algo impensable con el resto de sus súbditos, adoctrinados en el fundamentalismo cristiano).

Concretamente, una decisión política de Ecgbert germinará en base a dichas reflexiones con Athelstan: la recuperación, traducción y conservación de fragmentos y textos clásicos (considerados heréticos por la Iglesia) que Ecgbert ha ido rescatando y apilando en un aposento secreto de su palacio. De entre dichos textos, un fragmento de la «Guerra de las Galias» de Julio César, y su análisis del mismo junto al monje, permitirá a Ecgbert armar una estrategia para derrotar, contra todo pronóstico, a Ragnar Lothbrok y a su poderoso ejército vikingo en combate. «Siempre imaginando, siempre aprovechando el terreno, siempre teniendo todo en su mente», susurra Ecgbert mientras Athelstan traduce las palabras de César.

No obstante, Ecgbert ya sentía una gran admiración por sus antepasados romanos paganos desde antes de la llegada de Athelstan, como demuestra el hecho de haber instalado su corte en las ruinas de unas termas romanas, las cuales usa para el placer hedonista y como lugar de reuniones diplomáticas, en un claro homenaje a la vida social romana, carente de tabúes relacionados con el pudor (Ecgbert se baña desnudo en las termas, y aprovechando su condición de rey, no tiene reparos en invitar a las mismas a consejeros, obispos y aliados, incluyendo al propio Ragnar). De hecho, pondrá fin a su vida suicidándose en dicha terma (en un claro homenaje al Senado Romano), enfrentándose de nuevo a la moral cristiana, la cual considera al suicido como un terrible pecado que condena directamente al infierno.

Al mismo tiempo, y fruto también de sus conversaciones con Athelstan, Ecgbert comienza a sentir una gran fascinación hacia la libertad y dinamismo de la que gozan los vikingos, en contraste con el férreo dogmatismo y puritanismo de la religión cristiana. En su amistad con Ragnar (no exenta de traiciones) o en su fugaz relación con Lagertha (a la que admira por ser al mismo tiempo mujer, guerrera y líder política, algo inconcebible en el mundo cristiano), muestra constantemente su fascinación hacia la vida de dichos misteriosos hombres y mujeres del norte, lo que le lleva, por ejemplo, a preguntar por sus dioses Odín, Thor y Freya o por su manera de resolver las disputas jurídicas. Dicha fascinación y curiosidad por el mundo pagano nórdico, le llevará incluso a asistir a un sacrificio ritual vikingo para asegurar las buenas cosechas, cuya explosión de sangre, fuego y espiritualidad le hace conectar, una vez más, con el recuerdo del paganismo romano que él añora. «¡Sus dioses paganos les permitían conocer y dominar el mundo!», exclama con una mezcla de fascinación y envidia Ecgbert, durante una conversación con Athelstan en la que contemplan unos hermosos mosaicos grecorromanos. «La terrible realidad es que hemos perdido muchos más conocimientos que los que hemos adquirido», añade acto seguido, en referencia a todo el caudal de conocimiento literario, filosófico, científico y tecnológico que han perdido por culpa del cristianismo y su visión rigorista, maniquea y apocalíptica de la sociedad. En el siguiente enlace puede verse y escucharse en su totalidad el interesante diálogo entre ambos personajes.

V El Rey Ecgbert y las intrigas palaciegas

La política interior del rey Ecgbert va en todo momento encaminada a la consolidación del poder real en detrimento de la nobleza y del clero. Debido a ello, utilizará la llegada de los vikingos y su aparente hospitalidad hacia los nórdicos, como estrategia para enfrentar a los nobles entre ellos y para escandalizar a parte del clero (ya que muchos sacerdotes, consideran una blasfemia el pactar con infieles paganos). Ello le permite, desenmascarar a los condes y obispos contrarios a sus políticas, y que por lo tanto, podrían conspirar contra él.

No obstante, terminara necesitando una excusa para deshacerse de ellos, y dicha excusa, la encontrará al orquestar en secreto (junto a su hijo y heredero Aethelwulf) una maquiavélica traición hacia Ragnar, una vez que él líder vikingo y sus guerreros han zarpado desde la costa y abandonado su reino. Ecgbert entonces envía a Aethelwulf a masacrar el asentamiento campesino nórdico en Wessex, y éste, recluta a los nobles más belicosos hacia los vikingos para llevar a cabo dicha contundente acción. Entonces, a su regreso, Ecgbert finge estar escandalizado por la cruel matanza, y acusa de alta traición a Aethelwulf y a los nobles y obispos implicados, al haber roto un tratado de paz con Ragnar Lothbrok (Ecgbert entregaba tierras de cultivo a los vikingos a cambio de ayuda militar), un tratado firmado además por él personalmente, y que por lo tanto, les hace acreedores de la pena capital (aunque posteriormente, ya a solas, Ecgbert abraza a su hijo y le felicita por la excelente interpretación que ambos han llevado a cabo). De este modo, Ecgbert, con un sólo movimiento, ha descabezado a la cúpula de la oposición interna y ha fortalecido su posición y la de su linaje en el trono de Wessex. El siguiente video muestra la fabulosa escena en su integridad.

No obstante, Aethelwulf, generalmente es más bien una víctima que un cómplice de las intrigas cortesanas de Ecgbert, ya que en varias ocasiones ha de ver como el rey le desprecia (ridiculizándole en público, tomando a su esposa como amante u obligándole a aceptar a su hijo bastardo) y pone en peligro su vida (enviándole como emisario, e incluso como rehén, en delicadas misiones diplomáticas con reinos anglosajones vecinos o incluso con vikingos). Todo ello forma siempre parte de la acción maquiavélica de Ecgbert, para confundir y despistar a sus enemigos, y como parte de una estrategia aún mayor qué solamente él conoce, ya que para Ecgbert no hay amigos, ni siquiera familiares, solamente intereses políticos y juegos de poder. «Yo no tengo amigos, se vive mejor», clama con satisfacción el rey Ecgbert cuando Aethelwulf le pregunta escandalizado por qué planea traicionar a uno de sus amigos y aliados.

VI El Rey Ecgbert y la política exterior

Peto sin duda, es la política exterior de Ecgbert la que articula sus más ambiciosos planes, y gira en torno a tres ejes: la anexión del reino de Mercia, el aislamiento del reino de Northumbria y la política de equilibrios con los vikingos, ya que éstos últimos, servirán a sus maquiavélicos planes respecto a los dos primeros. De todos modos, ambas empresas tienen una única finalidad en la mente de Ecgbert: unificar toda Britania y ser así nombrado Bretwalda (rey de todos los anglosajones).

Mercia, su vecino directo, es un reino sumido en el caos debido al estallido de una guerra civil interna entre varios pretendientes al trono. Ecgbert, que desea anexionarse dicho reino, aprovecha la debilidad del mismo para ir ganando influencia poco a poco, y finalmente, asestar el golpe definitivo. En primer lugar, Ecgbert apoya a Cwenthryth (una de las candidatas al trono de Mercia), y para asegurar su victoria en la contienda interna, envía a un ejército mixto compuesto por tropas de Wessex (lideradas por Aethelwulf) y tropas mercenarias vikingas (lideradas por Ragnar). Dichos poderosos ejércitos le permiten derrotar con relativa facilidad a los restantes pretendientes al trono, y de ese modo, coronar a Cwenthryth como nueva reina de Mercia, la cual obviamente pasa a convertirse en su títere. Pero Ecgbert no va a conformarse solamente con controlar el reino de forma indirecta, y sabiendo que la excéntrica reina es muy impopular y que tarde o temprano estallará una nueva revuelta contra ella, esperará a que dicho motín tenga lugar y enviará entonces a su hijo Aethelwulf a salvar a la reina títere antes de que resulte ejecutada por los rebeldes. La reina, exiliada en Wessex, suplica entonces al rey Ecgbert que envíe nuevamente a su ejército para aplastar la rebelión. Ecgbert, con la excusa de complacer a la reina destronada, accede a su petición. Sin embargo, Ecgbert ha urdido un nuevo plan secreto para apoderarse directamente de Mercia al margen de Cwenthryth, el cual consiste en aliarse con un poderoso noble (con el nombre en clave de «W») que aún controla a poderosas tropas del vecino reino en descomposición (huestes que no apoyan ni a la reina destronada ni al consejo rebelde) y persuadirle de que un rey externo y poderoso como él es la única solución para acabar con la guerra civil en Mercia. Dicho noble, «W», suma finalmente su ejército al de Ecgbert, lo que permite al rey acabar facilmente con el consejo rebelde. Una vez capturados, sus miembros son ejecutados, no sin antes ser obligados mediante tortura a colocar sus firmas en los nuevos documentos que formalizan su renuncia a la corona en favor de Ecgbert, lo que legitima al rey de Wessex como nuevo rey de Mercia. La conjura de Ecgbert ha resultado exitosa. «Como verás, la estrategia es legal y los documentos vinculantes, a los ojos de los hombres y de Dios» proclama Ecgbert con satisfacción ante la rabia y la ira de Cwenthryth, confesando su traición y el éxito de su conjura.

En cuanto a Northumbria, si bien Ecgbert no llega a anexionarse dicho reino completamente, sí que lo contempla como un plan a largo plazo, y para ello, no duda en utilizar momentáneamente a su rey tanto para sus planes en Mercia como para luchar contra los vikingos, pero inmediatamente después, le traiciona sin ningún miramiento. El rey Aelle, con una personalidad débil y una ideología fundamentalista cristiana, no es más que la antítesis de Ecgbert, y por ende, resulta fácilmente manipulable por el Maquiavelo de Wessex. En primer lugar, Ecgbert forja una alianza con él mediante la concertación de un matrimonio entre su hijo y heredero Aethelwulf y la hija del rey Aelle, Judith, y acto seguido le persuade para enviar tropas de Northumbria a combatir al lado de las de Wessex, con el fin de repartirse Mercia a medias, manteniendo a la reina Cwenthryth como títere de ambos monarcas. Sin embargo, Ecgbert no comunica a Aelle su conjura secreta para deponer a Cwenthryth, y cuándo éste finalmente la descubre, ya solamente puede aceptar el hecho consumado y contemplar con recelo la ceremonia de coronación de Egcbert como rey de Wessex y Mercia. «Tenéis razón Rey Aelle, algo ha cambiado, pero la vida es cambio y si uno no cambia se queda atrás. Lo que ayer parecía cierto y real hoy ya no es cierto ni real, y a veces, hemos de aceptarlo. Ayer, vos y yo firmamos esa alianza entre iguales, pero hoy, como podéis ver, ya no somos iguales. Debéis acostumbraros», sentencia con una maquiavélica sonrisa Ecgbert a su antiguo aliado Aelle, mostrándole como los amigos del ayer pasan a convertirse en enemigos hoy, y cómo los pensamientos político-religiosos dogmáticos, están condenados a mantenerse en el pasado y a no poder hacer frente a los cambios del presente.

Finalmente, respecto a los vikingos, Ecgbert (independientemente de su fascinación por el paganismo) destaca desde un primer momento la extraordinaria potencia en combate de los nórdicos (despiadados y diestros guerreros que luchan por asegurarse un lugar en el Walhalla junto a los dioses, y que por lo tanto, no temen a la muerte), la cual tal vez pueda utilizar en su beneficio. Por ello, invita a su líder Ragnar a parlamentar diplomáticamente en su terma romana, ambos desnudos bajo el agua, con el fin de analizar su psicología y detectar así las verdaderas intenciones de los nórdicos. Cuando Ragnar le confiesa que lo que realmente desea no es continuar saqueando, sino tierras de cultivo para su pueblo, Ecgbert ve la oportunidad de llegar a un acuerdo con los vikingos, un acuerdo beneficioso para él y sus planes futuros. Pero antes, les planta cara en batalla y logra derrotarlos militarmente (gracias, como vimos, a la lectura de las estrategias de Julio César), con lo que les hace comprender que les costará mucho fundar y mantener un asentamiento en Wessex si no cuentan con el consentimiento del rey. Retomadas las negociaciones, Ecgbert accede a otorgarles legalmente tierras para que funden dicho asentamiento, a cambio de que Ragnar y sus mejores guerreros combatan junto a él en Mercia para entronizar a Cwenthrith como reina títere, al tiempo que seduce y persuade a Lagertha con su apuesta decidida por el éxito de la colonia nórdica para que vikingos y anglosajones puedan convivir juntos. Sin embargo, una vez completada la misión, y retornados Ragnar y Lagertha a tierras escandinavas, Ecgbert entiende que ya no necesita a los nórdicos, y como vimos anteriormente, masacra el asentamiento vikingo sin miramientos para culpar posteriormente de ello a los nobles y obispos fundamentalistas que se oponían a su tratado de amistad entre cristianos y paganos. «Lo siento, reconozco que aquello no estuvo bien, pero todo formaba parte de un plan más amplio, tú no lo entenderías», le confiesa Ecgbert a Ragnar años más tarde, dando a entender que su traición no se debió a un odio hacia los vikingos, pueblo al que admira, sino como parte de una estrategia de mayor complejidad para acabar con la propia oposición interna en Wessex.

En resumen, mientras Aelle consideró desde el primer momento a los vikingos como una encarnación del demonio y proclamó combatirlos hasta el fin, Ecgbert, mucho más pragmático, no tuvo inconvenientes en aliarse momentáneamente con ellos para utilizar sus tropas en Mercia, lo que contribuyó a que Ecgbert fuese extendiendo su influencia sobre el vecino reino mientras Aelle quedaba atrás. Una vez ejecutada su conjura, Ecgbert tampoco tuvo reparos en traicionar tanto a Aelle como a Ragnar, demostrando que en su visión política maquiavélica, los aliados no son más que compañeros momentáneos. En una magistral escena, Ecgbert habla con Dios, y desafiante le dice: «Señor, tu reino no es de este mundo, pero mi reino sí que es de este mundo, y cenaría con el mismísimo diablo si él me ayudase a lograr mis objetivos».

VII. El Rey Ecgbert y la sucesión dinástica

Como dijimos, el maquiavelismo no necesariamente ha de ser amoral (algo que los tiburones capitalistas de la actualidad tienden a proclamar para justificar sus egoístas intereses, exclusivamente empresariales, con lecturas e interpretaciones parciales y manipuladas de «El Príncipe»). El maquiavelismo político puede tener una finalidad ideológica e incluso ética para con el bien común muy sincera, pero considera que dicha ética debe reservarse siempre para el fin, no para el camino que ha recorrerse hasta llegar a dicho fin. Y en este sentido, el rey Ecgbert tiene bien claro que todo lo que hace (incluido el condenarse eternamente al infierno) es para ser nombrado Bretwalda y lograr la unidad política en Britania, en aras de legarle a sus descendientes un reino unificado, pacificado, poderoso y libre de amenazas exteriores.

A pesar de sus continuas humillaciones y desprecios hacia él, Aethelwulf es, en principio, el heredero directo de Egcbert, y por lo tanto, el que recibirá el legado del Maquiavelo de Wessex. Ecgbert por un lado desprecia la simpleza, la mojigatería y el fundamentalismo religioso de Aethelwulf, pero al mismo tiempo, admira su rectitud, su nobleza, su lealtad y su seguimiento estricto de los mandamientos cristianos. Hay un interesante diálogo entre ellos, a propósito de la planificación de la campaña de Mercia, en la que Aethelwulf quiere confiar en la sinceridad de un supuesto confidente, y Ecgbert entonces, le previene: «Si en algún momento ves el menor atisbo de traición en él, no pienses como lo harías tú, sino piensa como lo haría tu padre, y mátalo sin piedad».

No obstante, en la mente de Ecgbert, Aethelwulf no debe ser más que un rey de transición, ya que es su nieto Alfred (nieto político mejor dicho, ya que en realidad es hijo de Athelstan y no de Aethelwulf), su verdadero candidato al trono. Ecgbert piensa que Athelstan (el verdadero padre de Alfred) le ha transmitido a su hijo su mente abierta, inteligente y escéptica (semejante a la de Ecgbert), y que por ello, debe de ser él el monarca destinado a consolidar sus conquistas y engrandecer aún más el reino. Por ello, Ecgbert protege desde un comienzo a Alfred y a su madre Judith (a la que toma como amante), y en los años finales de su vida, dedica su tiempo casi en exclusiva a la educación de Alfred, para que sea un digno sucesor de él. Para ello le envío de peregrinación a Roma a conocer al Papa de la Iglesia, le instruye en el arte de la política, le enseña a jugar al ajedrez para aprender estrategia militar, y en última instancia, le hace conocer a Ragnar y a su hijo Ivar «Sin Huesos», para que comprenda la necesidad de llegar a acuerdos con los vikingos, ya que a pesar de la traición que perpetró, Ecgbert considera que la alianza anglosajona-vikinga era «una buena idea en un mal momento», tal como le termina confesando a Ragnar.

Volviendo al maquiavelismo político, hay una escena en la que se ejemplifica claramente ese permanente empeño de Ecgbert por enseñar a Alfred a prevenir la traición y desconfiar de cualquier aliado, y por ende, nos muestra las esencias de dicho enfoque político. Ecgbert persuade a Alfred para que beba vino, una copa detrás de otra, a pesar de que Alfred no quiere más. Ecgbert, utiliza como excusa que él también está bebiendo vino, y que sería poco educado no acompañar a su abuelo. Finalmente, Alfred acaba ebrio, y Ecgbert entonces, sonríe mientras muestra su copa y derrama el líquido que contenía, agua, confesándole a Alfred que mientras él se embriagaba de vino, su abuelo le estaba engañando y en realidad solamente estaba bebiendo agua. «Nunca permitas que ninguna persona influya en tí, y menos aún, personas como yo. Piensa siempre lo que quieras y haz siempre lo que debas», sentencia Ecgbert en una magistral lección de «realpolitik» y en uno de los diálogos más interesantes de la serie. A través del siguiente enlace puede visionarse la escena completa.

Finalmente, la última lección que Ecgbert le enseñará a Alfred, ya a título póstumo, será un nuevo ardid para engañar a los vikingos, el cual además incluirá su propio sacrificio como precio a pagar. Cuando el gran ejército vikingo, liderado por los hijos de Ragnar, se aproxima imparable hacia la capital de Wessex exigiendo venganza por la muerte de su padre, Ecgbert evacua a Alfred, Judith y Aethelwulf, pero él mismo renuncia a huir, y para evitar el colapso del reino, abdica en favor de Aethelwulf, el cual es coronado rey en una rápida ceremonia antes de la huida de la corte en un carruaje. Una vez su familia ha sido puesta a salvo, Ecgbert se queda solo en palacio esperando la inevitable llegada de los vikingos, y una vez éstos irrumpen en la fortaleza, Ecgbert accede a entregarles nuevamente tierras de cultivo de forma legal y a cambio solamente solicita que se le permita elegir la forma de morir. Sin embargo, los vikingos desconocen que Ecgbert ya ha abdicado en favor de su hijo y heredero Aethelwulf, por lo que el documento que firma, no es vinculante jurídicamente en ningún caso. De este ingenioso modo, Ecgbert ejecuta su última jugada política, y acto seguido se suicida en la terma romana, muriendo con la grandeza de un auténtico emperador romano ante la atónita mirada de los vikingos, que desconocen que han sido, nuevamente, piezas utilizadas en el complejo tablero de ajedrez político de Ecgbert. Toda una lección de estadista que Alfred jamás olvidará.

En resumen, el maquiavelismo político combina inteligencia y conocimiento, escepticismo y amplitud de miras, estrategia y táctica, pragmatismo en los medios pero idealismo en el fin. En este sentido, el rey Ecgbert de Wessex (al menos, el personaje representado en la serie de ficción «Vikings») nos enseña a adentrarnos en los oscuros bosques de la intriga, de la diplomacia, de la persuasión y del poder, como único sendero disponible para sobrevivir en la tenebrosa contienda política. Al mismo tiempo, la ficción medieval remasterizada por la postmodernidad, imbuida de complejas intrigas palaciegas, fértiles diálogos filosóficos, oscuras estrategias políticas e implacables decisiones de estadista, nos sirve para realizar un interesante ejercicio de extrapolación sociológica, en aras de tratar de comprender mejor el complejo, poroso e incierto orden mundial del siglo XXI. Dicho de otro modo, las lecciones políticas que nos enseña el rey Ecgbert, temido y amado, odiado y admirado, inquietante y fascinante, seductor e implacable, pueden sernos de valiosa utilidad en la práctica política y la lucha por nuestros ideales en este particular «nuevo medievalismo» que nos ha tocado vivir.

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