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El reto presente y futuro del socialismo andaluz

Sergio Valenzuela cobo
Soy de Pegalajar, un pueblo de Sierra Mágina en la provincia de Jaén, donde la cultura del agua y el AOVE se funden en un mar frías aguas que descienden por tierras centenarias excavadas en la roca. Millennial porque mi nacimiento pilló en esas primeras fechas del año 87 del siglo pasado y Abogado por absoluta vocación de servicio a la Justicia. Escribo artículos de opinión en varios medios por el simple hecho de disfrutar de un derecho que antaño tan caro fue pagado. Me gusta escribir y disfrutar el regalo de la vida, acompañado siempre de una buena música y una gran sonrisa.
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La historia de la humanidad está salpicada de grandes hitos que han marcado el devenir de las sociedades que les han sido coetáneas. En la actualidad, nos estamos adentrando en un nuevo hito que marcará el devenir presente y futuro de las sociedades que se rigen por democracias parlamentarias y constitucionalistas, que no es otro que el resurgir de viejos idealismos extremos que no hacen más que confrontar a la sociedad y poner en riesgo el equilibrio democrático necesario para el correcto desarrollo de las naciones. Es una obviedad que la socialdemocracia en los países avanzados está sufriendo un notable retroceso en detrimento de esos ideales extremos y populistas que comprometen la viabilidad de todos aquellos logros sociales y económicos conquistados, y que han dado lugar a unas cotas democráticas nunca antes alcanzadas a lo largo de nuestra historia.

El socialismo de nuestro país, durante el periodo democrático que precede a nuestros días, ha ido tejiendo unas políticas sociales e inclusivas de gran calado que han propiciado la democratización de numerosos servicios que siempre han estado en manos de la élite clasista de nuestro país, convirtiéndolos en un derecho de la ciudadanía. Así ha ocurrido, por ejemplo, con la educación. Y es en esta materia, relacionada con el empleo, donde entiendo que radica el principal reto del presente y del futuro del socialismo andaluz.

El acceso universal a la educación primaria y las facilidades dadas por las autonomías para acceder a unos estudios superiores (véase la política de becas de la Junta de Andalucía durante las últimas décadas) han marcado a las generaciones democráticas de nuestro país. Hoy en día, un altísimo porcentaje de jóvenes son titulados universitarios, lo que ha provocado una feroz competitividad en el mundo laboral cualificado. Por lo tanto, la ecuación es clara, a mayor competitividad, mayor mercado de trabajadores a escoger por las empresas y mayor es el número de empleos basura ofertados. Y es que, la democratización y la universalización de la educación han provocado que la alta formación académica sea un valor que cotiza a la baja en demasiadas ocasiones, pues el mundo empresarial se surte de una legislación laboral que propicia la explotación y el abuso de becarios y minimiza los contratos profesionales de trabajadores cualificados con unas condiciones dignas.

Como consecuencia de todo ello, el socialismo ha creado, con sus políticas sociales e inclusivas, una nueva clase social nunca vista en la historia del movimiento obrero. Se trata de una clase social joven, muy cualificada y experta en las distintas áreas del conocimiento humano, que se encuentra desempleada, que tiene que emigrar, que es explotada y, en definitiva, se encuentra en la más absoluta precariedad laboral. El socialismo, durante las últimas décadas, se ha preocupado en crear, de un modo efectivo, una sociedad formada, pero no ha reparado en culminar esa misión que garantice el desarrollo profesional y personal de aquellos que han aprovechado la injerencia positiva del Estado en la educación. Esos jóvenes, con infinidad de títulos a sus espaldas y considerados como la generación mejor preparada de nuestra historia, son caldo de cultivo para la abstención, ya que han sido olvidados por las políticas inclusivas de la izquierda una vez el Estado ha llevado a cabo su formación. Todo ello supone un gran reto para el Partido Socialista en Andalucía, pues se trata de volver a conectar ideológica y electoralmente con unos jóvenes que son producto de un ideal social del que el Partido Socialista ha de ser el máximo garante, porque un empleo digno conlleva el establecimiento de unas bases sólidas para la irrupción de nuevas conquistas sociales y libertades personales en nuestra tierra.

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Las elecciones autonómicas del pasado dos de diciembre supusieron un gran aviso para el socialismo andaluz y para toda la línea de defensa de sus políticas llevadas a cabo durante las últimas décadas. La irrupción de ideas extremas no ha sido la causa de la pérdida del gobierno, sino su consecuencia. La causa no ha sido otra que la falta del apoyo electoral refugiado en la figura de la abstención y el Partido Socialista tiene la obligación de desgranar el motivo de ésta para impulsar de nuevo un modelo, no ya autonómico, sino de Estado, en el que todos tengan cabida.

Las nuevas generaciones de políticos que vienen y las que están por llegar, han de portar, necesariamente, un perfil más técnico y menos político, pues se trata del reflejo de la propia sociedad en la que vivimos instalados y que cada vez está más especializada en las distintas áreas del conocimiento. El constante desapego hacia la política por parte de la juventud viene propiciado, fundamentalmente, por la falta de entendimiento entre la clase política clásica y la sociedad civil a la que intenta representar, creando muros que aparentemente son infranqueables. Esos muros tienen que ser derribados, no solo por la sociedad civil que debe coger las riendas de su devenir, sino también por los políticos verdaderamente comprometidos con el desarrollo de la sociedad a la que representan.

El socialismo andaluz está pidiendo a gritos que se empiecen a dar los pasos necesarios para fabricar esa conjunción y sintonía que marquen un futuro inclusivo y próspero para las clases sociales olvidadas y que representan la abstención electoral. El reto marcado no es más que una oportunidad de presente y de futuro que la sociedad debe valorar si, lo que se desea, es preservar y desarrollar las conquistas sociales y económicas conseguidas hasta la fecha.

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