Los recientes ataques en Estados Unidos contra varias comunidades judías y la profanación de varios cementerios hebreos en Europa vuelven a poner de actualidad un fenómeno que nunca había desaparecido en nuestras sociedades: el antisemitismo.

El odio al judío es algo tan antiguo casi como la existencia misma de Europa, pero está indisolublemente ligado al cristianismo. Durante siglos la jerarquía cristiana consideró a los judíos como los responsables de la crucifixión y muerte de Jesucristo y hasta una fecha tan cercana como 1965, durante el Concilio Vaticano II, mantuvo estas duras acusaciones que justificaban la violencia racial contra los judíos desde los púlpitos.

La Iglesia católica alentó, difundió y fomentó el antisemitismo desde las más altas instancias y jerarquías sin importar las consecuencias de impartir tales doctrinas. El cristianismo, además, estaba asociado al poder de los Reyes en la Edad Media y si bien el discurso antisemita lo aportaban los padres de la Iglesia, eran los gobernantes los que utilizaban la espada para expulsar a los judíos de sus países. Hay numerosos casos a lo largo de la historia que muestran a las claras estas expresiones de odio hacia los judíos.

Mención aparte esta historia de intolerancia y persecución contra los judíos es el caso de Lutero. Sin andarse por las ramas y ajeno a ninguna contención moral, Lutero transforma el antisemitismo pasional y oral en una suerte de ciencia religiosa que parte desde los púlpitos hasta los creyentes. En 1543, Lutero publicó Sobre los judíos y sus mentiras, obra en la que llega a afirmaciones como que los judíos son un pueblo «abyecto y despreciable, es decir, no un pueblo de Dios, y su jactancia de linaje, su circuncisión y su ley deben ser considerados sucios»; y están manchados con «las heces del diablo (…) en las que se revuelcan como cerdos». En este libro Lutero parece incluso preconizar su asesinato anticipándose a los nazis, cuando escribe: «Seremos culpables de no destruirlos”.

Del nazismo al holocausto

En 1933, los nazis, con Adolf Hitler a la cabeza, llegaban al poder democráticamente, a

través de las urnas, y es el fin del sistema democrático alemán, prohibiéndose los partidos políticos, los sindicatos, toda forma de oposición y los medios adversos al nuevo régimen. También comienzan las prohibiciones y medidas antisemitas en Alemania que tendrán como corolario final la Noche de los Cristales Rotos. En la noche del 9 de noviembre de 1938 hubo un estallido de violencia contra los judíos en todo el Reich. Parecía imprevisto, provocado por la furia de los alemanes por el asesinato de un funcionario alemán en París en manos de un adolescente judío, pero en realidad, el ministro de propaganda alemán Joseph Goebbels y otros nazis habían organizado cuidadosamente los pogroms. En dos días, más de 250 sinagogas fueron quemadas y más de 7.000 comercios de judíos fueron destrozados y saqueados. Hubo 90 muertos en esos hechos. Al día siguiente de esos hechos, 30.000 judíos alemanes fueron detenidos y enviados a los campos de la muerte. Acababa de comenzar el Holocausto.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) tuvo fatales consecuencias para los judíos de Europa y otros pueblos o minorías puestos en el punto de mira de los nazis, como los gitanos, los polacos, los pueblos de la Unión Soviética conquistados y también para homosexuales, comunistas y otros adversarios de la maquinaría nazi. En total, unas veinte millones de personas morirían asesinadas por los nazis entre 1938 y 1945 con la ayuda, todo hay que decirlo, de los verdugos voluntarios de Hitler, entre los que tuvieron un especial protagonismo los húngaros, polacos, rumanos y ucranianos.

Europa tras la Segunda Guerra Mundial

Tras la Segunda Guerra Mundial, y todavía con las llamas humeantes de los horrores padecidos en la guerra, Alemania, junto con algunos de sus colaboradores extranjeros, se enfrentó en Núremberg a los fantasmas del pasado con el juicio a los principales responsables de los crímenes cometidos por los jerarcas nazis. El nazismo fue proscrito como organización política y como ideología en Alemania y otros países, pero las ideas no se borran tan fácilmente del pensamiento y el antisemitismo, como un virus durmiente que acecha en cuanto bajas las defensas democráticas, siguió presente en nuestras sociedades.

En 1946, una vez que Polonia estaba ya bajo la égida soviética y parecía que el continente volvía a la normalidad tras una cruenta y salvaje contienda mundial, se produjeron los incidentes de Kielce. En esa localidad polaca, ciudadanos de pie de todas las condiciones y edades lanzaron un pogrom en contra de los judíos sobrevivientes del Holocausto que regresaban a la ciudad el 4 de julio de 1946. Multitudes atacaron a los judíos después de que se propagaran rumores falsos sobre unos judíos que habían secuestrado a un niño cristiano, a quien habían intentado asesinar en un ritual. Los atacantes mataron a un mínimo de 42 judíos e hirieron, aproximadamente, a 50 más. Las acusaciones, por supuesto, resultaron falsas.

El antisemitismo nunca se había ido de Occidente, pervive entre nosotros, sino que perdió su vigencia y fuerza tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y el horroroso descrubrimiento de las terribles matanzas perpetradas durante el Holocausto (1938-1945). A partir de esos hechos tan trágicos y brutales, el antisemitismo subsiste bajo nuevos ropajes, puesto que avergüenza a sus partidarios, y se metamorfosea en variadas formas, como en antisionismo y el odio sin disimulo alguno hacia el nuevo Estado de Israel. Tanto la izquierda como la derecha alimentaron, muchas veces, ese odio hacia el nuevo Estado hebreo.

El nuevo revisionismo y la presencia del islam radical en Europa

Sin embargo, el antisemitismo sobrevivió y tuvo muchas manifestaciones en estos casi 75 años desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. En 1987, Jean Marie Le Pen, líder del partido Frente Nacional en Francia, asegura que los campos de concentración nazi son un «detalle histórico», suscitando una condena en una buena parte de su país y concitando el rechazo de casi toda la clase política gala.

Más tarde, en 1989, con la caída del comunismo y la emergencia de grupos de carácter fascista en Europa del Este, comenzaron a producirse en casi toda Europa ataques a cementerios judíos, profanación de tumbas, exhibición y difusión de materiales antisemitas y la aparición de esvásticas en lugares de culto judío. Se han producido ataques a cementerios judíos en Eslovaquia, Francia, Hungría, Moldavia, Polonia, Rumania y Ucrania.

Paralelamente a estos hechos, se hizo presente en Europa del Este una suerte de nuevo revisionismo, en el sentido de querer reescribir la historia sobre lo que había ocurrido en la Segunda Guerra Mundial y sobre el papel que habían tenido los húngaros, los polacos, los rumanos y los ucranianos, principalmente, en el Holocausto.

El caso francés

También en Francia, el pasado mes de febrero, el país vivió una gran conmoción cuando unos desconocidos profanaron 96 tumbas en el cementerio judío de Quatzenheim, donde pintaron unas esvásticas sobre las lapidas para después abandonar el recinto sagrado en total impunidad.

Ese virus letal del antisemitismo también ha contaminado hasta a los «chalecos amarillos», un grupo de protesta social en el que convergen militantes fascistas, islamistas radicales y un sinfín de especies de todos los pelajes y convicciones, pero que se definen a sí mismos como «antisistema». En una manifestación de este grupo en París, el intelectual francés de origen judío Alain Finkielkraut (París, 1949) fue víctima de insultos antisemitas por parte de los participantes a la marcha que lo llamaron «sucio hebreo» y le conminaron a marcharse de su país, en un hecho paradójico por la circunstancia de que quien se lo gritara era un inmigrante musulmán. «Lárgate de nuestro país», parece que le dijeron los integristas.

La pregunta que tenemos que hacernos, una vez asumamos la gravedad de los hechos que relatamos y conocemos, es hasta dónde puede constituir este antisemitismo una verdadera amenaza para la supervivencia de estas comunidades judías. Creo que de cara al futuro, y teniendo en cuenta el pasado trágico y reciente, en que primero los judíos fueron señalados y después atacados hasta el exterminio, es muy importante promover los valores cívicos y ciudadanos, defender la memoria histórica y concienciar, a través de los medios de comunicación y la educación, a las futuras generaciones de los riesgos que entraña este triunfo de la cultura del odio en nuestras sociedades. Porque no debemos olvidar que «el odio fue lo que construyó el camino hacia Auschwitz, y la indiferencia lo que lo pavimentó», tal como señalaba el ensayista Ian Kershaw en uno de sus últimos trabajos.

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2 Comentarios

  1. No se odia a los judíos sino a los sionistas, Los israelianos hacen bueno a Hitler con sus asesinatos de palestinos y el robo de sus pertenencias. Cabe decir que el «cristianismo» nos trajo todo ese terrorismo, el que hoy estamos sufriendo.Pero ahora es el, seguramente muy cristiano, terrorismo de Trump. Con las armas de que dispone cualquier excusa le vale para matar y aterrorizar pueblos y naciones. El mal que ja ha hecho al mundo será difícil reparar. No tomaras el nombre de dios en vano… No, en vano nunca se tomó pero como justificación a las atrocidades humanas si. La muy católica iglesia borbonica es, muy buen ejemplo de intelecto criminal.

  2. Me alegra leer un artículo tan bien escrito y sin faltas ortográficas: es algo inaudito hoy en día. También simpatizo con su denuncia. Con lo que no estoy de acuerdo es con su conclusión: estos remedios contra el odio son los que se han aplicado en Europa (especialmente en Alemania) a lo largo de décadas y no han logrado su objetivo. Creo que mientras no se explique a la gente cómo funciona el mundo en realidad, las reacciones viscerales y mal razonadas seguirán entre nosotros.

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