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El recurso del PP contra el vídeo de Iglesias denota que Ayuso tiene miedo a la unidad de la izquierda

Los populares intentan apartar al vicepresidente del Gobierno de la carrera electoral por Madrid

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El choque electoral del 4 de mayo en Madrid promete ser la madre de todas la batallas entre derechas e izquierdas. La campaña electoral se antoja encarnizada y feroz, con una Isabel Díaz Ayuso sacando su perfil más ultra y un Pablo Iglesias ajustando cuentas con más de uno, tanto a diestra como a siniestra. IDA no hace política sino espectáculo de vodevil, comedia o melodrama, según el día y el discurso que le haya escrito MAR la noche anterior. Ya se sabe que los madrileños son muy aficionados a la revista y están más orgullosos de su Broadway castizo de la Gran Vía que del Museo del Prado. Por eso adoran a Ayuso, que es la Lina Morgan del PP y gana elecciones soltando chascarrillos contra los rojos y un par de sencillas consignas trumpistas que el pueblo pueda memorizar, como eso del “que vienen los comunistas” que tanto gusta en la capital.

Vivimos tiempos extraños, la gente busca emociones fuertes, también en lo político. Aquí triunfa el estilo faltón y el que es capaz de soltar una burrada más grande que la del día anterior. Lo demás sobra. Todo eso, el heavy metal, el rock duro, se lo da IDA a su público, hay que reconocerlo. Recitando a Sócrates y a Platón no se llega a nada, todo lo más a un carajillo gratis en el Café Gijón acompañado de algunos aplausos de viejos intelectuales. Y si no que se lo pregunten al camastrón Ángel Gabilondo. El hombre intenta ponerle razonamiento, alta cultura y análisis filosófico a esto de la política. Ahí está su gran error. No epata porque habla otro idioma. No conecta ni lo entienden porque el emisor del mensaje y las masas están en tiempos distintos, quizá en dimensiones cuánticas diferentes. No lo escuchan porque es como un maestro con monóculo, tiza y pizarra del siglo XIX hablando para gente del futuro que ya no lee ni escribe nada, salvo algún que otro mensaje en Twitter con faltas de ortografía. Al final, lógicamente, la parroquia se abre aburrida en cuanto oye hablar del programa cuatrienial socialista, de la crisis del Estado de bienestar y del futuro de la izquierda, cuestiones que al hipotético votante le suenan tan lejanas y oscuras como la metafísica de Kant.

Gabilondo, pese a su valía y su talla intelectual más que contrastada, jamás llegará ni a presidente de su comunidad de vecinos por sí solo. Necesita del resto de la izquierda cainita y fragmentada. Quizá por eso, hasta ahora, IDA estaba tan tranquila, confiada y segura de que nadie le podía arrebatar el trono de su pequeño reino de Camelot, que en realidad es un paraíso fiscal, un Jersey a la madrileña. Sin embargo, algo ha cambiado tras la entrada en escena de Pablo Iglesias Turrión. El plan del líder morado para intentar reunificar a las izquierdas tiene a Ayuso, por primera vez en mucho tiempo, más que desconcertada. Ayer mismo, el PP interpuso una denuncia ante la Junta Electoral Provincial alegando que el vídeo en el que el vicepresidente del Gobierno anuncia su intención de presentarse como candidato a las elecciones madrileñas vulnera la normativa electoral y los principios de neutralidad, imparcialidad e igualdad. La denuncia apresurada de Ayuso solo puede interpretarse como un síntoma de preocupación, de inquietud cuando no de miedo, y demuestra que en las filas populares hay canguelo ante el movimiento de Iglesias. Salvando las distancias, y por utilizar el símil futbolero, el recurso del PP de Madrid es tanto como pedir penalti antes de que haya empezado el partido.   

Al igual que Gabilondo, el controvertido líder morado también es un intelectual, eso nadie lo discute. Pero el secreto de su éxito es haber conseguido traducir a Marx, a Trotski y a Gramsci al lenguaje del rap y de Facebook. Ahora ya no nos acordamos porque el año de la pandemia que hemos vivido nos parece un siglo, pero cuando Iglesias salía a las plazas a echar un mitin cautivaba al gentío, lo narcotizaba, lo hechizaba hasta tal punto que el público no veía a un señor con coleta subido a una tarima sino a un dios llegado de algún lugar para liberar a la tribu oprimida. Ahí está el secreto de la política, en la catarsis, en el carisma y en la capacidad de encantamiento más que en el contenido del discurso.

Pero este Pablo ya no es el mismo de antes. Un año formando parte de un gobierno es suficiente tiempo como para transformar a cualquiera. Buena parte de su poder de convocatoria se ha perdido y va a tener que emplearse a fondo para aglutinar a los partidos de izquierda. Su excamarada Errejón ya le ha dicho que Más Madrid no irá con Podemos en una lista única y Mónica García le ha advertido que las mujeres están cansadas de hacer el trabajo sucio para tener “que apartarse en los momentos históricos”. Le ha faltado poco para llamarlo macho alfa, patriarcal y machista, impensable en los años gloriosos de Vistalegre y los 71 escaños.

Está visto que el mito ha dejado demasiados cadáveres en el armario y muchos amigos por el camino, quizá también algunas ideas que antes parecían dogmáticas e inamovibles y que ahora, desde arriba, desde la atalaya del poder, se han relativizado sustancialmente. Ya dijo Bacon que es muy difícil hacer compatibles la política y la moral. Gobernar exige renuncias, a veces resignación y replanteamiento de los principios más sólidos y firmes. Y más cuando al lado se tiene a gente poderosa que ve el mundo con los ojos de los señores de la patronal y el Íbex 35 más que con los ojos del pueblo. Lidiar con esa fauna tiene que resultar extenuante, deprimente, agotador.

De ahí que el desafío de Iglesias en estas elecciones autonómicas no sea tanto contra Díaz Ayuso como contra sí mismo. Tras su experiencia de Gobierno, más traumática que fructífera pero convencido de que no ha perdido la magia, el líder podemita quiere volver a sus orígenes, al activismo social, a la calle. De alguna manera, Iglesias es como ese torero que tras una temporada en el dique seco por una cornada (la que le ha dado la realidad y el monstruo del poder) quiere volver a los ruedos para probarse con la muleta y constatar si sigue conservando la maestría con el estoque. O como ese pistolero de las películas del Oeste que tras sufrir una herida en la mano buena ensaya disparando contra una lata o un árbol para ver si sigue siendo el más rápido desenfundando en su particular Fort Apache. Si el héroe ha perdido el aura, el tirón y el favor de las confluencias y las clases obreras lo veremos en el primer mitin que dé en Vallecas, donde arrasaba no hace tanto. Puerta grande o enfermería, eso es lo que le espera antes de confirmarse si está para nuevas batallas o para la jubilación anticipada. Veremos.

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