‘-¿Nos volveremos a ver?, le pregunto mientras miro la foto de su boda encima del sinfonier.

-No, responde ella lacónicamente abrochándose de espaldas el sostén, recortando su esbelta silueta contra la ventana del balcón.

Hoy amanece nublado en París, la Ville lumière, y en esta casa de Montparnasse entra poca luz.

-Dime al menos tu nombre.

-No tiene importancia, mi nombre será este recuerdo, me dice, y con una hermosa sonrisa me mira de perfil con su oscuro peinado a lo Garçon y desaparece por la puerta.

Ocho años después la vida me llevó de nuevo a París, y estando una tarde tomando un café en una de esas terrazas de ensueño del barrio de Le Marais, de nuevo la vi, risueña y acompañada del hombre de la foto y otras personas. El tiempo se detuvo entre nosotros mientras lo demás se movía, y me volvió a mirar de la misma manera que cuando nos despedimos. Cuando se iban, una mano se posó tierna sobre mi hombro y una nota se deslizó suavemente sobre mi mesa, como las hojas de este otoño que comenzaba. La leí, y en letra apresurada pero elegante ponía, “Lorraine”.

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