Desde la instauración de la democracia en España, el PP no ha hecho otra cosa que frenar y torpedear los avances sociales. El partido fundado por Manuel Fraga llevó a cabo encarnizadas campañas de oposición contra cualquier tipo de desarrollo de los derechos civiles en nuestro país. En su día se opuso a la ley del divorcio, organizó manifestaciones callejeras contra el aborto y tachó el matrimonio homosexual de aberración que pretendía acabar con la familia tradicional. Aún está fresco en la memoria de los españoles aquel símil nefasto de “las peras y las manzanas” con el que Ana Botella se posicionó en contra de las bodas gais.

Hoy, lejos ya el humo de tantas batallas absurdas e inútiles, altos cargos del PP (ellos y ellas) se divorcian, interrumpen embarazos en clínicas médicas legalmente autorizadas y salen del armario para casarse felizmente con las personas del mismo sexo de las que están enamorados. Quiere decirse que el principal partido español conservador siempre ha estado ahí precisamente para eso, para tratar de evitar que España avance en el laicismo y en la aconfesionalidad del Estado, rompiendo con el yugo de un nacionalcatolicismo férreo y asfixiante que a lo largo de nuestra historia ha impedido cualquier tipo de avance no solo en lo social, sino también en lo político, en lo ideológico y en lo económico.

Pero lo que se vio ayer durante el debate de tramitación de la ley de eutanasia traspasó todos los límites de lo que cabe esperar de un partido supuestamente democrático. Cuando el portavoz adjunto del PP en materia sanitaria, José Ignacio Echániz, subió a la tribuna de oradores para referirse al “asunto financiero” que a su juicio supone la práctica de la eutanasia en España –acusando al Gobierno de Pedro Sánchez de poner en marcha la ley de muerte digna solo con el fin de “ahorrarse” un dinero de los presupuestos en pensiones y en dependencia–, los populares atravesaron un peligroso Rubicón. Todavía fue más espeluznante el argumento de Vox, que en su diarrea mental delirante cree que el Estado ha aprobado una poderosa “máquina de matar”.

De los de Abascal ya cabe esperarse cualquier salvajada o barbaridad, pero la deriva ultra de los de Pablo Casado resulta preocupante por lo que tiene de letal para la democracia. La desasosegante jornada de ayer en el Congreso de los Diputados coloca al Partido Popular como una formación al servicio de los sectores más retrógrados y reaccionarios de la Iglesia católica, que dicho sea de paso ya ha advertido que la ley impulsada por el Gobierno de coalición es un atentado a la moral y a la ley de Dios. Ese peligroso paso de los populares hacia el territorio religioso, hacia lo divino, apartándose de lo humano y de la opinión mayoritaria de la sociedad española (hasta un 80 por ciento de la población encuestada cree que el derecho a morir dignamente debe ser regulado) marcará un antes y un después en el futuro del PP.

En los últimos dos años, arrastrado por los vientos falangistas de Vox, el principal partido de la derecha nacional ha emprendido un viaje a ninguna parte, abandonando el centro político e iniciando una inquietante deriva hacia postulados propios de la extrema derecha. Esa es una decisión arriesgada que habrá que anotar en la hoja de servicios de Casado, o mejor dicho, de José María Aznar, que a fin de cuentas es quien maneja la dirección del partido en la sombra. Pero más allá del endurecimiento del discurso político hacia postulados propios de la dictadura franquista, quizá lo más preocupante de todo sea el tinte ultrarreligioso que está adquiriendo la formación de la gaviota. El Partido Popular ha optado por convertirse en el portavoz político de un catolicismo medieval, intransigente e inquisitorial que ya creíamos superado pero que por lo visto sigue tan vigente como en 1492. Desde ese punto de vista, Casado y sus huestes se alejan de lo que debería ser un partido conservador moderno, a la europea, y se acerca más a las teocracias del tercer mundo, véase Arabia Saudí o Irán, donde lo político y lo religioso se funden íntimamente hasta conformar un mismo proyecto de sociedad.

Tener que escuchar desde la tribuna del Parlamento de una democracia liberal como es España que el derecho de las personas a morir dignamente va contra las tradiciones y la ley de Dios, como se deduce de las palabras del tal Echániz, produce tristeza, desolación y miedo. Sobre todo mucho miedo. Con el discurso fanatizado y escolástico que ayer mantuvo el PP a propósito de la eutanasia la única pregunta que cabe plantearse ahora es cuánto tiempo vamos a tardar en ver a los ensotanados dirigentes del PP enarbolando crucifijos y santos, entre incensarios y botafumeiros, entre nubes narcotizantes de incienso y cantos gregorianos. Mal asunto cuando lo religioso impregna hasta el tuétano una organización política de carácter civil. Europa necesitó muchos siglos y guerras hasta sacar la religión de las instituciones y poderes del Estado. El PP por lo visto quiere volver a ese modelo teocrático donde los clérigos imponen la ley, la moral y las costumbres. Casado pretende recuperar la Inquisición, los autos de fe contra los médicos herejes que administren la bendita morfina al enfermo terminal, al Concilio de Trento y a los tiempos más oscuros del ser humano. Es la consecuencia directa de vender el alma al Diablo, o sea a Vox, el auténtico Anticristo de la democracia. Y todo por un puñado de votos.

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1 Comentario

  1. El PP se abraza al fundamentalismo religioso medieval. Como decían de los catalanes : la pela es la pela. Perece que no son solo los catalanes. Bueno, este conglomerado de gente bajo el síndrome de la corrupción institucionalizada, no le caben más cosas para subsistir a costa de los ciudadanos.

    Vox, que en su diarrea mental delirante cree que el Estado ha puesto en marcha una poderosa “máquina de matar”. Eso fue vuestro mentor franco. Criminal nato, asesino del que debiera ser su Pueblo. Sublevado contra la legalidad vigente y creador del mayor cementerio de humanos y razón.

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