El Partido Popular no dará un paso atrás en su estrategia de seguir acrecentando la leyenda negra de España en Bruselas. Pablo Casado se ha empeñado en presentar a nuestro país como la nueva Libia, el gran estado fallido de la UE, y va camino de conseguirlo. A estas alturas ya no cabe duda de que el líder del PP sabe más bien poco de cómo frenar una pandemia, aunque es un verdadero artista en el montaje político, el lawfare y el filibusterismo político. Su plan antiespañol −como ha denunciado en las últimas horas la vicepresidenta Carmen Calvo−, está perfectamente trazado y consiste en tres pilares fundamentales: que en España no se respeta la separación de poderes porque se ataca la independencia del Poder Judicial; que la libertad está siendo seriamente amenazada por el Nicolás Maduro ibérico (o sea Pedro Sánchez); y que las ayudas europeas a fondo perdido (el maná de los 140.000 millones para la reconstrucción de nuestro país por el covid) deben ser examinadas con lupa por los hombres de negro de Bruselas para que no terminen en el pozo de la corrupción o lo que es aún peor, en la financiación de las campañas electorales del PSOE.

En realidad todo es un inmenso disparate, un delirio, una patraña sobre otra patraña que pone en peligro las subvenciones oficiales tan necesarias para que España pueda salir de la crisis. En primer lugar, el Poder Judicial no está ahora mucho más amenazado que en los últimos cuarenta años de democracia, un período histórico marcado por las componendas de PP y PSOE en el reparto de los vocales del Consejo General del Poder Judicial. A nadie se le escapa que cada vez que el Partido Popular ha ostentado tareas de Gobierno ha controlado eficazmente la Fiscalía General, las fuerzas de seguridad y las cloacas del Estado. Casos como la operación Kitchen de espionaje al tesorero Bárcenas y el juicio con tintes inquisitoriales contra los principales líderes independentistas del “procés” son buena muestra de ello. Pero aún hay más. Tras su último descalabro electoral, el PP ha perdido influencia en el Parlamento, ya no es el mismo partido fuerte y robusto de antes, de ahí que se haya enrocado en el bloqueo institucional sistemático y en la férrea negativa a renovar la cúpula de la judicatura. Ahora que Sánchez intenta romper esa parálisis, Casado recurre a la Unión Europea rasgándose las vestiduras. La frenética campaña emprendida por el líder del PP para que Bruselas meta a España en el saco de los llamados “países gamberros” del viejo continente, como Polonia y Hungría (dos estados claramente influidos por partidos de ideología de extrema derecha donde los derechos y libertades están seriamente cuestionados) es sencillamente delirante.

En segundo término está el desesperado intento de Casado por crear la ficción de que España es la Venezuela de Europa, un lugar dejado de la mano de Dios donde unos melenudos bolivarianos vestidos con chándal campan a sus anchas, puño en alto, por las calles de España. Cualquiera que tenga un balcón a mano para asomarse puede comprobar que no hay barricadas ni contenedores ardiendo por ningún lado y que el ambiente político español es cualquier cosa menos prerrevolucionario o precomunista. Ningún embajador o alto funcionario de la UE en sus cabales ha enviado informe alguno a Bruselas alertando sobre la supuesta deriva roja en España, y no lo ha hecho sencillamente porque todo es un bulo de Casado que sirve para enardecer los ánimos de los “cacerolos” y Cayetanos prestos a defender sus privilegios de ricos y poco más.

Y en último lugar, en cuanto al infundio profusamente extendido por el jefe de la oposición acerca del riesgo de que las cuantiosas ayudas europeas puedan terminar en los bolsillos de los corruptos −en lugar de inyectar plasma y oxígeno a la economía española−, qué más se puede decir a estas alturas. Ahí está la sentencia del Tribunal Supremo recién salida del horno que acaba de ratificar fuertes condenas para altos cargos del PP por el caso Gürtel, el asunto de corrupción más grave en cuatro décadas de democracia. Si ha habido un partido que ha hecho del dinero público un constante chanchullo y un butroneo a manos llenas ese ha sido el que tiene su sede en Génova 13.

Es obvio que Casado ha convertido el Partido Popular en una prodigiosa y formidable maquinaria de demagogia y montaje que funciona a pleno rendimiento. Ayer mismo la portavoz del PP en el Congreso, Cuca Gamarra, respondía a unas declaraciones de Carmen Calvo, que calificaba las maniobras casadistas en Europa de “vergüenza enorme”, al tiempo que acusaba al sucesor de Rajoy de hacer “antiEspaña y antipatria”. La reacción del aparato propagandístico popular no se hizo esperar. “Vergüenza la que siente Europa y muchos socialistas al ver la propuesta PSOE-Podemos para controlar el Poder Judicial”, escribía Gamarra en un tuit. “Defender nuestro sistema democrático frente a su propuesta es defender la España que queremos. No daremos un solo paso atrás”, advertía la número 1 en el Congreso de los Diputados. En la misma línea se pronunciaba la portavoz del PP en el Parlamento Europeo, Dolors Montserrat, quien replicó que la “antiEspaña” y la “antipatria” que denuncia Calvo “es pretender liquidar la separación de poderes socavando la independencia judicial” o “pactar con aquellos que quieren romperla”.

Todo lo cual nos lleva a concluir que el PP se ha echado al monte europeo y su estrategia política va a seguir siendo la misma que hasta ahora, o sea resucitar la leyenda negra antiespañola y difundirla entre los jerarcas holandeses. Cualquier día vemos a Casado enviando epístolas a Ursula von der Leyen para culpar a Sánchez de la sangrienta conquista de Flandes y Países Bajos, del secular maltrato a los indígenas de las colonias, de la persecución de los liberales, de la Inquisición (ahora chavista), de la expulsión de los judíos y hasta del desastre de la Armada Invencible. Ya no cabe la menor duda: como estadista Casado vale poco, pero como creador de novela histórica de ficción no tiene precio. Se conoce que ha leído a Pérez Reverte.   

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