Poco comprendido, pero usado hasta la saciedad, el concepto de populismo entró en el vocabulario político español en la primavera de 2014 cuando Podemos nació, creció y se expandió de manera fulgurante. Entonces, se decía, Podemos había logrado conectar con el sentido común de los ciudadanos, articular políticamente su rabia y disputar con los partidos dominantes aquellas palabras que cimentaban el consenso político español. El partido de Pablo Iglesias era en aquel momento un poderoso vehículo en el que se podían subir los españoles para expresar y compartir sus quejas, articularlas y darles una dirección política siguiendo el esquema casta/gente. Tanto fue así que en canciones y círculos proliferó un deseo (“que el miedo cambie de bando”) y una constatación (“el miedo ya está cambiando de bando”).

Cinco años después no resulta banal preguntarse si el populismo (como el miedo) ha cambiado de bando. Porque el partido de Santiago Abascal está tocando con mejor melodía las teclas de un discurso que lleva instalado en España casi dos décadas. Suele decirse que la derecha, cuanto más radicalizada está, más inmovilista es. Se repite que es nostálgica, que adora al pasado y que no quiere que nada cambie. Pero no es del todo verdad: José María Aznar acarició un proyecto de “segunda Transición” que pasaba por la recentralización del Estado. Desde ese momento, la derecha política española (y singularmente la más montuna) no ha abandonado este proyecto y desde sus satélites mediáticos ha diseminado la idea de que la culpa de la crisis económica o la corrupción política es del Estado de las Autonomías. Al final este relato y esta atribución de causas y culpables ha calado hondo en buena parte del interior de nuestro país. Por eso el martes posterior al debate electoral no era raro escuchar en Guadalajara, en Cuenca, en Toledo, en Ávila o en Madrid a personas que se felicitaban porque por fin alguien hablaba “desde el sentido común” y decía “cosas normales”. La izquierda ha satanizado tanto a Vox que ahora cualquier intervención mínimamente mesurada por parte de sus portavoces parece un canto al sentido común.

Vox surfea una ola que va mucho más allá de sus aciertos, de sus errores y por supuesto de su programa electoral. Vox es fundamentalmente la expresión de esa España que desde hace años viene reclamando una regeneración del país en términos recentralizadores. Es la España que se siente no solamente hastiada del Procès, sino atacada en su vulnerabilidad identitaria. Es la España que quiere, al mismo tiempo, cambio y castigo. Por eso en los discursos de Vox regeneración y penitencia se dan la mano. Porque la formación “verde” ha comprendido que, en un momento en que las identidades asociadas a la posición económica están difuminadas, las identidades nacionales son un caballo ganador. En el barrio de Salamanca y en Boadilla, pero también en Torrejón de Ardoz, Navalcarnero, la Línea de la Concepción o Alcalá de Guadaira.

El problema, sin embargo, viene de largo y es más hondo. Puede resumirse en lo siguiente: hay una España que quiere cada vez menos autonomía para sus territorios (que considera la descentralización como un engorro administrativo, como algo artificial e incluso como un modo de atentar contra la igualdad de todos los españoles), mientras que hay otra España que no está dispuesta a perder su autonomía institucional y que incluso quiere ir más lejos. Dentro de este último grupo estarían territorios como Galicia, Euskadi, Navarra, La Rioja, el País Valenciano, los dos archipiélagos y naturalmente Catalunya. El partido de Santiago Abascal surfea y pilota la tendencia centrípeta. Los partidos nacionalistas, regionalistas y, en menor medida, Unidas Podemos, alimentan una tendencia centrífuga. En medio de estas dos tendencias diametralmente opuestas, plataformas ciudadanas como Teruel Existe, Soria Ya o Coalición Por Melilla reclaman que la autonomía y la descentralización sirvan efectivamente para algo.

Este es el asunto de fondo: dos Españas que caminan desde hace años en direcciones opuestas. Dos Españas que no se miran, ni siquiera para constatar este desacuerdo. La España que es, en lo territorial, de Vox (aunque todavía no le vote), y la “otra” España. La primera provoca miedo, la segunda duda entre el pánico y la desconexión. Lo dramático no es sólo que exista esta polarización, sino que no se asuma la necesidad de abrir un debate territorial de fondo. Porque mientras no se haga de una manera sosegada, estas dos tendencias van a ir creciendo cada una en su campo. Vox podrá desplegar todo el arsenal del que provee el “populismo de la igualdad entre españoles” contraponiendo a unos territorios contra otros.

Y entonces sí, el miedo y el populismo (al menos en Sevilla, Madrid o Gijón) habrán cambiado de bando.

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2 Comentarios

  1. ÉTICA existe solo una, la racional. Razón existe solo una, la que cumple reglas simétricas a las que tiene la realidad (de causa-efecto,de semejanza, de no contradicción, etc). Bien existe solo uno (el que no ampara la mentira o el daño al entorno). Así es. Y si esto no se aclara, pues se perjudicarán a los bienes y a las libertades que hay.
    Y SOBRE EL RESPETO ÉSE QUE TANTO SE HABLA:
    El RESPETO solo existe si no se contraviene a una esencia, y solo hay tres: ÉTICA, RAZÓN y NATURALEZA.
    Tú nunca respetas (aunque digas que sí las veces que quieras) si NO CUMPLES con la ética o con la razón o con la Naturaleza. ¡Exactísimo!, no respetas si engañas al mismo tiempo, si contaminas al mismo tiempo, si te saltas las reglas cívicas o de conducción de tu coche, si das las espaldas a deberes éticos, si no ayudas a lo que ya ayuda per se al Bien, si demandas frivolidad ética o telebasura, etc.
    En precisión, el RESPETO implica siempre un JUEGO LIMPIO: no engañar, no esquivar por nada a la razón (o al que la da demostrada) y un no aventajarte tú silenciando a los demás sus espacios de demostración racional. Por lo cual, el respeto NO SUELE EXISTIR precisamente en ésos que hablan de respeto obsesivamente, ¡nunca! (pues lo usan para engañar o para priorizar cosas no esenciales en un antirrespeto total). José Repiso Moyano

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