Desde siempre nuestro poder se basó en el papel de sustentador, nos enseñaron que era con nuestro esfuerzo, sacrificio y trabajo con el que se mantenía la familia. Éramos los cabezas de familia, los “Pater familias” del derecho romano, con autoridad y mando sobre el resto de miembros, quienes en compensación y agradecimiento, nos proporcionaban cuidados y bienestar. La imagen de nuestro padre que tras llegar a casa tenía la comida preparada, a todos nos suena aún muy familiar.

Los hombres estábamos en posesión de la verdad, teníamos la autoridad, el monopolio de la palabra, y éramos los que dictábamos las normas y sancionábamos sus incumplimientos. Este poder unipersonal era ejercido de forma dictatorial, sin la más mínima opción de crítica o resistencia, que de producirse podía ser colegida mediante la violencia. Una violencia legitimada y justificada socialmente. Aportábamos el dinero y ostentábamos la propiedad de los bienes familiares. Nuestra autoridad era incuestionable.

El derecho al voto de las mujeres, su incorporación al trabajo retribuido, y la legalización del divorcio, supusieron el principio del fin de este poder omnímodo de los hombres, socavando los dos pilares sobre las que se asentaba: el rol de sustentador, y el núcleo familiar que le otorgaba sentido.

Poco a poco los hombres fuimos dejando de ser los únicos proveedores de la familia, y con ello los amos absolutos, por lo que la legitimidad de nuestros beneficios y privilegios comenzó a derrumbarse. La aparición de nuevos y diferentes modelos de familias, mono-parentales, y diversos, en los que la figura del hombre no era imprescindible, acentuó el derrumbamiento.

La división sexual del trabajo basada en la idea de la mayor fuerza física, asignó a los hombres las tareas en teoría “duras” y a las mujeres las “blandas”. Las que se desarrollaban en el espacio público (trabajo, economía, política), reservadas a los hombres, y las que se realizaban en el privado (cuidados en su amplio sentido), asignadas a las mujeres.

Esta separación y asignación de roles construyó un ego masculino en torno a la idea del poder, y del rol sustentador-protector como misión principal en la vida. El capitalismo le incorporó el gen de la competitividad, de forma que para los hombres el objetivo ya no era tanto lograr o conseguir, sino hacerlo antes o mejor que los demás hombres.

La presencia de la mujer en lo público demostró que para la gestión de las cosas de la vida, en lo público y también en lo privado, sus formas “blandas” eran mejores y más eficaces que las masculinas. Esto, junto a la pérdida de gran parte de nuestro poder como consecuencia del final del monopolio sustentador, y las exigencias cada vez más crecientes, de una ocupación por nuestra parte de las tareas de lo privado que las mujeres por su incorporación al trabajo retribuido dejaban de asumir, aportaron otro elemento más al desconcierto y desubicación que los hombres experimentamos en este momento.

Nuestro ego, el sentido de la competitividad, y la pérdida de esta función principal nos ha llevado a los hombres a un callejón sin salida, del que muchos aún seguimos negándonos a salir, comportándonos como si nada sucediese, convencidos de que sin nuestra autoridad y protección la vida no puede validarse.

Por otro lado, el tener que asumir que nuestras formas de ver y gestionar el mundo no son las mejores, que debemos cambiarlas y aceptar como propias otras maneras de hacer y gestionarnos, más próximas a las de ellas que a las nuestras, o que hemos de ocupar esos espacios domésticos que tanto hemos minusvalorado y despreciado, pero que nos corresponden, nos sigue significando un fracaso en lo personal y en nuestra condición de hombres. Una pérdida de valor, prestigio y dignidad social que aún no estamos preparados para asimilar.

Los hombres queremos seguir teniendo el poder que ya no nos pertenece, empeñándonos en comportarnos como lo que no somos, fuertes, poderosos, agresivos, haciendo valer una autoridad que ya nadie acepta, y que solo a duras penas mediante la violencia podemos mantener.

Los hombres hemos de comprender que nuestro tiempo de privilegios ya pasó, que la sociedad lo único que nos exige es nuestro cambio, y que somos nosotros los empecinados en la tarea de mantener un hombre que no tiene cabida, y que de ahí vienen gran parte de nuestros males, fracasos, violencias y frustraciones.

Que es honrado y necesario aprender de quienes mejor han demostrado hacerlo, las mujeres, y que ello no debe hacernos sentir mal ni pensar en nuestro fracaso como hombres. Porque la “hombría” no se mide por la virilidad, por lo que nos dicen que debamos hacer, ni por lo que de nosotros como “hombres”, esperamos o se espera. Se valora por la capacidad que tengamos para amar, compartir y empatizar, y de estas cuestiones la masculinidad, y ese modelo de hombre en el que nos construyeron, tienen mucho aún que aprender.

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