Pablo Iglesias ha salido finalmente del Gobierno, que es tanto como salir de la historia de España. Su decisión de presentarse como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, pasando a la vida pública regional, no deja de ser un descenso a la Segunda División de la política para un hombre con perfil de estadista que estaba llamado a hacer grandes cosas, entre otras asaltar los cielos y transformar España hasta que no la conociera ni la madre que la parió, como diría Alfonso Guerra. A esta hora, los analistas y politólogos de este país (que no son pocos) siguen buscándole el sentido a un movimiento político extraño que sin duda obedece no solo a causas políticas, sino también personales que se irán conociendo con el tiempo. Para tratar de comprender este histórico episodio, conviene no olvidar que hablamos de un político racial, indómito, un activista que suele moverse más por el impulso inmediato, por el olfato de la pólvora y la trinchera, que por consideraciones tácticas o cortoplacistas. 

Pero más allá de si su decisión es afortunada o un grave error (eso se verá el 4 de mayo cuando se abran las urnas para contar los votos) el abandono de Iglesias del Consejo de Ministros para dar la batalla de Madrid, dejando huérfanas a las masas de la famélica legión del resto del país que lo seguían como al nuevo mesías de la izquierda, tiene algo de claudicación, de asunción de la derrota y de postrero canto de cisne. El líder de Unidas Podemos aterrizó en el Gobierno de coalición con el objetivo de convertirse en la mosca cojonera o Pepito Grillo del presidente Sánchez y de hacerle la guerra de guerrillas desde dentro mismo del sistema. Él y sus cuatro ministros (no todos de Podemos sino también de las confluencias, conviene no olvidarlo) venían a dar la batalla contra la corrupción, el poder controlado por la casta y los señores del Íbex 35 que con sus siniestras manos negras tienen la sartén por el mango. Y así fue como el lobby morado terminó siendo parte del Gobierno pero también parte de la oposición en un claro ejercicio de desdoblamiento de personalidad política que ha provocado no poco ruido, numerosas trifulcas y múltiples desencuentros en el gallinero monclovita, hasta el punto de que el Consejo de Ministros ha estado a punto de descarrilar en varias ocasiones por las desavenencias de las dos almas en liza.

Hoy puede decirse que la tarea transformadora del país no se ha culminado (a decir verdad, ni siquiera ha comenzado), todo sigue poco más o menos como estaba cuando Iglesias llegó al poder, salvo algunas ligeras reformas como un ingreso mínimo vital que no termina de llegar a las familias y una necesaria ley de eutanasia, sin duda dos grandes avances sociales que lamentablemente no perdurarán en el tiempo porque las derechas ya han prometido derogarlas en cuanto retomen el poder. Así las cosas, entre el electorado morado empezaba a circular cierta sensación de frustración y melancolía y la peligrosa idea de que los líderes de Podemos se habían convertido en meros actores secundarios sin capacidad de cambiar las cosas, cuando no en parte del establishment. La bravía marea morada empezaba a languidecer por imposibilidad de hacer realidad la utopía del cambio y por el propio desgaste del Gobierno (eso al menos dicen los últimos resultados electorales y las encuestas que dan una progresiva pérdida de apoyo popular al partido de Iglesias). Sin duda, todo ello suponía la muerte de facto del proyecto nacido en 2011 con el movimiento de los indignados del 15M.

Las divisiones y disensiones internas en Andalucía y en otras partes del país han agravado la situación, ya que minan la cohesión de las confluencias (en realidad la unidad ya se había roto con la purga de Íñigo Errejón y el sector socialdemócrata a manos del aparato pauloeclesial) y hoy más que nunca el futuro de UP es incierto. El runrún asambleario de las bases contra la cúpula empezó a hacerse todavía más intenso justo cuando llegaba el momento crucial de la Legislatura, la tramitación de la ley de la vivienda y la reforma laboral, dos cuestiones irrenunciables del programa pactado por PSOE y Unidas Podemos que prometían un encarnizado debate como así ha sido.

En estas últimas semanas, Iglesias ha tratado de echar toda la carne en el asador para imponer sus tesis en el Consejo de Ministros (control de los alquileres mediante un rígido sistema de intervencionismo estatal en los precios del mercado y abolición total de los aspectos más lesivos de la ley laboral de Rajoy) pero todo apuntaba a que iba a perder el órdago a cara de perro que le había echado a Sánchez. El PSOE ha terminado por frenar las medidas más izquierdosas y si Iglesias se quedaba un minuto más en la vicepresidencia corría el peligro no solo de que el Gobierno se fuera al garete (dando paso a unas nuevas elecciones con la amenaza de victoria de la extrema derecha) sino de que su propia gente terminara por cortarle la cabeza por traición al programa y a los principios.

Por tanto, se imponía un giro brusco de guion por coherencia y por propia supervivencia política, como en las mejores series de Netflix a las que es tan aficionado Iglesias. Desde ese punto de vista, su decisión de abandonar el poder central no deja de ser un repliegue a los cuarteles de invierno, quizá una huida hacia adelante ante la imperiosa necesidad de salvar los pocos barcos que le quedan ya a su flota. La versión oficial de que decide dar el paso a un lado para presentarse a presidente regional y frenar a la ultraderecha queda muy bien en el papel de héroe de las masas que con tanto acierto ha cultivado, pero no se lo cree nadie. Su movimiento, más que a la épica, obedece a la necesidad de reorganizar el partido, pasándole la batuta a la brillante Yolanda Díaz en un intento desesperado por reflotar el proyecto.

A Iglesias hay que reconocerle que haya dado un impulso de revitalización ideológica a la izquierda española (marchita tras la conversión del socialismo felipista en un partido moderado, centrista y liberal) y en cierta manera algunos de los logros conseguidos en política social es preciso anotárselos en su haber. No hay que negar que su decisión de no aferrarse a la poltrona (la tentación era grande) lo engrandece por lo que tiene de gesto de coherencia, una cualidad de la que suelen carecer los gobernantes españoles de nuestro tiempo siempre obsesionados con alargar la carrera para seguir viviendo del negocio de la política. Iglesias ha sabido leer el momento y ha dado el paso a tiempo antes de mudar el pelaje y convertirse en otro personaje distinto al que era cuando su gente le votó por primera vez. Esa, quizá, sea su mejor lección.

Apúntate a nuestra newsletter

1 Comentario

  1. debeis haber dormido tanto o mas que Gabilondo
    en las sesiones d la Ayuso,
    para hacer un articulo asi.
    Supervivencia ? si ha dejado un sueldo casi tres veces mas grande !! y cn años por dlte d vicepresidente !
    Lo qe pasa es que le teneis tirria precisamente por lo que ha hecho y
    pqe ha pueto al p$oe en evidencia como ultracapitalista machsita monarquico terrorista-gal y catolico traidore incumple pactos especulador neoliberal rescatando a especuladores y a la banca etc …y estais, a base d repetirlo , a ver si acabais vos mismos creyendo vª mentira

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre