Paren las rotativas: Irene Montero fue cajera de una tienda de electrodomésticos hace diez años y no lo lleva escrito en la frente. Un diario digital publicaba el pasado domingo el doble delito de la ministra: haber sido dependienta en una gran superficie y “ocultarlo” en su actual reseña del portal oficial de transparencia. La noticia demostraba un desconocimiento absoluto del periplo de muchos jóvenes, y no tanto, acostumbrados a tener tantas versiones de su currículum como ofertas de trabajo a las que optan. A veces, dada la acumulación de breves contratos temporales, resulta imposible materialmente mencionar todos y cada uno de sus pasos en la ‘selva’ laboral.

Puede que no sea exactamente el caso de Montero, pero, ¿dónde está el escándalo? No es nuevo: sobre la ministra pesa -desde antes de serlo- la presunción de que no está a la altura de sus responsabilidades. Y ese runrún lleva siempre al mismo sitio: como si su trayectoria se explicase por su relación sentimental con Pablo Iglesias. No conozco a un solo hombre con responsabilidades públicas a quien se le rebusquen conexiones con las mujeres con las que comparte cama. En cambio, casos como el de Irene Montero recuerdo varios: Tania Sánchez, Rita Maestre, Cristina Narbona… Entre muchas otras.

Incluso cuando no hay esa asociación con hombre alguno, la medida de la ejemplaridad hacia nosotras es siempre más severa. Como zamorana, conozco bien el caso de Rosa Valdeón, de quien discrepo en muchas cosas, pero con una carrera política honesta y sin ‘padrinos’, que tuvo que dejar la vida pública porque se le elevó el nivel de exigencia a un límite no conocido por hombres en casos similares.

Ahora, volviendo a Irene Montero, vemos cómo, junto al machismo habitual, hay un profundo clasismo. Al remarcar su experiencia como cajera, el periódico exhibe el desprecio de quienes creen que el poder les pertenece hacia la “plebe”. “Señoros”, si se me permite, acostumbrados a opinar de todo desde la comodidad de su privilegio. A las mujeres de origen humilde, hagamos lo que hagamos, el pasado nos persigue. Yo misma lo sufrí cuando hace diez años fui elegida presidenta de la Asociación Zamorana de Mujeres Empresarias (AZME): para algunos sectores conservadores era imperdonable que una mujer que había sido limpiadora -a mucha honra-, ocupara esa responsabilidad.

Ese sustrato cultural que no concibe que en una democracia también las limpiadoras pueden emprender proyectos empresariales o las cajeras ser ministras, es el mismo que alimenta la discriminación por la que las mujeres cobramos menos, ocupamos menos responsabilidades en instituciones y sociedad civil, y, también, sufrimos pequeñas y grandes violencias cotidianas. Pues que les vaya quedando claro: estamos orgullosas de quiénes somos y de dónde venimos. Y no vamos a aguantar en silencio su señalamiento. Porque sí, “señoros”, disculpen la expresión: estamos hasta el coño. Prepárense: el pasado nos persigue, pero el futuro es nuestro.

2 Comentarios

  1. Contundente artículo, completamente de acuerdo con el mismo y con el título, y como dice la vicepresidenta apretar que tenéis razón.

  2. La irena montera es una choni de cuidados intensivos….Siempre será una cajera vaya donde vaya. Es una perfecta ignorante delirante. En una sociedad justa y con sentido comun estos engendros NO pasarían pir lo que son, vulgares chonis de barrio….

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