Los que disfrutamos de la paz que transmite la acción de contemplar el mar, habremos desarrollado multitud de pensamientos en ese acto sereno de relax y reflexión. Las olas desembocan en la orilla con una inalterable cadencia, como si de un tema musical repetido una y otra vez se tratase, sin producir cambio alguno y llegando siempre a las mismas conclusiones. Algo parecido debió experimentar el compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) al crear la hermosa y pegadiza melodía que, adoptando la forma de una antigua danza andaluza, el bolero, sin evolucionar realmente pero provocando la sensación de hacerlo, dio origen a una de las grandes obras maestras de la música clásica. La idea surgiría del encargo de la prestigiosa coreógrafa Ida Rubinstein para escribir un ballet de temática española que se estrenaría en la ópera Garnier de París, lo que implicaba, tras un largo tiempo sin afrontar un proyecto de estas características, una oportunidad que Maurice no podía rechazar.

Junto a Claude Debussy, Ravel fue uno de los principales representantes de la música impresionista. Sin dejar de ser profundamente expresivo, su catálogo de obras habla de un compositor mágico, alejado de la realidad, misterioso, obsesionado por la perfección formal y técnica e inmensamente valorado por su capacidad única para tratar el color instrumental. Estrenado un noviembre de 1928 bajo la dirección de Walther Straram, el Bolero de Ravel se compone de un único movimiento orquestal con un tempo invariable, un ritmo continuo y una melodía repetida hasta la saciedad sin variación alguna más que el movimiento del tema de instrumento a instrumento en lo que supone un magnífico trabajo de orquestación. El tema suena una y otra vez en los diferentes timbres de la orquesta, otorgando el protagonismo en su momento a cada instrumento y ofreciendo así una falsa sensación de desarrollo a lo largo de sus poco más de quince minutos de duración; un auténtico virtuosismo orquestal cuyo interés reside en la forma en que se combinan los diferentes instrumentos, desde el pianissimo inicial hasta el fortissimo final.

Tras su estreno, la bailarina Ida Rubinstein no recibió buena crítica, pero sí la música de Ravel. El público conectó de manera rotunda con aquella melodía sencilla de tararear, las radios no pararon de emitirlo y enseguida llegaron propuestas de todo el mundo para interpretarlo. Pronto la crítica consideró a Ravel un prodigio de la orquestación frente al estupor de un Maurice que no concebía llegar, con semejante broma musical, con un tema tan sumamente “machacón”, al éxito de su carrera tras buscarlo abiertamente sin su obtención durante tanto tiempo. Poco a poco, el Bolero pasó a ser una de las obras más destacadas de la música clásica del siglo XX y una de las más interpretadas en todo el mundo, ocupando, en 1993, el primer puesto en la clasificación mundial de derechos de la Sociedad de Autores, Compositores y Editores de la Música (SACEM).

Los mecanismos que llevan a una determinada persona a desarrollar un mayor o menor nivel de éxito resultan bastante complejos y variados. Pueden requerir de un proceso de comparación con otros semejantes de similares características o necesitar de una valoración únicamente subjetiva y personal sobre si se ha alcanzado un punto de realización individual plenamente satisfactorio. Pero a veces el éxito musical se plantea como una complicada mezcla de mucho trabajo, algo de suerte y una cierta ventaja debida a beneficios sociales. Afortunadamente podemos incidir en los diferentes eslabones de esta cadena, consiguiendo cada cual crear su propio camino o la propia estrategia en la que confía.

Quizá Ravel se repitió a sí mismo en innumerables ocasiones que el éxito conseguido con el ostinato de su Bolero no servía de mucho sin el sentimiento propio de autorrealización. Pocos años antes de su muerte, habiendo comenzado a presentar los síntomas de una enfermedad neurológica que aceleró un proceso de demencia que le haría olvidar la autoría de sus obras, la ironía de la vida le llevó a reconocer en aquella pieza una creación magistral bajo la genial idea de un crescendo construido a base de un grandioso tratamiento de la orquestación, alabando así, sin querer, la justificación del éxito que tanto negó mientras gozó de buena salud.

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