El obispo auxiliar de Valencia, Esteban Escudero, ha bajado hoy de los púlpitos a los juzgados para dedicarse a cuestiones algo más terrenales y concretas que echar metafísicos sermones dominicales a su rebaño: explicar las supuestas irregularidades detectadas en la visita del Papa Benedicto XVI a la ciudad del Turia. Monseñor ha dicho tener la “conciencia tranquila” porque si no fuera así “no podría dar misa mañana” y acto seguido ha defendido que las contrataciones realizadas para que el Sumo Pontífice pudiera pisar tierras valencianas fueron correctas. A Escudero el escándalo le pilla en calidad de presidente de la Fundación V Encuentro Mundial de las Familias, la entidad constituida para organizar los actos con motivo de la visita del Pontífice en 2006.

La declaración del prelado no servirá de momento para que los valencianos sepan en qué se gastó su dinero, si la visita papal se financió con donaciones y si era el ex presidente de las Cortes Valencianas, Juan Cotino, el que tomaba las decisiones en aquel polémico evento. Como siempre, no será el Nuevo Testamento el que aclare este oscuro enigma, sino la Justicia, que tendrá que seguir tirando del hilo sagrado. Y es que así son los misterios de la Santa Madre Iglesia. Las cosas importantes de Roma están vedadas a los ojos de todos (solo las conoce el Papa y El Altísimo); los caminos del Señor son inescrutables (también los que conducen hasta el juez); y las cuentas y los dineros que se movían en aquellos años por la Valencia corrupta y pecadora, por la Babilonia del Mediterráneo infecta de fariseos gurtelianos gobernada por el tribuno Camps, eran el maná caído del cielo.

En los próximos días, el Juzgado Número 5 de Valencia no solo llamará a declarar al obispo para que explique el milagro de los panes y los peces que permitió que Benedicto pusiera sus divinas sandalias en Valencia. También al ex presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps; al exvicepresidente Víctor Campos; al ya citado ex presidente de Les Corts, Juan Cotino (que ya ha pasado por el confesonario judicial); y a otros responsables del evento.

La causa, abierta en julio de 2016 por delitos de prevaricación, malversación y falsedad, tiene su origen en la pieza separada del caso Gürtel, remitida a Valencia por el Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional, en la que se investigan supuestas irregularidades en las adjudicaciones por parte de la Fundación que organizó la visita del papa Benedicto XVI a Valencia en julio de 2006. Se investiga si esas adjudicaciones se realizaron sin respetar las normas generales de contratación, sin concurso, ni concurrencia pública.

Según fuentes judiciales, el obispo ha mantenido en todo momento el secreto de confesión ante los periodistas, ese voto de silencio tan eficaz en tantas ocasiones peliagudas, y además se ha transfigurado a la hora de entrar en los juzgados. En efecto, a primera hora de la mañana la prensa de todo el país esperaba a Escudero ante la Ciudad de la Justicia pero el obispo no llegaba. Se había evaporado como el espíritu de la Santísima Trinidad. En realidad, tenía que haber entrado por la puerta principal de la Ciudad de la Justicia, como todo hijo de mortal, pero finalmente accedió por la puerta trasera, reservada para abogados, funcionarios, fiscales y jueces, según informa el diario local Levante-EMV.

Tras comparecer ante el juez, el mitrado ha salido, esta vez sí, por la puerta principal, alegando que no tenía “nada que declarar ante los medios”. Cuando se le ha preguntado si tenía la conciencia tranquila ha respondido: “Uy, por favor. Perfectamente, sí claro. Soy sacerdote”.

Y es que, si las puertas del cielo siempre están abiertas para los puros y castos de corazón y conducen a la gloria eterna –también a los obispos–, las del juzgado son otra cosa bien distinta. Un juzgado puede ser la puerta del infierno en la Tierra. A un juzgado se va a purgar penas y pecados y conviene entrar discretamente, sin que lo vean a uno, para salir cuanto antes. La artimaña del obispo no impedirá que pase a la historia como el primer miembro de la cúpula eclesiástica que presta declaración por un asunto feo de supuesta corrupción. Y es que se puede dar esquinazo a los periodistas, pero no a la verdad. Eso debería saberlo como obispo que es.

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