Corrían los primeros días de noviembre de 2010, cuando realicé una nueva estancia en la villa de Graus (Huesca), con un doble objetivo: cultivar la amistad y reencontrarme con la naturaleza. Este nuevo “séjour” en la villa oscense me permitió descubrir dos realidades, nuevas para mí. Por un lado, el placer de la micología (búsqueda, reconocimiento, recogida, preparación y degustación de los más variados hongos, en compañía de amigos/as entrañables), guiado por la sabiduría de nuestro anfitrión y amigo Ramón Auset. Y por el otro, tuve la ocasión de visitar la casa donde vivió y murió Joaquín Costa (Monzón 1846-Graus 1911): intelectual destacadísimo de la segunda mitad del XIX, regeneracionista de pro, miembro de la Institución Libre de Enseñanza, etc., que yo había descubierto, siendo estudiante en la Sorbona, allá por los años 80. José Mª Auset, sobrino de J. Costa y conservador-vigía del legado de su antepasado, fue mi solícito cicerone, con su verbo abundante y florido.

Este guía me hizo visitar, con explicaciones prolijas, las dependencias de la casa y, en particular, el despacho-biblioteca donde trabajó J. Costa y donde se encuentran aún, debidamente ordenados y conservados, algunos de los legajos de su fecunda producción lingüística, así como algunos de los libros de su biblioteca (en varios idiomas: francés, inglés, italiano y español). Al final de la visita, J. Mª Auset me ofreció un número especial de El Ribagorzano (13.08.2004), con el que se conmemoró el centenario de este periódico y en el que había un suplemento con la relación de los artículos publicados en dicho medio por J. Costa, así como algunos de sus textos periodísticos más destacados. Entre ellos, uno titulado “El Rey de la Lana”, que publicaron, en 1904, en El Nuevo Evangelio (Madrid) y El Pueblo (Córdoba).

En este artículo, por el que fue procesado, J. Costa cuenta que, en EE. UU., se utiliza la palabra “rey” asociada a distintas actividades económicas. Es aún el caso a día de hoy. Así, se habla del “rey del acero”, del “rey del petróleo”, del “rey del azúcar”, del “rey del trigo”, del  “rey de los ferrocarriles”, etc. Ahora bien, precisa J. Costa, en España, no tenemos de estos reyes, pero sí, desgraciadamente, de los otros. Es el caso de Alfonso de Borbón (Alfonso XIII), que es aquí, en las Españas, “el rey de la lana”: el rey de “los 20 millones de españoles, verdaderos lanígeros por la inconcebible mansedumbre con que dejan llevar su piel al esquiladero del ministerio de Hacienda y sus crías al degolladero del cuartel y de la Guerra […] sin ninguna protesta de la cabaña española, alias nación española”, J. Costa dixit.

Este artículo de J. Costa es un texto atemporal, de plena actualidad y que tiene una vigencia incontestable en la España actual. Hoy somos unos 46 millones de habitantes. Por lo tanto, la población de España se ha más que doblado. Pero, al mismo tiempo, se ha incrementado, en la misma cantidad, el número de cabezas de ganado lanar, que se rige por la filosofía y la etología de los “moutons de Panurge”, que se conforman con la realidad imperante y se siguen unos a otros ciegamente, sin reflexionar y sin el menor átomo de espíritu crítico. Ahora, como en 1904,  y con lo que está cayendo, es difícil explicarse la mansedumbre, la placidez, la condescendencia, la docilidad, la sumisión, la indolencia, la magnanimidad,… con las que los ciudadanos españoles estamos asistiendo al proceso de degradación y destrucción de los cimientos del estado del bienestar y de derecho, propiciada por la corrupción económica, ética y moral generalizada de la casta política.

¿Qué tiene que pasar aún para que la sociedad civil —tan aclamada y solicitada por algunos analistas— genere muchas “ovejas negras”, que se rebelen, se planten y digan: “hasta aquí hemos llegado, políticos mentirosos, corruptos, oportunistas, incompetentes,…”? ¿Qué tiene que pasar aún para que esta metamorfosis se produzca? Por lo visto, para la cabaña lanígera nacional (casi 46 millones de habitantes), no es suficiente la crisis económica aún lacerante para la mayoría de los ciudadanos, el paro incontrolado, el crecimiento económico insuficiente, el repunte de la inflación, la subida de los impuestos, las subidas raquíticas de las pensiones, la congelación del sueldo de los funcionarios, el recorte de los gastos sociales, la prolongación de la vida laboral hasta los 67 años, la ampliación del tiempo para calcular las pensiones, la corrupción de los políticos, la prostitución de la democracia (ante la muerte del Montesquieu de la división de poderes),…; y lo que queda por llegar, ya que todavía no se vislumbra el final del túnel y, más bien, se avecinan, en el horizonte, nuevos y oscuros nubarrones.

Ahora bien, nosotros, los ciudadanos españoles de a pie, no podemos irnos de rositas. De todo esto somos también responsables “con nuestro voto y aplauso, y también con el silencio de los borregos, que no siempre es imbécil o cobarde, sino también cómplice” (A. Pérez-Reverte). Las consecuencias negativas de la crisis no cesan y la situación, a pesar de las apariencias, es aún muy crítica para la mayoría de los ciudadanos. Como dejó escrito Michel de Montaigne, “a nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa”. Por eso, no podemos seguir callados y mansurrones ya que, en parte, somos también responsables de lo que está sucediendo. Por cosas parecidas o menos graves, en Europa (Francia, Inglaterra, Italia, etc.), los jóvenes y la sociedad civil se pusieron en pie de guerra y están en alerta. Por cosas parecidas o aún más graves, nuestros hermanos del norte de África (Túnez, Egipto, Libia, etc.) han salido a la calle y han desafiado la fuerza bruta e irracional de ciertos dictadores.

Nosotros, como se preguntaban recientemente A. Pérez-Reverte y J.L. Roig, ¿acaso somos idiotas? Parece que va a ser que sí. “Nos chulean, nos mangonean desde el poder, y seguimos idiotizados viendo la tele, sin escenificar un mínimo cabreo. […] Nos atracan vilmente con más y más impuestos, y nada, nosotros saboreando nuestra estupidez (J.L. Roig). Entre 1904 y 2019, 115 años han transcurrido y no hay nada nuevo bajo el sol de España. Seguimos portando el pelo de la dehesa, seguimos siendo ganado lanar y seguimos siendo súbditos de un nuevo rey de la lana, sin llegar a ser y a comportarnos como ciudadanos. Si el ínclito aragonés, Joaquín Costa, levantara la cabeza, volvería a morirse ante la contemplación de esta España, más lanar que nunca.

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Doctor en Didactología de las Lenguas y de las Culturas Profesor Titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada Departamento de Filología Francesa y Románica (UAB)

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