A Joan Tardà le están lloviendo insultos, improperios, amenazas, en definitiva chuzos de punta, por tratar de tender puentes entre el futuro Gobierno de izquierdas y la Generalitat de Cataluña. El pasado domingo el exdiputado de Esquerra Republicana en el Congreso escribía un comentado artículo en El Periódico en el que sugería la posibilidad de construir una mayoría suficiente junto a la izquierda española para buscar una salida al conflicto territorial y frenar a la ultraderecha. Y, tal como era de esperar, en las redes sociales el mundo indepe se ha revuelto contra él.

A Tardà lo están poniendo a caldo los mismos echados al monte que durante mucho tiempo fueron mimados por políticos como él por motivos puramente estratégicos. Mientras los duros y radicales de la parroquia fueron necesarios, mientras resultaban imprescindibles para sacar adelante el “procés”, no hubo ningún inconveniente en echarles el alpiste diario. Tardà y otros (véase Gabriel Rufián) les llenaban la cabeza de pájaros con la idea de la revolución y la República a cualquier precio, los instigaban en la desobediencia civil y la unilateralidad y les daban cuartelillo y barra libre para casi todo. Ahora que el movimiento ha embarrancado, ahora que Cataluña se ha metido en un callejón sin salida, Tardà opta por tender puentes para desencallar la situación. El problema es que el monstruo que alimentó durante años ya camina solo y hasta le muerde la mano.

El diputado de ERC, una vez reconocido el error de la ruptura unilateral con el Estado, quiere retornar a la sensatez, a la cordura y la moderación, como ocurre siempre que se trata de resolver un problema grave. “Un insensato da muchas páginas y mucha audiencia pero no sirve para resolver los asuntos de Estado. Sin embargo, en este país se le da más voz a los locos que a los sensatos”, ha dicho acertadamente el tertuliano Javier Aroca. Lo malo del asunto es que quizá ya sea demasiado tarde. La tropa que fue enviada a las calles y a las barricadas y a la que se le prometió todo −la independencia al día siguiente del referéndum del 1-O, el paraíso fiscal andorrano y la grifería de oro en cada masía− ya no quiere ni oír hablar de tibiezas ni de templanzas. El lenguaje guerracivilista y militarizado ha calado hondo, se ha terminado imponiendo en una buena parte de la sociedad catalana permanentemente movilizada que cuando escucha las nuevas reflexiones del político de Esquerra se pregunta contrariada y con enojo: “¿Y para eso nos hicieron bajar a las trincheras, señor Tardà? ¿Para eso soportamos los palos de los antidisturbios? ¿Para terminar como simples muletas de Pedro Sánchez en Madrid?

“Sería difícil de entender que no fuéramos capaces de construir una solución. Yo deseo que la izquierda española y el republicanismo catalán sean capaces de hacer de liebre para construir una solución en beneficio de todos los pueblos”, ha insistido el exportavoz de ERC esta misma mañana, cuando se le ha preguntado si su partido piensa apoyar un Gobierno de izquierdas que desbloquee la situación. Y todavía ha ido más lejos: “Es un insulto a la inteligencia decir que España no es un país democrático, la cuestión está en la calidad de esa democracia”.

Tardà, hombre de principos sólidos e íntegro sin duda, está tratando de mantener su coherente posición pese a la lluvia de insultos que le está cayendo en Twitter, donde muchos ya le han colgado el cartel de traidor/botifler. Unos le acusan de “alejarse del pueblo” y de no defender el “único objetivo: la República”; otros lo tildan de “cobarde” y Assumpció Laïlla, portavoz de Demòcrates, le pregunta: “¿Tender puentes con aquellos que callan ante la prisión y el exilio?”. El dirigente republicano apenas ha podido defenderse ante la avalancha de airados patriotas y ha rogado que, antes de insultar, sus detractores se lean el artículo.

De ahí que los sensatos como Tardà, los pocos que van quedando ya en Esquerra, tengan los días contados. Y de ahí que ahora que el monstruo del fanatismo marcha libremente y debidamente nutrido, al partido solo le quede convocar un referéndum entre las bases para decidir si dan su apoyo a la investidura tras el preacuerdo entre PSOE y Unidas Podemos. En realidad es una forma como otra cualquiera de lavarse las manos. Y de tener una excusa al menos cuando, llegado el momento, ERC tenga que votar no a un Gobierno de izquierdas. Codo con codo con los franquistas.

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