Santiago Abascal ha sorprendido a todos en el Congreso de los Diputados al lanzar un encendido manifiesto en defensa de los derechos de los homosexuales. En un principio el debate giraba sobre la cuarta prórroga del estado de alarma solicitado por el Gobierno pero Abascal, contraprogramando, saltándose el guion y dirigiéndose a Pedro Sánchez, ha proclamado: “Nos podrá etiquetar e insultar como quiera, pero a nosotros nos importan los españoles independientemente de su color, edad, sexo y orientación sexual. Le ruego que abandone ese odio histórico de la izquierda hacia los homosexuales. Aléjense de ídolos como el Che Gevara que los encarcelaba. La gente debe poder amar a quien quiera, señor Sánchez. Debe de ser muy duro para los homosexuales que ustedes sigan rindiendo homenaje a sus perseguidores y a sus asesinos. En Vox no despreciamos a nadie por su tendencia sexual”. Su disparatada invectiva ha dejado boquiabiertos a los diputados que se encontraban en el hemiciclo, Carmen Calvo asistía ojiplática y para Pablo Iglesias aquello era tanto como ver a su amigo Echenique levantarse de la silla de ruedas y subir al estrado de un respingo. Un imposible. En realidad, lo que pretendía el presidente de la formación verde era seguir azuzando la llama del rencor contra el “gabinete chavista de Moncloa” , como acostumbra a hacer durante la epidemia, y para eso cualquier bulo sirve.

Abascal no ha aportado ni una sola solución para frenar la plaga de coronavirus −que a fin de cuentas era de lo que se trataba en la sesión parlamentaria de hoy−, y sus señorías se frotaban los ojos y se preguntaban si ese hombre (líder de un partido rancio y cavernícola que recomienda llevar el Día del Orgullo Gay al gueto del extrarradio de Madrid, para que los homosexuales no afeen y ensucien las calles de la ciudad con sus bailes, morreos y atuendos provocadores) era el mismo de siempre o un doble. En ese instante autoparódico que quedará como uno de los más surrealistas de los anales del Congreso, más de uno ha visto a Abascal ya travestido de Freddie Mercury, micrófono en mano y con las mallas, licras y camisetas de tirantes ajustadas, cantando aquello de I want to break free. El líder de Vox, en un súbito ejercicio de transformismo político desde el macho ibérico al activista concienciado y defensor de los derechos LGTB, parecía abjurar en apenas un segundo de toda la ideología homófoba y tránsfoba que Vox ha ido propalando en los últimos años. ¿Cómo es posible? ¿Qué le ha pasado al bravo Santi?, habrán pensado los dirigentes de Hazte Oír, la Fundación Franco, Federico Jiménez Losantos y el sector duro de la Conferencia  Episcopal que promueve terapias para descarriados homosexuales. Seguro que a más de uno casi le da un parraque al verlo por la televisión.

El problema es que, por mucho que el líder ultra trate de disfrazarse de cantante de los Village People con el látex, el cuero, la purpurina y la gorra de policía, ya no cuela. Toda España sabe lo que ha ocurrido en este país desde que la extrema derecha irrumpió en política para imponer al país un ideario retrógrado nacionalcatolicista. Todo el mundo ha visto el desprecio con el que Vox ha tratado al colectivo no heterosexual; cómo ha intentado reducir las bodas gais a la categoría de parejas sin derechos y en concubinato de segunda; cómo ha intentado imponer el pin parental en los colegios para proteger a los niños de la educación en igualdad que Vox compara con supuestas prácticas sexuales aberrantes. Ahí está la hemeroteca para recordar algunas perlas de Rocío Monasterio, la líder por Madrid siempre escandalizada de que a los niños se les impartan “unos cursillos en los que se les dice que tienen que probar a ser niñas, y a las niñas a ser niños”, además de incitarlos a la “zoofilia y otras parafilias”.

La verdad solo tiene un camino: el de los titulares de prensa que han quedado para la historia, como cuando Vox dijo aquello de que el Día del Orgullo Gay se ha convertido en “una imposición institucional, un problema de convivencia y en la causa de la vulneración de los más elementales derechos de las poblaciones donde se lleva cabo”, demostrando así su urticaria y repulsión hacia los colectivos de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. El líder ultra se ha sacado hoy un conejo que no cabe en la chistera. Algo freudiano está pasando en esa cabeza siempre hirviente, calenturienta y agitada. El machismo es un exceso enfermizo. Quizá Abascal debería visitar a su doctor de cabecera, el diputado Steegmann, porque uno empieza por defender los derechos de los homosexuales y termina subiéndose a una carroza vestido de Drag Queen para darse al despendole, el vicio y el libertinaje. Y ese es mal negocio para un caudillo macho al que el lobby facha/franquista −religioso y mediático− puede terminar poniéndole el cartel de “blandito”, como ya hicieron en su día con Rajoy, antes de enviarlo al pelotón de la “derechita cobarde”. Con Arrimadas, la traidora.

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1 Comentario

  1. jajaja..que gracia…
    bueno igual estaba echando una mano a ese de su partido que se fue de viaje a Italia en el armario y se vino de covid19 hasta arriba contagiando a sus colegitas de Vistaalegre.

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