La diputada de Vox Alicia Rubio quiere implantar costura como asignatura obligatoria en los colegios españoles. “Empodera mucho coser un botón”, ha dicho hace unos días en sede parlamentaria. Después definió el feminismo como un “cáncer” a eliminar de los centros educativos y lanzó unos cuantos términos confusos como “lesboterrorismo” y “pornofeminismo” que solo ella sabe qué diantres significará todo eso.

En realidad, en su cacao mental, en su verborrea incontenible, lo que hizo la señora Rubio fue esbozar el programa ultraderechista para las mujeres españolas, un compendio de obligaciones para ser una buena madre y una buena esposa que se parece bastante a aquella Sección Femenina de la Falange de infausto recuerdo.

La Sección Femenina fue creada en Madrid en 1934, dos años antes de estallar la guerra civil, y perduró hasta la muerte de Franco. José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, colocó a su hermana Pilar al frente de la organización, y fue ella la gran inspiradora del movimiento femenino nacionalsindicalista. Toda mujer que ingresaba en la SF tenía como modelos a Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús, a las que se consideraba símbolos perfectos de la castidad y la virtud. En julio de 1936 ya contaba con unas 2.500 militantes.

Durante la guerra civil se les encomendó tareas no bélicas (en el lado republicano las mujeres luchaban codo con codo con sus compañeros de trinchera) como prestar asistencia a los caídos del bando sublevado, repartir comida, ropa y medicinas a la población y llevar las cartillas de racionamiento.

Pronto entraron en conflicto con las denominadas “margaritas”, la rama femenina de los carlistas que también pretendían controlar a la mujer en el bando sublevado. Finalmente la SF terminó imponiéndose. En los primeros meses tras el estallido de la guerra la Sección Femenina ya contaba con unas 60.000 militantes. En 1938 alcanzaba las 400.000 afiliadas; y en 1939 más de 900.000 mujeres participaban de sus actividades.

Por supuesto, en esos años la SF mantenía conexiones con las facciones femeninas de la Alemania nazi y la Italia fascista. Se han documentado viajes de grupos de mujeres del Tercer Reich a la España franquista de aquellos años. De hecho, dos de las jefas de la SF falangista eran de ascendencia alemana: Clara Stauffer y Carmen Werner Bolín.

Al acabar la contienda, Pilar Primo de Rivera reestructuró la Sección Femenina y Franco dispuso un monumento nacional, el castillo de la Mota de Medina del Campo (Valladolid), como sede central de la organización y centro de formación nacional. Allí realizaban una especie de servicio social alternativo a la mili, de las que estaban apartadas. A la mujer franquista no se la consideraba capacitada para tareas guerreras (era el sexo débil) de manera que su papel se limitaba a una especie de enfermera y religiosa del Estado. En la Mota, cientos de mujeres tomaban lecciones para ser “buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas”. También sobre crianza de los hijos. La gimnasia ocupaba un lugar importante en el adiestramiento diario. Además, se crearon grupos de “coros y danzas”, ya que el régimen estaba interesado en recuperar el folclore tradicional perdido y transmitir en el extranjero una visión de España “alegre, festiva y popular”. Por descontado, funcionaron los grupos de jefas instructoras que aleccionaban a las más jóvenes en los principios generales del Movimiento. De alguna manera, Franco encomendó a las mujeres de la Falange la formación política y social de las españolas en orden a los fines propios del partido único.

La mujer de la Sección Femenina, que había contribuido de forma decisiva durante la contienda civil al auxilio social en los hospitales y a la fabricación de material bélico para el bando nacional, fue relegada finalmente a un papel secundario en el Estado franquista. A la mujer se le transmitían los valores según el modelo que trataba de implantar el nacionalcatolicismo: religión ultracatólica, represión sexual, algo de cultura (no demasiada para que no hiciera sombra al poder masculino) aprendizaje de corte y confección, tareas de cocina, labores domésticas, maternidad, gimnasia, artesanía y manualidades. Este era el prototipo nacionalcatólico de la mujer que se dio en llamar el “ángel del hogar”.

De hecho, lo que hizo el franquismo fue sacarlas del mundo laboral y recluirlas en el ámbito privado, la familia tradicional, donde debían encargarse del cuidado del hogar y centrarse en el papel de esposa y madre abnegada. En suma, se trataba de que la mujer “proporcionara hijos a la patria”, buenos españoles para el Estado fascista y para la regeneración del país. La Sección Femenina de la Falange fue un instrumento esencial para la transmisión de los “principios nacionales”. Mujer sacrificada, religiosa, madre, educadora y española siempre subordinada al Estado: ese fue el ideal implantado por la SF. Cristianismo, familia y tradición frente a la mujer moderna, liberada y trabajadora de la Segunda República. Un esquema que ahora, en pleno siglo XXI, pretende recuperar esa diputada de Vox tan anacrónica como retrógrada que se desgañita en la tribuna de oradores.

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