lunes, 15agosto, 2022
24 C
Seville

El miedo y las pérdidas (traducción)

Marisa López Lombarte
Marisa López Lombarte
Fisioterapeuta. Master en Neuropsicología. Especialista en las áreas de geriatría, respiratorio, cadenas musculares, reeducación uroginecológica-visceral digestiva y técnicas corporales.
- Publicidad -

análisis

- Publicidad -
- Publicidad-

Dolores llegó a la residencia llena de resistencias. No se quería quedar, decía que su hijo no la podía cuidar, y ella, lo tuvo que aceptar. Y digo lo tuvo que hacer porque, con la dignidad que caracteriza a una mujer acomodada de principios de siglo, no se permitía llorar abiertamente por el dolor y sufrimiento que le producía abandonar la casa donde había vivido toda la vida. No hacía mucho, además, que había muerto su marido, médico de profesión, el cual le aseguraba una tranquilidad que a ella le gustaba mucho sentir. Tenía que pasar dos duelos, la pérdida de su marido y la pérdida de su hogar.

Su hijo, más arisco que dulce, enfermero, había invertido los roles parentales y la obligaba a sentirse bien, aunque no hubiera superado las etapas necesarias de aceptación para dejar atrás todo su pasado y, a pesar que, todavía no estuviera preparada para afrontar una nueva manera de vivir. “Madre, no se queje que esto es lo mejor para los dos” le estallaba sin consultarle la opinión.

Claro, que sufrir una caída a según qué edades te mengua las capacidades, y si encima no te sientes confortable, pues…verdaderamente es muy complicado salir adelante. Dolores no se adaptó nunca, no se sintió jamás cuidada a excepción de por unas cuantas personas que sentía como favoritas y, a las que reclamaba la atención permanentemente con distinguida educación y a fin de procurarse un espacio donde pudiera sentir un poco de consuelo para su alma. Procuraba hacerse sitio en un lugar que consideraba poco amable para su concepto de bienestar.

Casi no se podía mantener de pie, literalmente no se podía sostener, y procuraba cogerse y amarrarse a todo aquello que tenía al alcance para poder elevar, físicamente su cuerpo y, psíquicamente su alma. El crujir de sus huesos artrósicos hacía patente su dolor y, sin embargo, sin dudar se levantaba a pesar de que el sonido del roce de sus huesos hiciese enmudecer a toda la sala de rehabilitación. Ella había dejado de caminar, pero en su imaginario jamás perdió la esperanza de volver a hacerlo para, seguramente, poder volver a la casa que le habían arrebatado.

Pero llegó la pandemia y el miedo la consumió. El miedo la invadió. Quedó muda. Dolores, ya de por sí era una mujer que hablaba tímidamente, con voz baja, pero dejó de hablar. Y cuando, en alguna ocasión se atrevió a decir algo tenía un hilo de voz temblorosa. Ella tenía mucho miedo al contagio. La relación que había iniciado con los demás residentes para adaptarse a la institución se contrapuso a la necesidad de no contagiarse. Y, además, ya no conocía a nadie. Llegó personal nuevo, desaparecieron sus personas preferidas porque ya no las podía reconocer, o no estaban o estaban en otras plantas, y si, en el mejor de los casos si estaban, no las reconocía porque iban encapsuladas en trajes que le indicaban que ella podía ser un medio de contagio. Y su miedo creció.

Y, si ya le resultaba difícil pasar dos duelos tenía que añadir un duelo de una tercera perdida, el de las personas que había aprendido a sentir cercanas, aunque hiciera poco que las conocía. No había contacto ninguno, con nadie. Incluso le ponían una luz en la cabeza, un aparato parecido a una pistola en la frente para saber si tenía fiebre o se salvaba. El pánico de saberse con fiebre era otro momento traumático. Dolores no entendía esta manera de tomar la temperatura, estaba acostumbrada, por su tradición familiar, a usar termómetros de mercurio, a ayudar a su marido en la consulta. Ahora percibía que se le acercaban fríamente para saber si eras “rojo” o “verde”. Y Dolores no entendió nunca la frialdad que acompañaba al acto de tomar la temperatura y este lenguaje de colores que se había normalizado.

Y, cuando finalmente, cogió fiebre hizo una regresión psíquica brutal, desgarradora, no lo había visto nunca en nadie. Lloraba y gritaba suplicando por teléfono a su hijo que fuera a buscarla, que no quería estar sola decía, que no lo superaría. Y su hijo no podía entrar, no estaba permitido. Ya no le importaba no levantarse, estaba encamada, incapaz de moverse, y las prioridades ahora eran otras: irse antes que el miedo y la soledad la consumiese. Lloraba tanto y el sufrimiento fue tan duro que pedía morir, porque literalmente no lo podía soportar. Y así fue, se marchó y no lo pudo hacer siquiera discretamente como una mujer acomodada del siglo pasado.

- Publicidad -

Relacionadas

- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -

2 COMENTARIOS

  1. Moltes gràcies per fer-nos arribar la seva veu, la seva (teva i nostra) dolorosa experiència. Ningú es mereix el seu final.

  2. Un relato estremecedor. Gracias por dar voz a estas personas que no tuvieron la oportunidad de decir lo que estaban viviendo.

DEJA UNA RESPUESTA

Comentario
Introduce tu nombre

- Publicidad -
- Publicidad -

últimos artículos

- Publicidad -
- Publicidad -

lo + leído

lo + leído