José me dice que el diccionario de la lengua de la RAE define amistad en 6,6 centímetros de espacio, como “afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato.” También que Manuel Seco, en El Español Actual lo hace en 18 cm.

A su edad ha perdido casi todos sus amigos. Cree que solo le quedan dos; ambos son pediatras. Me hace saber que la revista de la Asociación de Médicos de los Estados Unidos publicó un artículo que decía que los pediatras son los más longevos. La pediatría es su especialidad, aunque tiene otra, fisiología de la Aviación Naval, que es verdaderamente peligrosa, y que practicó poco tiempo.

Sus amigos viven en Puerto Rico. Eleuterio Loperena, Tello, de noventa y cinco años, todavía ve pacientes. Es dueño de una casona muy antigua en el municipio de Moca, de tres o cuatro siglos, que ha convertido en museo y es visitada por numerosos turistas. Fue padrino de bautismo de Javier Bermúdez, pues cuando éste se iba a casar, siendo estudiante a sus veintidós años, descubrió que no estaba bautizado. Los curas escolapios del Colegio de Donoso Cortés esquina a Gaztambide lo pusieron al día en veinticuatro horas y él se ofreció de padrino para que cumpliese el sacramento.

Su otro amigo en la isla es Manuel Canabal, con el que compartió habitación cuando estudiaban en la Facultad de Medicina en la Universidad de Madrid. Había sido maestro en la Isla, y aprendió técnicas de estudio de él. Era uno de los estudiantes preferidos del catedrático Don Fernando Henríquez de Salamanca. Enamoró a una monja en su primer año de práctica en Puerto Rico; los descubrió la priora y le aconsejó a ella que no dejara pasar la oportunidad de casarse. Tuvieron muchos hijos; todos han hecho carrera. Ella tiene la enfermedad de Alzheimer, y él la cuida. Compraron muchas propiedades en España, pero su administrador los timó.

Tiene un amigo en Madrid, el editor del único libro que ha escrito: “Mi Madrid”. Está escribiendo otro, pero no sabe si podrá terminarlo. Dice que si pasase a la otra orilla del Aqueronte, lo terminarán sus hijas Lola o Ana. Lo conocen.

Su mejor amiga fue su esposa, lo más dulce que ha tenido en la vida. Se llamaba Asunción; la conoció a los veintinueve días de su llegada a Madrid. Le encantaba el baile. En el casino de San Sebastián, era la pareja ideal y todo el mundo le pedía permiso para bailar con ella. Lo mismo les ocurrió en las distintas bases militares a las que fue destinado: la Estación Naval de San Juan, la Base Aérea Del Cuerpo de Marines en Cherry Point, Carolina del Norte, y en la Escuela de Medicina de Aviación Naval en Pensacola, Florida. También participaron en los bailes celebrados en la base Aérea de Torrejón de Ardoz, Madrid, donde trabajó hasta el cierre del hospital de EEUU. Le dio cuatro hijos. Falleció en veintiocho de junio de dos mil dieciséis. Yace en La Almudena junto a los restos de su hijo Ángel, quien murió en cuatro de julio de dos mil quince.

Repitió lo escrito en la primera línea del párrafo anterior. Dice, con un rictus de tristeza: “mi mejor amistad fue mi dulce esposa Asunción, lloro su muerte todos los días”.

https://libros.cc/Di-Memoria–2%C2%AA-Edic.htm

Javier Arzola y Di, memoria; su libro espléndido

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