Benjamín de Tudela,  judío y navarro. Visionario y viajero. Su libro de viajes es la única fuente histórica que existe sobre todos sus viajes. Viajes entrañables. Roma, Constantinopla, y la paradisíaca isla de Corfù, entre los lugares que visitó, lugares llenos de historia y magia. Encantadores sucesos y memorables anécdotas quedaron impresas en el diario del Marco Polo judío. Hijo del buen Rabino Yoná de Tudela, capital de Navarra. Su nombre igual que aquel personaje bíblico que tuvo su hazaña con una ballena. Y, hay quienes incluso afirman que Biniamin era Rabí. Seguro que lo era, y eso si, un Rabí itinerante, como un hombre cosmopolita que ostenta este cargo de maestro debe serlo. Llevar su enseñanza por todo el Mediterráneo hasta el oriente, es un logró magnífico pues solo corría el siglo XII.

Las lenguas de Benjamín, le prometían indiscutiblemente recorres por los destinos más interesantes de la época. Hablaba griego, hebreo, latín, árabe y arameo y por supuesto Aragones o romance navarro el idioma de su tierra natal. Entre el 1160 y el 1173 datan sus viajes. Además de sabio hombre, era comerciante de gemas preciosas, interesante profesión y vocación de la época. Como buen judío, un comerciante que debía explorar los más recónditos confines del mundo en busca de las bellas piedras preciosas y algunas otras mercancías más, probablemente. Sin embargo, el centro del interés en su diario de viajes es el descubrimiento de comunidades judías regadas por todo el continente Europeo,  Africano y Asiático. Sus visitas en alrededor 200 ciudades, conforman una base de datos  demográfica de la historiografía judía.

El “Sefer Masaot”, publicado en hebreo en la monumental, histórica y pictórica Constantinopla, hoy Istanbul, demuestra la riqueza cultural, social, económica e incluso política de las comunidades de la diáspora. Biniamin ben Yoná de Tudela, era experto en la ley hebrea, Torah y Halaja. Además era historiador, conocedor de aquella milenaria historia de griegos y persas, romanos, partos y egipcios. No eran terrenos desconocidos los de sus viajes por al parecer indómitos lugares para sus hermanos hebreos de Sefarad.

El viaje de Benjamin, como punto de partida comienza por Zaragoza, pasa por Barcelona y Girona, con rumbo a Marsella. Llega a la bella Italia, pasando por Génova, traspasando toda la rica región de la Toscana, hasta Roma y Salieron y finalmente arriba a Grecia. Por el legendario mar Adriático su destino se convierte en la inmensidad mediterránea de Corfù y Arta. El fin de la peripecia será “La tierra santa”. Luego de Constantinopla, pasando por la una de las cunas de la civilización occidental, el mar Egeo. Cilicia es su ruta, hoy en día Anatolia, Turquía para adentrarse en Asía. Chipre su periplo final para la fin llegar a la más llamada Palestina por Adriano. Israel, en efecto Jerusalén es el punto final del valerosa recorrido de algunos años, sobre todo, navegando en las aguas mediterráneas.

En Jerusalén se detiene, Biniamin el Rabí aventurero. Asimismo que en Roma había documentado los lugares de relevancia, como las vías romeas, utilizadas por los romanos en la Edad Media, en Jerusalén ocurre de igual forma. Los relatos del diario de Benjamin, relatan la vida de las comunidades étnicas y religiosas del lugar, como incluso los drusos, milenaria minoría en Israel. Pero, el último tramo no es este. Luego, atravesando el oriente próximo, pisa tierras arábigas. Traspasa la actual Siria, ciudades tan grandes de la época del mundo árabe, como Damasco y Aleppo, para finalmente establecerse durante algún buen tiempo en un fascinante Bagdad, al que arribó por medio del valle del Tigris. Ciudad que llama su atención como ninguna otra, quizá por su avanzado desarrollo en comparación con el mundo occidental. La comunidad judía de Bagdad, se convertiría en su nuevo hogar. El fascinante viaje no terminada en este lugar, con quizá la más prominente comunidad hebrea de la zona. Basora y la baja Mesopotamia, son lugares que forman parte de la leyenda de su viaje. La comunidad judía de China, Persia y Ceilán, son nombradas también en su diario, dejando registro de la extensión de la diáspora de los hijos de Yaacov por sobre toda la tierra.

En su viaje de vuelta, se detiene en Egipto. El Cairo y Alejandría un epicentro judío muy valioso, del cual relata su peso en esta ciudad y su relación con el mundo egipcio. Los judios de Alejandría, datan del año 332 a.e.c, cuando Alejandro Magno funda la ciudad. En el año 280 a.e.c tuvo lugar la primera traducción de la Torah al griego por orden de Ptolomeo II. El viaje de quizá el mayor expedicionario judío de la Edad Media, termina en el Sinaí, donde reside aquel humilde monte donde Dios entregó las tablas de la ley a los ancestros israelitas. Se embarca en aquellas costas a la isla de Sicilia, donde residía una comunidad judía más de antaño que la de la península Ibérica.

Finalmente, regresa nuestro aventurero Benjamin ben Yoná, de nuevo en Roma, toma camino hacia Paris. Una Paris medieval, núcleo de una sociedad francesa muy primitiva. Allí, recopila relatos sobre las comunidades judías de Alemania, Rusia y Francia. Comunidades que serían azotadas por el antisemitismo medieval, “Los libelos de sangre”. También una comunidad de francesa que tendría al mayor comentarista de la Torah: Rashi. Benjamin de vuelto a Tudela, en Navarra, moriría no poco después en 1173, dejando como legado el mayor relato de la mayoría de comunidades judías sobre la tierra y una muy valiosa recopilación sobre sus viajes.

Las pirámides de Egipto, la gran opulencia de Constantinopla, heredera de Bizancio y el increíble mundo árabe, de lejos el más desarrollado en la época, dejan a la vista del lector el impresionante mundo antiguo del cual hoy solo quedan relatos y decadencia de la grandeza que existió y como los judios de la época hicieron parte de la misma. Sin lugar a dudas el Marco Polo judío antes del Marco Polo italiano, Benjamin de Tudela es.

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