El Mar Menor se muere. Uno de los entornos más bellos y singulares de Europa ha amanecido este fin de semana repleto de miles de peces y crustáceos muertos. El panorama de los animales exterminados flotando en la bahía resultaba terrible, deprimente, desolador. Pero más allá de un hecho que ha conmocionado a todos los murcianos, producía estupor ver cómo el presidente de la Región, Fernando López Miras, se llevaba las manos a la cabeza y se rasgaba las vestiduras cínicamente por un desastre ecológico de proporciones inmensas. Resultaba bochornoso ver a López Miras, en un arrebato electoralista penoso en medio de un paisaje devastado y destruido, pedir que el Gobierno socialista “tome las riendas” de la situación al considerar que la crisis medioambiental en el Mar Menor es una cuestión de interés nacional. Y llama la atención porque precisamente ha sido el Partido Popular, la formación política que ha gobernado la Región en las últimas décadas, su partido, el principal responsable de la situación de colapso ecológico al que han llegado las hermosas tierras murcianas.

El PP ha sido el partido del urbanismo desbocado, el partido de los pelotazos inmobiliarios con grandes áreas residenciales salpicadas por doquier por gigantescos campos de golf, el partido que llenó La Manga de cemento y hormigón y el de la permisividad total con las grandes empresas contaminantes (también con los agricultores que han estado regando las cosechas con agua tóxica, ensuciando el mar y esquilmando los acuíferos). Ese partido, el partido de López Miras que ahora contempla el Mar Menor moribundo con las manos abiertas y derramando lágrimas de cocodrilo, ha sido el que ha dado la espalda sistemáticamente a las propuestas de los ecologistas para regenerar la Región, el partido que promovió una guerra feroz entre comunidades autónomas para sacar adelante su proyecto de trasvase del Ebro que hubiese sido catastrófico para el medioambiente local, el partido que ha apostado siempre por un sistema económico ultracapitalista salvaje y un modelo productivo enloquecido que solo ha tenido en cuenta la inversión, el dinero fácil y el gran capital, obviando las políticas de protección del entorno porque las consideraba cosa de “progres trasnochados”.

Ahora ya es demasiado tarde para salvar lo que antes era un auténtico paraíso terrenal. La Fiscalía de la Región de Murcia asegura que abrirá una investigación sobre lo sucedido este sábado en varias playas de San Pedro del Pinatar. De poco servirá. El daño está hecho. Los polvos de las políticas de la derecha popular han traído estos lodos, por mucho que la extinción masiva de biodiversidad en el Mar Menor pueda deberse también a los efectos devastadores del temporal que arrasó la zona días atrás y a la proliferación de algas invasivas que sofocan el oxígeno del agua (matando a especies de todo tipo) como consecuencia del cambio climático, un problema mundial que, dicho sea de paso, Aznar, gran faro intelectual iluminador del PP, sigue negando.

Poco cabe decir ante la imagen dantesca de miles de peces muertos, salvo que de no adoptarse medidas inmediatas el holocausto de flora y fauna será todavía peor, hasta parecerse mucho a las nueve plagas de Egipto, un Armagedón provocado sin duda por las políticas nefastas de la derecha más antiecológica que ha gobernado Murcia durante lustros. El Gobierno regional tiene todas las competencias en Medio Ambiente para hacerlo y si sigue jugando al electoralismo barato el Mar Menor terminará convirtiéndose en una ciénaga pestilente en poco tiempo, con el consiguiente desastre, la ruina de un entorno único para los habitantes de la comarca y pérdidas millonarias para el campo y el turismo.

Ahora que el espectáculo de los operarios retirando de la orilla cadáveres de animales masacrados por la mano humana pone de manifiesto que el daño en la zona puede ser irreparable, López Miras se echa las manos a la cabeza ante un apocalipsis que muchos llevan años advirtiendo que sucedería algún día. Por supuesto, la culpa de todo la tiene Pedro Sánchez porque discrimina a los murcianos (esa cantinela estéril) mientras Ramón Luis Valcárcel, el gran diseñador del cataclismo, sigue cómodamente instalado en Bruselas sin responder de nada. Por eso ver al actual presidente regional lamentándose mientras, compungido y con los ojos llorosos, contempla el daño provocado por su partido tras décadas de políticas destructivas produce sonrojo y vergüenza ajena. ¿Qué sentido tiene montar un numerito ante un mar agonizante perdido para siempre? ¿Ahora qué miras, López Miras?

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