La violencia es tabú y pulsión. La violencia política es parte constituyente de las estructuras sociales en que vivimos y sin embargo los discursos oficiales la rechazan al mismo tiempo que la utilizan. Por eso es complejo hablar de algo tiene muchas aristas.

 “El acto surrealista más pura consiste en bajar a la calle, revolver en mano, y disparar al azar contra la multitud tantas veces como sea posible.” La frase es de André Bretón, no muy afortunada y de la que él mismo se arrepentiría años más tarde, pero hay que situarla en lo que era el propio movimiento surrealista. A ningún surrealista se le ocurrió  hacer tal acto, solo alguno disparó sobre sí mismo. Bretón no fue a la cárcel, ni tuvo ningún problema legal.

 El rap, como el surrealismo, tiene una forma de expresarse que no destaca por la sutileza y Pablo Hasél lo utiliza con expresiones  duras. A parte de cuestionar instituciones como la monarquía, tiene letras explosivas como una en la que habla de atacar con un piolet al político José Bono. Es algo que se sitúa entre el disparate y la provocación. En un programa televisivo escuché a Bono alabar con entusiasmo el artículo octavo de la constitución española. Dicho artículo determina que es el ejército el garante de la integridad territorial y la defensa del orden constitucional. Es una copia casi literal de un artículo de la Ley Orgánica del Estado franquista y viene a determinar que el ejército está por encima de la voluntad democrática de los ciudadanos. Como señala Martín Pallin “solo una constitución tributaria de un pasado dictatorial” puede encargar al ejército tales tareas. El piolet de Hasél es tan simbólico como la pistola de los surrealistas. El ejército de Bono es real, legal y puede ejercer como ya se ha visto.  El marco jurídico-político español se destaca por una sobreprotección a las instituciones del estado y también por algo más. Sí alguien grita gora eta le pueden acusar de apología del terrorismo, y  aunque sea al exercito guerrilleiro gallego, que no existe hace años y no causó una sola víctima mortal. En cambio si alguien grita viva Franco o muestra cualquier alabanza a sus crímenes, estará ejerciendo su libertad de expresión. La cuestión va más allá que Hasél.

  La violencia en política es fundamentalmente poder, como dice Hannah Arendt, “la violencia no es otra cosa que la más flagrante  manifestación de poder.” Se ha establecido como un dogma que el monopolio de la violencia por parte del estado es legitimo y que no se puede actuar contra él. Señala Herbert Marcuse que existe una represión necesaria y una represión sobrante. La primera sería la lógica para establecer unas normas de convivencia entre la ciudadanía y la segunda cuando el estado ejerce represión contra esa ciudadanía. Sería lo que va de un estado con policía, a un estado policial. Por su parte Walter Benjamin establecía una diferencia entre lo que llamaba “violencia mítica”, fundadora y conservadora del derecho, frente a la violencia divina o revolucionaria, en conflicto permanente con la otra.

 Los avances y derechos de los ciudadanos se han desarrollado habitualmente  en una dialéctica poder-contrapoder  y a menudo sobre un escenario donde se ha producido violencia. Las sufragistas inglesas, cansadas de promesas y que no las tomaran en serio, decidieron pasar a realizar actos de sabotaje que el estado reprimió con dureza. Pero consiguieron su objetivo y a partir de ahí, progresivamente, las mujeres de todo el mundo conseguirían su derecho al voto. En la huelga de La Canadiense  se produjeron duros enfrentamiento con víctimas mortales, fundamentalmente producto de la represión, pero se consiguió la jornada de ocho horas y otras mejoras para los trabajadores. Y así podríamos seguir. No querían una violencia que padecían más que nadie, pero se encontraron frente al muro de la violencia.

El psiquiatra Franz Fanon teorizó en su época y respecto a los procesos de liberación colonial, sobre el efecto catarquico que tiene la violencia ejercida por los colonizados frente a la violencia colonial. Sin ser ingenuo y teniendo en cuenta los problemas que eso podía plantear, se trataba de adquirir conciencia que era posible poner en cuestión el monopolio del poder por la minoría dominante. Aunque conviene contextualizar a Fanon en su momento y en los conflictos coloniales, esa es buena parte de la cuestión.

   El auctoritas, la violencia autorizada, deriva a menudo en autoritarismo. Y ese autoritarismo utilizará sus poderosos medios, (policía, ejército, judicatura) contra cualquier movimiento que lo amenace o pretenda algún tipo de cambio del estatus quo dominante. Y en ocasiones suele importar poco que se vaya con un fusil o con una ramita de olivo. En la sentencia del Procés, el juez Marchena no duda de la no violencia que proclamó Jordi Cuixart , pero se burla de ella y proclama que aun habiendo pacifismo, el estado se veía obligado a actuar. Parafraseando a Monterroso, el dinosaurio de la violencia del poder siempre está ahí.

  El sociólogo y reconocido mediador en conflictos  Johan Gultang define como triangulo de la violencia: Violencia directa, lo que vemos estos días, actuaciones policiales por un lado y su respuesta por parte de los manifestantes, con sus secuelas, heridos y detenidos. La estructural, es una violencia invisible que no se reconoce como tal y sin embargo es la violencia primigenia: el no cubrir las necesidades básicas, desigualdades, injusticias, abuso de poder, limitación de libertades… Y la violencia cultural, que a mi juicio es clave, es la que impone el relato, la que en términos de Gramsci, determina la hegemonía social, la que da carta de veracidad y razón al monopolio de la violencia del poder y condena al contrapoder.

   Los abusos policiales en Estados Unidos, en especial contra los afroamericanos y su respuesta, en Francia casos con la población de origen inmigrante y los chalecos amarillos, en Inglaterra también estallidos de su población inmigrante, hasta en Suecia, entre otros, se han producido algún tipo de estallido social con mayor o menor grado de violencia. Y eso hablando del mundo occidental, en que las llamadas sociedades del bienestar se están convirtiendo en sociedades del malestar. Aunque las situaciones  y el origen son muy diferentes, podríamos definir, recurriendo otra vez a Marcuse,  como el malestar sobrante. Si en otras épocas los conflictos ya existían con un carácter ideológico y de cambio social más o menos definidos como fue el mayo del 68 y otros movimientos parecidos, lo que predomina en los últimos tiempos son estallidos ante sucesos concretos o determinados abusos de poder que actúan como catalizadores más o menos espontáneos del descontento social. Es la chispa que incendia la pradera, que decía Mao.

Estos conflictos, con todas sus limitaciones y contradicciones, ponen en cuestión el cierre categorial del fin de la historia.  Ahogado cualquier proyecto trascendente que en otros momentos alumbraba posibilidades de cambio, y sustituido por un ambiguo progreso económico basado en el consumismo, una vez que este se ha ido quebrando o limitando, queda el vacío y la calle, y la visibilidad de ese rostro del poder con quien enfrentarse que son los uniformados. Y esto aumenta en el caso de España, pues estamos ante la crisis de un régimen en que confluyen dos violencias, por un lado, la de un neoliberalismo del que son gestores y por otro, unos rasgos claramente autoritarios. El encarcelamiento del rapero Hasél actúa como catalizador de ese descontento.

 La violencia tiene un efecto convulsionador, en especial cuando estamos en la sociedad del espectáculo y la violencia es parte de ese espectáculo. Aunque las protestas producidas hasta ahora han sido muy limitadas, han tenido un efecto multiplicador, más que por sí mismas, por lo que se denomina violencia cultural. Son las cámaras televisivas ofreciéndonos imágenes cual si nos estuviesen dando partes de guerra, marcando con precisión los daños, el fuego, los cristales rotos, los rostros encapuchados, el caos… Toda la maquinaria propagandística del régimen se ha puesto en marcha y en general, salvo alguna excepción donde analizan las problemáticas, se ha optado por el trazo grueso: vándalos, violentos, chusma, la clásica antisistemas, linchamiento de Hasél, marcar la necesidad de condenar los disturbios como si de un acto terrorista se tratase e ignorando las intervenciones policiales… En general los defensores de la violencia mítica no tienen mucho nivel intelectual, pero el bloque histórico del poder es un viejo animal de instintos y domina el territorio, además de tener una abrumadora hegemonía mediática. Es posible que les pueda producir réditos, sobre todo si los disturbios se prolongan, pero juegan con fuego. La cuestión de Hasél y el problema de las libertades en España ocupa  primeras páginas internacionales y ahí no son tan benevolentes con la represión sobrante y con un régimen que se ve cada vez más inestable, sujeto a tensiones e incapaz de solucionar sus conflictos. Es cierto que imponen el relato, que pueden utilizarlo para fortalecer la maquinaria represiva y que consiguen dividir a sectores progresistas. La cuestión no son tanto las acciones de la gente que está protestando,  sino el contexto en que se sitúan, su origen y lo que muestran. Y es una paradoja que se ignore que el péndulo está en la violencia primigenia, que es la estructural, y en quien tiene toda la maquinaria violenta de su parte.

Cuando escribo estas líneas una chica ha perdido un ojo, ha habido más de 150 detenidos, una persona al menos está en la cárcel, cuando las protestas es posible ya no estén, los procesos judiciales seguirán en marcha, el dinosaurio de la violencia seguirá estando ahí. Porque existe una dialéctica terrible: La violencia mítica siempre tiene quien le escriba, le justifique, le sirva y hasta la alaben. Mientras, la violencia divina, siempre tiene quien la juzgue y la ataque.

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